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Armados y peligrosos

El género negro sigue creciendo: más lectores, más autores, nuevas estrategias y una dulce vitalidad que se confirmó en la Semana Negra de Gijón

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Doble disparo en la Semana Negra. Dos autores, Leonardo Oyola (Buenos aires, 1973) y Juan Ramón Biedma (Sevilla, 1962), comparten el premio gordo de la Semana Negra, el Dashiell Hammet de novela que se falló ayer en el hotel Don Manuel de Gijón. Chamamé (Salto de Página) y El imán y la brújula (Ediciones B), respectivamente, lucen gloria literaria con diferentes tonalidades del negro y marcan tendencia dentro de un género que, en palabras del escritor español Gastón Segura, “abandona el arquetipo anglosajón porque está caduco”.


Segura (Villena, 1961), que ha presentado en esta semana Stopper (Berenice), considera que el “género siempre parte de un problema moral”. No es de extrañar, por tanto, que se reconozca en la obra de Juan Marsé, auque no le considere estricto cumplidor de ese género urgente, y al día de hoy trepidante, que encuentra en Chamamé su más emocionante expresión. Su autor, Leonardo Oyola, explica a Público, que “la novela negra no busca justicia, sino verdad”. Y añade: “Lo importante es jugar la historia”. De hecho, raro es el autor que no siente que trasciende su propio género. En el caso del colombiano Mario Mendoza (Bogotá, 1964), que escribe “forzado por la realidad”. El autor de Satanás (Seix Barral) es ejemplar cuando le añade buenas dosis de thriller a un fenómeno, el del narcotráfico, que asume como “hecho geopolítico”. “Es una forma de resistencia”, explica.


Lucha social y posmodernidad
Tanto para Segura, Oyola y Mendoza la novela negra levanta la alfombra que cubre toda sociedad para destapar “el origen del mal”. Una formulación similar a la que Luis Cernuda dedicó en su día al autor de Dashiell Hammet, referente aún indiscutible de un género que, en la Semana Negra, apuesta por hibridación de géneros y la confrontación temática. Como afirma Oyola: “Con la descripción de un tiroteo se puede denunciar”. Tal vez sea ese el punto de partida, que arroja a muchos escritores a cultivar ese negro en el alma, que en el caso del escritor bonaerense atraviesa en tiempo real, de norte a sur, un país como Argentina, sacudido por el caos económico y social, para revelarnos que “el mal es innato”.


La denuncia social une a los escritores, aunque sus formulaciones formen interesantes variantes en el panorama editoral. A este respecto, es importante la influencia de ese provocador escritor estadounidense, Marc Behm (New Jersey, 1925), autor de La mirada del observador (RBA). Para el aficionado, que en su día apareció en la colección de la mítica editorial Júcar, que dirigía Silverio Cañada e incluía a escritores como Donald Westlake, Jim Thompson o Juan Madrid, podría ser el paradigma de la novela negra que se hace hoy.


Atípico y posmoderno, Behm es un autor de culto en esa Francia que aún cultiva el polar como género cinematográfico noir, y es precisamente allí donde Behm finalmente encontró asilo literario hasta el final de sus días. En Estados Unidos, por el momento, los lectores prefieren las secos crímenes de James Ellroy; o la saga sureña a lo Chester Himes del también estadounidense Jim Sallis y su detective negro Lew Griffin, que sitúa en Nueva Orleans y al que añade altas dosis de conflicto racial. Todos parecen escribir sobre sus infiernos históricos.


Es el caso de Juan Ramón Biedma, autor que se mueve a medio camino entre la novela histórica y la de espías, con su maldita y fascinante El imán y la brújula, ambientada febrilmente en la España de Miguel Primo de Rivera y que se transforma en “un relato político”. Para Biedma, que construye “una novela dentro de la novela”, lo importante sigue siendo la historia. Sus referencias son otra cosa y cita a los poetas simbolistas franceses. Y sí, reconoce que su novela, a pesar de su inspiración saturniana, cumple con el género al denunciar “una sociedad de diletantes”, en referencia a la España prerrepublicana en la que vive “una descontenta casta militar”.


Urbanas y sin héroes
Hay autores que también van más allá del arquetipo femenino habitual y son capaces de presentar una novela como Primeras noticias de Noela Duarte (La Otra Orilla), escrita a seis manos por Fajardo, Ovejero y Sarabia, creadores de una esa nueva heroína independiente y seductora que recorre el mundo cámara en mano.


Si exceptuamos este interesante caso, la novela negra abunda en personajes fracasados, como el boxeador de David Torres (Madrid, 1966) de Niños de tiza (Algaida), o directamente marginales, como el yonqui de Francisco Galván, ese Legi de Parla que se arrastra por el campamento de Las Barranquillas en una alucinada y esquizofrénica visión del Madrid de los últimos años. Nadie deja la ciudad, ni siquiera Miguel Barrero (Oviedo, 1980), escritor dotadísimo para la frase larga que despunta con el suave ritmo “proustiano” en La vuelta a casa (KRK Ediciones).


Urbana, promiscua, a veces tarantiniana y siempre con ganas de dar guerra, la novela negra es capaz de asumir tradiciones no demasiado ajenas. Faulkner y Scott Fitzgerald brillan escondidos en las tramas de muchos escritores. La vieja guardia norteamericana sigue más o menos en pie gracias a los escritores del norte de Europa. Aunque muchos, como el argentino Oyola, se identifiquen con las tradiciones de su propio país.