Publicado: 02.03.2016 21:05 |Actualizado: 03.03.2016 07:00

El aldeano de la Modernidad

La editorial Errata naturae publica la primera novela surrealista de la historia, un paseo por el París de los años veinte de la mano del poeta Louis Aragon y su mirada onírica.

Publicidad
Media: 0
Votos: 0
Comentarios:
El milagro de lo cotidiano y la mirada inédita de Louis Aragon.

El milagro de lo cotidiano y la mirada inédita de Louis Aragon.

MADRID.- Antes del póker online y los cigarrillos electrónicos. Antes, incluso, del existencialismo, los drones y los centros de coworking. Antes de que las ciudades se convirtieran en marcas dispensadoras de no-lugares con sus japos de aquí para allá irguiendo un self-stick, hubo un tipo que tuvo a bien decir aquello de paren que yo me bajo.

El iluminado fue un tal Louis Aragon, poeta surrealista para más señas, adlátere de otro insigne enfant terrible del “antiarte”, André Breton, con quien venía de pergeñar el dadaísmo y se disponía a bautizar el surrealismo. Tiro porque me toca. De hecho, según se mire, El aldeano de París (1926), la obra que nos ocupa y que acaba de publicar Errata naturae, está considerada la primera novela surrealista con permiso de Nadja, intento bretonesco dos años posterior.

Pero al grano; lo que hace Aragon con este libro es, en esencia, entregarse al dictado de los sentidos mientras se da un paseo por la ciudad. Escaparates, pasajes, parques y transeúntes son aquí escrutados desde lo puramente intuitivo, dejando a un lado el animoso y siempre dispuesto juicio del hombre moderno. "Esta manía controladora hace que los hombres prefieran la imaginación de la razón a la imaginación de los sentidos”, censura el autor.



Errata naturae

En ese deambular sin principio ni fin, sin nudo ni desenlace que valga, Aragon erige un reproche a la Modernidad desde la Modernidad. Citando al propio autor en un pasaje del libro que uno no puede más que imaginar dramatizado con aspavientos: "Ya no quiero resistirme a los errores de mis dedos, a los errores de mis ojos. Ahora sé que estos errores no sólo son burdas trampas, sino también insólitos caminos hacia un destino que nada, salvo ellos, me pueden revelar".

Erremos, pues. Soñemos encaramados como lo hace Aragon a los escaparates, a las estatuas que se tornan parlanchinas y a los sombreros de copa, hagámoslo antes de que sea demasiado tarde, a tientas. "¿Albergaré durante mucho tiempo el sentimiento de lo maravilloso cotidiano?”, se pregunta inquieto a mitad del pateo, consciente de que en cualquier instante el hechizo de la extrañeza se puede esfumar. Para, poco después, cargar de lleno contra la sensatez del hombre de bien: “Veo cómo se pierde este sentimiento en cada hombre que avanza en su propia vida como si ésta fuera un camino cada vez mejor pavimentado”, clama el poeta.

Apología del pasmo

Escribía Walter Benjamin, en una carta a su colega Theodor Adorno, que apenas podía leer un par de páginas seguidas de El aldeano de París, su pulso se disparaba y debía apartar el libro de sus manos. Desconocemos qué motivó el repentino tembleque del filósofo —quizá simplemente no esperaba semejante extravagancia—, de lo que no hay duda es de la huella que esta deriva literaria dejó en su obra.

La luz moderna de lo insólito, esa por la que clamaba el poeta, no tuvo mucho recorrido. Nos deja, eso sí, un triste presagio hecho —poca broma— hace casi un siglo: “Se está gestando una gran crisis, un inmenso desconcierto empieza a adquirir forma. Lo bello, lo justo, lo verdadero, lo real… Éstas y otras tantas palabras se están haciendo añicos en este cabal instante”. Les resulta familiar, ¿verdad?