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El arte perdido de la correspondencia

Las cartas pasan a la historia. El periodista británico Simon Garfield trufa en 'Postdata' un riguroso estudio sobre la historia de las relaciones epistolares con numerosas curiosidades

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Carta destinada a Zurich fechada en 1937.- NATIONAL POSTAL MUSEUM

No nos engañemos, el buzón ya no dispensa cartas. Pese a todo, ineptos para la resignación como somos, no dudamos en meter la manaza por la ranura en detrimento de nuestros nudillos cuando se intuye un sobre en la penumbra, pero seamos honestos, el tesoro cautivo lo remite, por lo general, una entidad financiera, la pizzería de la esquina o Amazon.

El declive de la correspondencia, ramificación de otras decadencias contemporáneas como el de la escritura manuscrita o el de la imprenta, se adivina inevitable. Asistimos sin inmutarnos a la desaparición de un arte que durante siglos desempeñó un papel irremplazable. Las redes sociales, la blogosfera, los emails, y demás vainas parecen saciar con creces nuestras necesidades comunicativas a golpe de tecla.

Siglos de intercambios manuscritos han dejado algunas perlas que Simon Garfield (Londres, 1960) recoge en Postdata. Curiosa historia de la correspondencia (Taurus), una suerte de grandes éxitos de la historiografía epistolar en la que se dan cita figuras como Ciceron, Ted Hughes, Emily Dickinson o Jack Kerouac.

Garfield se remonta a los orígenes de la correspondencia amorosa, misivas en las que la pasión manuscrita viajaba en forma de papiro y sin membrete que valga. Es el caso, por ejemplo, de un ardiente Marco Aurelio, quien, unos veinte años antes de ser emperador, mantuvo un tórrido intercambio de lisonjas con su tutor, el orador y profesor Marco Cornelio Frontón. “Muero de amor por ti”, escribía lujurioso el futuro dirigente, a lo que su preceptor respondía conturbado: “Tu ardiente amor me ha dejado aturdido, como golpeado por el relámpago”.

Niveles similares de acaloramiento, pero con casi un par de milenios de diferencia, manejaban los ilustres amantes Arthur Miller y Anaïs Nin, cuya correspondencia, de una lubricidad en ocasiones sonrojante, arroja luz sobre la completa y rica naturaleza de ambos. “Anaïs, no puedo decir mucho más ahora. Siento que me invade la fiebre. Apenas era capaz de hablar contigo porque sentía permanentemente el impulso de levantarme y echarme a tus brazos”, le imploraba Miller en una de sus misivas. A lo que la escritora de ascendencia cubano-española replicaba con un febril: “Dios, Henry, solo en ti he encontrado el mismo entusiasmo henchido, la sangre igualmente al galope, la plenitud, la plenitud. […]”.

Junto a ese muestrario de epístolas almibaradas, encontramos también curiosidades como la del escrupuloso profesor de matemáticas Peyton Watson, que tiene a bien corregir una de las ecuaciones que aparece en el libro La broma infinita, de Foster Wallace:

“La segunda ecuación de la página 1024 dice:

F(x)dx=F(x’) (b-a)

cuando debería decir:

(Falta esto) -> Sba F(x)dx=F(x’) (b-a)

Estoy seguro de que es un error de imprenta, porque el señor Wallace parece saber bastante de matemáticas también.

Espero haber sido de ayuda,

Atentamente,

Peyton Watson”


Chaladuras al margen, Postdata. Curiosa historia de la correspondencia reivindica un mundo que ya no es, un mundo de sellos y caligrafías pomposas, un mundo de esperas interminables y borrones, tachaduras y manchones, un mundo más humano a fin de cuentas, porque, si algo nos separa de la asepsia del email, es la capacidad de torcernos, aunque sea en renglones.