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Albert Boadella, el dramaturgo de cámara de Esperanza Aguirre

El actor y director teatral alumbró el partido de corte anticatalanista Ciutadans, rompió con su tierra, se dejó querer por la lideresa del Partido Popular y abrazó a Rosa Díez para combatir los nacionalismos perif&ea

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Albert Boadella (Barcelona, 1943) presume de reírse del poder, no del que sufre. Sus aguijones apuntaban hacia arriba cuando fue detenido en 1977 por injuriar a la Guardia Civil, lo que le valió un par de visitas a la cárcel, exilio francés mediante.

Criado en la Ciudad Condal, el dramaturgo catalán se formó en el país vecino antes de montar, a principios de los años sesenta, la compañía Els Joglars, donde ejerció de actor, director y escenógrafo. Hasta hace un mes, cuando fue sustituido por Ramón Fontserè, estuvo al frente de la misma. En el recuerdo, obras como Ubú president, Daaali, Teledeum y aquella representación iniciática que lo puso en la diana e hizo que diese con sus huesos en Francia, La torna.

Mucho ha cambiado desde entonces. Boadella fue escorándose desde unas posiciones críticas con los poderosos y barnizadas por la sátira hacia una oposición frontal a todo lo que oliese a catalanismo. En tiempos de Jordi Pujol, sus dardos desde el escenario provocaron que fuese vetado en los medios de comunicación públicos de su tierra y, a la vez, cuestionado en la prensa conservadora.

Hoy, tras una larga travesía hacia el desierto centralista, ha abrazado a la derecha neoliberal y españolista: Boadella terminó plegándose al señorío de la Comunidad de Madrid, donde hasta hace poco gobernaba con mano de hierro la dirigente del PP Esperanza Aguirre. Gracias a ella, en 2009 fue nombrado director artístico de los Teatros del Canal y del Auditorio de San Lorenzo de El Escorial, donde sigue tras el relevo en la Presidencia tomado por Ignacio González.

Boadella no quería saber nada de su país, algo que dejó bien claro en el título del libro de memorias que le valió el Premio Espasa de Ensayo en 2007, Adiós Cataluña. Crónicas de amor y de guerra. Durante su presentación, denunció que sus obras eran boicoteadas y comunicó que no volvería a trabajar en su tierra, la misma en la que dos años antes había alumbrado un partido político de corte anticatalanista, Ciutadans, que obtuvo y mantiene tres diputados en el Parlament. Sin embargo, la plataforma ciudadana no corrió la misma suerte en las elecciones generales. Para entonces, Boadella ya había bendecido las siglas de UPyD, que tras irrumpir en el Congreso de la mano de Rosa Díez hoy ocupa cinco escaños. 'Es la continuación de Ciutadans, pero en el conjunto de España', aseguró. La tesis del partido rosa, combatir los nacionalismos vasco y catalán con generosas dosis de españolismo.

Ácido y provocador, el dramaturgo (que se había caraterizado por poner patas arriba las instituciones de la Iglesia o el Ejército) ha dejado durante los últimos años un polémico reguero de boutades, machadas y salidas de tono que han tenido como objeto principal el catalanismo. Así, calificó el independentismo como una 'epidemia', opinó que el nacionalismo es 'incompatible' con la democracia, consideró un invento la nación catalana y, sobre la independencia de Catalunya, llegó a declarar en una entrevista: 'Es irreversible [...]. Y hay que dejarles que se suiciden, porque llevan años diciendo que se van a tirar del puente. Yo incluso les pegaría un empujoncito'.

Pero Boadella no sólo ha tenido a su tierra en el punto de mira. Cargó contra los antitaurinos y llamó 'gilipollas' a los miles de votantes del Partido Animalista, que exigió una rectificación. También denunció la 'intervención cultural' del Estado, puso a caldo a Santiago Carrillo ('capaz de producir el asesinato'), negó que hubiese nacionalismo español y recomendó el Cara al sol como letra del himno de España. 

Antes de que Javier Marías rechazase el Premio Nacional de Narrativa, el había despreciado el de Teatro, concedido también por el Ministerio de Cultura, y la Creu de Sant Jordi, otorgada por la Generalitat de Catalunya. No le hizo ascos, sin embargo, al Premio de Cultura 2005 de la Comunidad de Madrid, gobernada entonces por Esperanza Aguirre, a quien nunca satirizó. 'Es que le tengo cariño', le confesó al periodista Rafael Álvarez. 'Ella no merece mi perversidad'.