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El afrodisíaco

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Henry llevaba ya casi siete meses muerto cuando Caroline por fin reunió fuerzas para pensar en deshacerse de sus cosas.

En la mesita de noche, dos biografías de políticos esperaban sin leer con una novela encima, abierta y boca abajo, una edición de bolsillo con una fisura blanca e irregular en el lomo. En el despacho al otro lado del pasillo, su ordenador seguía en permanente suspensión, pero Caroline no soportaba la idea de mover el ratón sobre el escritorio e invadir la privacidad de sus archivos. La caja que le habían dado en el hospital, que contenía la alianza, el reloj y la cartera de Henry, se hallaba en un estante sobre la nevera y sólo la había abierto una vez, la noche de su aniversario de boda, cuando se había sorprendido olisqueando el dorso de la correa de piel para recordar su olor, un acto extravagante que la había consolado de algún modo.

Henry había muerto de repente, de forma inesperada, de un ataque al corazón cuando salían de un teatro tras haber visto una reposición de Arthur Miller, dejándola sola a los sesenta y dos años, con quizá un cuarto de siglo todavía por delante sin nadie sobre quien estirar las piernas cuando se sentaba a leer en el sofá por las noches, nadie que limpiara las encimeras y restregara la puerta del horno después de que ella preparara la cena. Nadie con quien hablar.

Al principio se había mantenido ocupada, y le causaba asombro que el acto de enterrar a un marido pareciese tan familiar. Participar en el drama de un funeral, los abrazos de parientes llorosos en la atmósfera cargada de la sala de estar, la elegante austeridad del trayecto en coche hasta la iglesia y después al cementerio, los días con demasiada comida en la nevera; todo eso la hizo sentir como la protagonista de una película que hubiese visto muchas veces. A veces incluso le parecía que disfrutaba de aquella atención, una sensación curiosa que la ayudaba a sobrellevar la pena.

Ahora, sin embargo, sentía que se sumía más y más en la soledad. Había pasado demasiado tiempo para llamar a alguien y pedirle ayuda. Sus amigos habían hecho cuanto podían por ella; había llegado el momento de seguir adelante. Sería impropio y un poco vergonzoso continuar interpretando el papel de viuda desconsolada. Sus hijas, ambas adultas y casadas, se habían mostrado atentas al principio, pero tenían sus propias vidas y habían retomado la costumbre de telefonearle una vez por semana y quizá visitarla una horita una mañana del fin de semana, consultando el reloj para no entretenerse demasiado.

Así pues, la mañana en que consideró que ya era hora de hacer limpieza, fue a un adolescente, un chico de diecisiete años llamado Joe que vivía en el segundo piso del edificio, a quien pidió ayuda para bajar las bolsas de ropa y pertenencias personales que llevaría a la tienda de beneficencia. Él contestó que estaría encantado de echarle una mano. No conocía bien a Joe, pues sólo coincidían de vez en cuando en el vestíbulo, donde intercambiaban breves saludos y se daban los buenos días. Su familia se había mudado allí hacía menos de un año, de manera que no lo había visto crecer, pero le parecía un jovencito educado y bueno, siempre bien vestido, siempre sonriente. Además era un muchacho atractivo, de piel clara y penetrantes ojos azules, como lo había sido Henry incluso con más de sesenta años. En varias ocasiones lo había visto con una chica, después con otra, y luego con la primera otra vez. Suponía que era de los que no pasan solos mucho tiempo.

Después de haberlo llamado, dedicó una hora a separar la ropa de Henry en dos montones, el de prendas para dar y el de prendas que conservar por si acaso. En cierto punto, sin embargo, comprendió que en su vida ya no habría ningún 'por si acaso' y desechó la idea de los dos montones. Fue por más bolsas de basura.

Al llevarlas al dormitorio, vio la guitarra apoyada en un rincón y se la quedó mirando unos instantes antes de cogerla. Por debajo, la madera se había aclarado ligeramente en dos zonas, allí se había apoyado en las piernas de Henry miles de veces. Sus dedos acariciaron las cuerdas, produciendo un sonido discordante. Se apresuró a dejarla de nuevo, lamentando haberla perturbado.

El último armario que debía vaciar contenía los trajes y abrigos de Henry, así como una vieja chaqueta militar de los años sesenta. Llevaba años sin ponérsela, pero prácticamente no se la había quitado nunca durante sus dos años de noviazgo. A ella siempre le había encantado esa chaqueta, el contacto de la basta tela contra sus hombros cuando Henry se los rodeaba con un brazo mientras conducía, los cuadraditos de colores en el bolsillo de la pechera. Se preguntó por qué la habría conservado él tanto tiempo. Por nostalgia, quizá. O por romanticismo. Una vez le había comentado que había visto adolescentes que hoy en día llevaban esa clase de chaquetas, y que le resultaba divertido cómo se ponían y pasaban de moda las cosas. Ella le había dicho que no dijese tontería, que un adolescente actual no querría ni muerto que lo vieran con algo así.

'No estoy tan seguro de eso -había contestado él, sonriendo-. Esta chaqueta es un afrodisíaco.'

Una llamada a la puerta interrumpió sus pensamientos. Dejó la prenda sobre la cama y mientras recorría el pasillo se sintió un poco mareada. 'Debería haber esperado un poco más antes de pedirle que bajara -se dijo al vislumbrar su pálida cara en el espejo, y apartó la mirada-. ¿Qué prisa había?'

-Joe -saludó al abrir la puerta, sonriendo un poco-. Pasa.

-Gracias -repuso él, y entró para dejar que ella cerrase de nuevo.

-Es muy amable por tu parte. ¿No tenías nada más que hacer esta mañana?

-Nada que no pudiese esperar.

Ella sonrió y se volvió para dirigirse a la salita, con una mano en la nuca, pero se detuvo, recordando sus buenos modales.

-¿Te apetece beber algo? -preguntó-. ¿Un café, quizá? ¿O un refresco? No estoy segura de tener nada que te guste, pero

-No, gracias -interrumpió Joe sacudiendo la cabeza-. Acabo de desayunar. Hace calor aquí dentro.

-¿De verdad?

-Sí.

-Pongo el termostato demasiado alto, supongo. Una vieja costumbre. Henry solía decirme que tengo la sangre fría.

Advirtió una pequeña marca roja sobre el labio superior del chico; debía de haberse cortado al afeitarse esa mañana. Llevaba loción para después del afeitado, muy suave y sutil. Henry se ponía loción todos los días, pero la de Joe era diferente y ligeramente exótica; sintió el curioso impulso de acercarse y aspirar su olor.

-Es muy amable por tu parte -repitió, y al caer en la cuenta de que ya lo había dicho antes, se ruborizó levemente y se dio la vuelta para señalar el dormitorio-. ¿Por qué no empiezas por ahí? Ya hay tres bolsas llenas y una cesta con zapatos. Sólo tengo que Volveré para ayudarte dentro de un momento.

Y fue al despacho de Henry para poner en orden sus pensamientos. ¿Podía de verdad desprenderse de todas esas cosas? ¿Y si él volvía, después de todo? ¿Y si todo había sido un espantoso error? Cerró los ojos y apretó los dientes, regañándose por ser tan ridícula. Lo había visto yacer en el ataúd, por el amor de Dios. Había visto cómo lo bajaban a la fosa. No iba a volver. Se había ido para siempre.

Recobrando la compostura, salió para dirigirse al dormitorio, donde su marido estaba de pie ante el espejo de cuerpo entero, admirándose. Sólo que no era él, por supuesto. Era Joe, que se había puesto la vieja chaqueta militar de Henry.

-Lo siento -dijo el chico volviéndose, sobresaltado y cohibido, y se ruborizó un poco-. No debería habérmela puesto. Es que la he visto ahí encima y

-Por favor -interrumpió Caroline en voz baja, acercándose a él para observarlo con detenimiento.

Tendió las manos y palpó los esbeltos brazos enfundados en aquellas mangas que habían rodeado tantísimas veces su cuerpo cuando era una mujer joven. Era asombroso que la chaqueta hubiese mantenido la forma y la textura después de tanto tiempo. Posó la yema de los dedos en los cuadraditos de colores del bolsillo y, incapaz de contenerse, se inclinó para abrazar la cintura del muchacho. Instintivamente, él hizo lo mismo y la estrechó entre sus brazos jóvenes y fuertes. Caroline cerró los ojos y apoyó la cabeza en el hueco de su hombro, que parecía hecho para ella. No dijo nada mientras aspiraba al mismo tiempo el aroma del chico, el de la chaqueta y el del hombre que la había llevado. Al cabo de un instante tuvo la seguridad de sentir el leve contacto de los labios de Joe en la frente, y que permanecían ahí, suaves y jóvenes, hasta que él se apartó ligeramente. Ella hizo lo mismo y se separaron, sin decir palabra.

Caroline miró el suelo unos instantes y luego hacia la cama en que había hecho el amor miles de veces, y no supo muy bien si iba a echarse a reír o llorar ante los perversos pensamientos que le pasaron por la cabeza. Decidiendo no hacer ninguna de las dos cosas, apartó la mirada y volvió a centrar la atención en las bolsas.

-Van a hacer falta al menos tres viajes, me parece -dijo, señalándolas con la cabeza-. ¿Qué crees tú, Joe, bastará con tres? ¿Podremos hacerlo en tres?