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Amar en tiempos de Tinder Valérie Tasso: “El porno tiene que seguir siendo sucio y marginal”

La sexóloga francesa aborda en 'Sexo 4.0' la influencia de la tecnología en nuestra forma de entender el amor y el sexo.

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La sexóloga francesa Valérie Tasso

La “puta ilustrada” ha vuelto. El apelativo —que la entrevistada evoca y asume a modo de lisonja— le fue asestado tras la publicación en 2003 de Diario de una ninfómana, libro que causó un cierto revuelo —también un notable éxito— y en el que la sexóloga Valérie Tasso testimoniaba grosso modo una época de sexualidad recreativa y serial, lo que dicho menos finamente sería algo así como la historia de una mujer que se entrega al fornicio uno tras otro y que pase el siguiente.

Han pasado casi tres lustros desde aquel destape emocional y la pregunta no ha perdido vigencia: ¿sigue resultando inquietante ese modelo de mujer independiente en lo afectivo? Tasso no duda un instante: “Por supuesto, la semántica que se utiliza para definir a una mujer que apuesta por una sexualidad libre sigue siendo insultante; zorra, guarra, que se lo come todo…”. Pero también va más allá y no duda en señalar que cuanto más radicalizada está una mujer en la idea del yo hago con los tíos lo que me da la gana, más acosada está por algo que le falta. “Antes éramos infieles porque lo pasábamos mal y ahora, en cambio, somos infieles porque lo podemos pasar mejor”.

En efecto, como ya intuirán se trata de consumo. Un consumo acelerado e indiscriminado de información, de sentimientos y, cómo no también, de afecto. En Sexo 4.0 ¿Un nuevo (des)orden amoroso? la sexóloga se sumerge en las miserias del amor y el sexo en tiempos de Tinder. La lógica neoliberal aplicada a lo emocional genera desquicie al por mayor; japoneses acariciando gatos, escaparates carnales en aplicaciones móviles y demás virtualidades lúbricas. Según Tasso, la tecnología de la “relación” ha dado lugar a una suerte de “hipernormalización del sexo” que lo convierte en algo aséptico en detrimento del morbo. “Se ha higienizado y medicalizado, el sistema busca engullirlo todo para luego comercializarlo, y esto lo que provoca es que desaparezca la experiencia prohibida, desagradable o punible. “Sin interdicción, desaparece el morbo”, zanja la autora.

"El sexo se está haciendo cada vez más limpito, ya no hay espacio para la sordidez"

El minimalismo zen, los vibradores con forma de patito para niñas malas, la categorización cartesiana de las pornofilias son, a fin de cuentas, el reflejo de una sociedad obsesionada con el método y la estética. Un orden y concierto ante el que la sexóloga se revuelve: “El sexo se está haciendo cada vez más limpito, ya no hay espacio para la sordidez, el porno tiene que seguir siendo sucio y marginal, la normalización está haciendo que no le encontremos sentido absolutamente a nada”. Subyace de las palabras de Tasso aquella otra sentencia nietzscheana: “No hay ninguna superficie bella sin una profundidad terrible”. Y es que, según la autora, estamos sublimando el morbo y lo sórdido exclusivamente al ámbito de lo literario o cinematográfico.

Se refiere, por ejemplo, a éxitos editoriales como Cincuenta sombras de Grey, donde los modelos masculino y femenino están perfectamente señalados y estereotipados: él, todopoderoso y dominante en la “realidad”, con las manos largas, pero solo contractualmente, y tierno, pero solo cuando le tocan la fibra sensible. Ella, fascinada, en busca de una autonomía personal que nunca llega. “¿Hay alguna diferencia con aquella relación entre señorita novicia y príncipe azul?”. El veredicto Tasso lo tiene claro: “El sistema está muy interesado en esa supuesta liberación de la mujer y convierte su necesario desafío al modelo de sexualidad patriarcal en un nuevo nicho, en un consumidor más”. Consciente de que esto último puede ser polémico, matiza: “Por supuesto que prefiero este modelo a esa otra sociedad represiva judeocristiana, al menos podemos vivir nuestra sexualidad, pero no creo que seamos más felices”.

La farsa del poliamor y los follamigos

La autora de Sexo 4.0 carga también contra esa filosofía zalamera con reminiscencias New Age con el buenrollismo como Santo Grial. En concreto se ceba con dos de sus criaturas más en boga, a saber; el poliamor y los follamigos. Para argumentar sus desavenencias Tasso echa mano de lo que entendemos por amor y lo que entendemos por amistad: “La amistad se fragua entre dos voluntades iguales, y el amor, en cambio, entre dos voluntades desiguales. Soy consciente de que cuando preguntas a la gente qué tipo de pareja busca, todo el mundo dirá que quiere una relación de igual a igual, pero en la práctica siempre hay grados de sometimiento”.

La sexóloga se sirve de la etimología para terminar de afianzar su razonamiento: “El amor es tan bestia que tú te realizas mirando al otro, los griegos hablaban del agón, que entre otras cosas significa también conflicto, por eso cuando estamos ante dos voluntades iguales —caso de la amistad— estamos, en cierta forma, desarticulando el deseo”. Premisa con la que se carga de un plumazo los neologismos libidinosos que nos ocupan: "Tiene que haber desigualdad para que haya sexo, de modo que o una cosa o la otra, siempre vamos de muy buen rollo todos pero parece que olvidamos que la erótica, el deseo, es algo muy oscuro”.