Publicado: 06.06.2014 07:00 |Actualizado: 06.06.2014 07:00

Archienemigos de la humanidad

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La humanidad ha caído en la trampa. Aterrorizados, los seres humanos normales y corrientes viven en la era del miedo. El pánico les impide ver con claridad. Se dejan engañar, dan la espalda al entendimiento y abrazan la violencia. Y hay un listo que hace de todo esto negocio. Los gobiernos de todo el planeta le van a financiar la creación de las únicas armas capaces de terminar con los diferentes, los archienemigos que les amenazan. Desde luego, la capacidad alegórica de X-Men: Días del futuro pasado funciona y no es lo único. La vuelta a X-Men, más de diez años después, del cineasta Bryan Singer significa también entretenimiento de calidad, brillo y diversión para la adaptación al cine de la historieta más emblemática y también la más tenebrosa de la saga.

'X-Men: Días del futuro pasado' recupera en la pantalla su poder simbólicoCon algunas alteraciones sobre la aventura original, la película -séptima entrega- arranca con una masacre de mutantes a manos de los Centinelas. Los primeros son 'la gran amenaza' para la humanidad, los segundos, el arma que acabará con ella. Pero aquí el punto de vista, naturalmente, es el de los mutantes, hombres y mujeres con poderes especiales, que han perseguido un sueño de paz y de integración con el resto de los mortales y que ahora viven sus últimos momentos. Es la humanidad contra lo diferente. X-Men: Días del futuro pasado recupera en la pantalla su poder simbólico. La aventura que desde el cómic sirvió como metáfora de la segregación racial en EE.UU. y de la exclusión a los enfermos de SIDA, ahora desde el cine amplía sus tentáculos y sirve para reflejar nuevas y modernas discriminaciones.

Con un reparto inusual en las películas de superhéroes, con actores de prestigio, como Michael Fassbender, James McAvoy o Hugh Jackman, con alguna leyenda entre ellos -Patrick Stewart e Ian McKellen-, mezclados con nombres de reciente éxito (Peter Dinklage o Jennifer Lawrence), la película tiene muchas más virtudes que defectos. No se abusa de los chistes, la acción y los efectos especiales no llegan a ser cargantes y la historia es suficientemente oscura para dejar claro que no es solo un número más del circo de Hollywood.

"Sé que todos tienen manos que estrechar y votos que ganarse, así que iré directo al grano. Hay un nuevo enemigo ahí fuera, un enemigo que hará inútiles sus arsenales, someterá a sus ejércitos y dejará a sus naciones sin defensas". Es el discurso de Bolivar Trask (Peter Dinklage) para 'vender' su proyecto a los líderes del mundo, Nixon a la cabeza. Son, por supuesto, los años setenta y la trama de la historia contiene cierta dosis política, un elemento que ya aparecía en otras entregas de la saga, como en X-Men: Primera generación (2011), donde se hacía referencia a Kennedy durante la Crisis de los Misiles.

No se trata de un viaje en el tiempo, sino de un traslado de la conciencia del personaje a su yo más jovenAquí, la única manera de evitar el genocidio de los mutantes es regresar a aquel pasado, a los setenta, y cambiar lo que ocurrió entonces, evitar la creación de Los Centinelas. Kitty Pryde (Ellen Page) hacía ese viaje en el tiempo en el cómic original. En el cine, el viajero es Lobezno y ella es la que consigue que ocurra. En realidad, no se trata de un viaje en el tiempo, sino de un traslado de la conciencia del personaje a su yo más joven. Es una posibilidad para la que el director, Bryan Singer ha buscado cierto respaldo científico.

"Hay una teoría de física cuántica que describe ese fenómeno -explica-. Se llama 'superposición' y asegura que si todavía no hemos observado el resultado de un acontecimiento, entonces dicho acontecimiento no ha sucedido verdaderamente. Cuando el observador de nuestro relato, Lobezno, regresa del pasado, la superposición se desmorona, lo que significa que todo lo que él haya cambiado en el pasado echará raíces en el futuro". Más o menos interesante, mucho más cautivador es el look setentero de la película y el aprovechamiento histórico de aquella década.

En su regreso, Lobezno se encuentra con el Profesor X cuando era Charles Xavier. El impecable personaje que interpreta Patrick Stewart proviene en realidad de un tipo entregado al alcohol y las drogas, hundido por el desamor y el dolor, absolutamente frustrado y rendido, que está en manos de James McAvoy. Por su parte, Michael Fassbender, poderoso, es el inconmovible Magneto joven, un entregado guerrero de la causa de los mutantes, el enemigo del proyecto de paz del Profesor. Todavía son muy jóvenes, pero ya son los líderes de la mítica Patrulla X, de ese grupo de superhombres, seres con poderes especiales conseguidos gracias a los cambios producidos en su estructura genética. Son los hijos de las radiaciones provocadas por los experimentos de la Segunda Guerra Mundial.

Y en X-Men: Días del futuro pasado se les unen algunos nuevos mutantes, como Bishop (interpretado por Omar Sy), un tipo que puede absorber energía radiante y conductora, que utiliza para que funcione su arma de plasma; Sendero de Guerra (Booboo Stewart), poseedor de supervista, superolfato y superoído, o Blink (Fan Bingbing), que tiene la fantástica capacidad de teletransportarse a sí misma, a otros y a objetos de gran tamaño. En definitiva, personajes de una superproducción con intención de dar el gran golpe en la taquilla, pero que aspira a irse con las manos llenas con honestidad y saltándose casi todas las formalidades del auténtico blockbuster.