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Al final era la música, ¡estúpido!

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Por mucho que se intente pintar el Festival de Benicàssim como una juerga de fin de semana de sol y playa donde la música cada vez importa menos, la realidad es tozuda y los datos todavía más: un aumento de 20.000 espectadores al día respecto a la edición anterior no hay crisis económica que lo justifique. Más bien se trata de un cartel, el de este año, difícilmente superable, con tres de los grupos que más público atraen en estos momentos: The Strokes, Arctic Monkeys y Arcade Fire.

El jefe de todo esto, el magnate de los festivales Vince Power, no se daba por aludido el primer día del evento y, apelando a su experiencia de 27 años en el mundo de los conciertos multitudinarios, se justificaba diciendo que fracasos como el del año anterior 'sencillamente ocurren'. Al menos, un año después reconocía 'el fracaso'. En cuatro palabras: la música sí importa.

Otra de las conclusiones que se extraen de esta edición es que el éxito puede convertirse en el peor enemigo del FIB. El recinto del festival, históricamente apretado, es insuficiente para semjante cantidad de público. La comodidad, un bien preciado e indispensable en este tipo de eventos, se resiente y la posibilidad de picotear entre conciertos se hace inviable cuando se trata de atravesar una masa de 50.000 espectadores.

Aspectos como la masificación son una barrera cada vez más evidente para el aficionado que vaya a ver conciertos con comodidad. Las quejas en este sentido son muchas, aunque no mayoritarias. Ya no tiene sentido, a estas alturas, seguir añorando tiempos pretéritos. Otros festivales en territorio español cumplen esa función. El FIB es diversión y hedonismo, pero la masiva afluencia de público de este año indica que la música es más que una coartada.