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Al Pacino se mete una sobredosis de sí mismo

La Mostra premia al actor norteamericano por su carrera como director y presenta su nuevo filme, un documental sobre su obsesión con la obra 'Salomé', de Oscar Wilde  

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Pregunta cuya respuesta sólo conoce Al Pacino. ¿Cuáles son los dos objetos que hay que tener siempre en la mesa de la oficina para aumentar la productividad? ¿Agenda y ordenador, quizás? Pues no. Ametralladora y montaña de cocaína. El negocio le irá así viento en popa. Al menos si se llama usted Tony Montana, el capo de la droga de Miami sometido a una brutal presión en El precio del poder (Brian de Palma, 1983), el rol que consagró a Al Pacino como el gran histrión de su generación. Para bien y para mal: también le alejó de la contención con que había interpretado a Michael Corleone en El padrino (Francis Ford Coppola, 1974). A estos dos Pacinos se le suma un tercero, el director, premiado ayer por su trayectoria en la Mostra, que presentó en la sección oficial (fuera de competición) su nuevo filme como cineasta y actor, Wilde Salome, que vuelve a abrir el debate sobre la coexistencia de las dos personalidades artísticas de Pacino: sosegado y desatado.

Volvamos a El precio del poder. ¿Es posible interpretar a un mafioso drogado, armado y paranoico desde la moderación? Donde unos vieron a un disparatado Al Pacino, otros, como Roberto Saviano, observaron estricto realismo. 'El filme se recibió al principio con desconfianza por exagerado e imposible. Pero ahora gusta tanto, también a los mafiosos, porque renovó el problema de la verosimilitud y el límite. El Tony Montana de Al Pacino es creíble porque el poder no tiene límite', ha contado el autor de Gomorra en los extras de una nueva edición del filme. Vale, pero ¿qué ocurre cuándo interpretas una tragedia de Oscar Wilde poseído por el espíritu de Tony Montana? Inevitablemente, el desmadre.

'Dicen que es un documental, pero yo no lo sé', dijo Pacino a la prensa

El documental Wilde Salome tiene más capas que una cebolla. Vemos los ensayos y la representación de la obra de Oscar Wilde, en la que Al Pacino hace de Herodes y Jessica Chastain de Salomé. También cómo Al Pacino rueda al mismo tiempo en un plató otra visión del texto con el mismo reparto. Por último, el actor sigue los pasos de Wilde por Irlanda e Inglaterra y entrevista a conocidos expertos en la obra del dramaturgo, como Gore Vidal y... Bono (sí, han leído bien).

En resumen, un lío. De tal calibre que ni el propio Al Pacino se lo explica. 'Mientras rodaba el filme no sabía hacia dónde iba. Y sigo sin saberlo. Dicen que es un documental, pero yo no lo sé. Sigo un poco confundido, la verdad', afirmó ayer en la rueda de prensa (Al Pacino presentaba, por cierto, un chocante parecido con Dustin Hoffman. Tanto que parecía que la Mostra había traído a Hoffman en lugar de Pacino por error). Su siguiente respuesta tampoco ayudó precisamente a aclarar el asunto: 'Trabajé sin guión. Eso no es bueno. No se lo digo a ustedes, me lo digo a mí mismo'.

Por momentos, parece una película de ciencia ficción y terror

De Wilde Salome se puede decir, por ejemplo, que Al Pacino aparece en todas y cada una de sus escenas (en lo que puede ser un nuevo récord mundial de chupar plano). Al Pacino es aquí la estrella de Hollywood, el actor de teatro, el actor de cine, el director de teatro, el director de cine, el tiránico Herodes y hasta el mismísimo Oscar Wilde. Por momentos, aquello parece una película de ciencia ficción y terror sobre la clonación de un niño hiperactivo y con personalidad múltiple llamado Al Pacino, que sale una y otra vez y siempre en su versión más enloquecida, la que hace que Tony Montana parezca un yogui tibetano a su lado.

El hombre dice en el filme que 'los actores estamos actuando todo el rato'. Y es cierto, aunque es difícil decidir quién está más pasado de rosca en Wilde Salome, si el Al Pacino real, que no para de hacer el gamberro y soltar chascarrillos (en serio, sólo le falta hacer una conga o imitar a Chiquito: 'Soy Al Pacinooor. No puedooor. Pecadoor') o el Al Pacino actor, que entre peinados imposibles, gestos amanerados e inflexiones vocales absurdas más que Herodes parece Raphael en concierto.

El actor sale una y otra vez y siempre en su versión más enloquecida

Wilde Salome es un festival de egocentrismo de tal calibre que su colofón lógico hubiera sido ver a Al Pacino pintarse su cara en un calcetín, ponérselo en la mano y empezar a disertar con él sobre creatividad artística durante 14 horas. Aunque puede que el final real del filme supere en disparate a esta escena imposible: Al Pacino vagando por el desierto de Mojave con un turbante en la cabeza para representar el calvario de buscar el sentido artístico a su propia obra. Con cara de desahuciado y sin que quede claro si la cosa va en serio o se trata de una autoparodia.

Porque Wilde Salome también tiene algo de desmitificación de su propio personaje. Humor voluntario e involuntario se solapan durante una cinta en la que Al Pacino se toma en serio y en broma a la vez. Es antológica, por ejemplo, una escena del final (probablemente montada) en que el actor ve por primera vez Wilde Salome con sus productores y todos (incluido Al Pacino) se quedan horrorizados con el resultado. O aquella en la que Al Pacino visita un museo en Irlanda y un chaval se pone a dispararle imitando una célebre escena de El precio del poder. Al Pacino le sigue el juego, saca una ametralladora imaginaria y se mete una vez más en la piel de Tony Montana.

Lo que salva finalmente a Al Pacino, por tanto, es que es un narcisista que se hace querer. 'Puedo seguir hablando para siempre si alguien no me detiene', afirmó tras arrancar la rueda de prensa con una de las respuestas más largas de la historia del festival. Y remató con un: 'Conozco a grandes directores... y yo no soy uno de ellos'. Genio, figura e histrión hasta la sepultura.