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La austeridad contra el lujo en Cibeles

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La crisis ha partido en dos al mundo de la moda. El cuarto día de Cibeles Madrid Fashion Week fue una buena muestra de ello. Ayer vimos diseñadores que optaron por brindar sus colecciones a aquellas mujeres que prefieren enfrentarse al monstruo de la economía armadas con un lujo extremo sin contemplaciones populistas. Tal fue el caso de Francis Montesinos y Andrés Sardá, ambos inamovibles en sus propuestas.

Mientras el primero siguió buscando el aplauso fácil, esta vez con una colección lisérgica, que rememoraba la Ibiza de los años sesenta, Sardá volvió a irrumpir sobre la pasarela con su habitual legión de superhembras. Para la firma catalana, dedicada a vestir la intimidad de los cuerpos más escultóricos y de paso a esquilmar las carteras menos inhibidas, no existe la contención: ante la adversidad de la vida cotidiana, su lencería es puro desenfreno y evasión. Ya sea en su versión más oscura (que rememoraba la locura de los clubes de la Ley Seca norteamericana) o en su posición más brillante y galvanizada (con armaduras futuristas derivadas de alguna colección pasada de Dolce & Gabbana).

En la otra orilla se ubicaron creadores como Miguel Palacio y Jesús del Pozo. Los dos tienen claro que es con el hilo de la austeridad con el que hay que coser los agujeros del bolsillo. El comienzo de sus desfiles fue toda una declaración de intenciones.

Palacio lo hizo con un guardapolvo negro, seguido de una legión de petit robe noir (o pequeño vestido negro), la prenda obrera que Coco Chanel convirtió en emblema del lujo intimista tras los estragos de la Primera Guerra Mundial. Del Pozo no fue tan evidente, pero su mensaje quedó más que claro. Aunque el madrileño jugó con la estructura de las prendas, trabajó su arquitectura y desmembró patrones, en ningún momento cayó en los detalles superfluos ni en los adornos prescindibles. Forma y color, nada más y nada menos.

Cuando el día iba camino de convertirse en un menú sólo apto para veganos de la estética, llegó Ana Locking con una delicatessen dedicada a los carnívoros de la vanguardia. 'Me he dejado la sangre en esta colección, exactamente cuatro tubos', y lo que comentaba la diseñadora era literal: su dossier de prensa llevaba adheridos cristales de microscopio con gotas de su propio plasma. El rojo fue, cómo no, el color fetiche de una colección sanguínea y muscular, adscrita a un lujo que enfrenta estructuras rígidas y siluetas fluidas. La prudencia contra el exceso, lo frugal ante lo barroco, lo asexuado en oposición a la lujuria, la severidad como antítesis del hedonismo. ¿Alguien se pone de acuerdo?

Para terminar de dividir las aguas, llegó Juan Duyos con un nuevo quebradero de cabeza. La moda es un mundo extraño, donde las modelos siempre son chiquillas y las compradoras señoras maduras. El diseñador subió a la pasarela a un lote de septuagenarias capitaneadas por Eloisa Bercero, nuestra coleccionista número uno de alta costura. 'A mí siempre me ha gustado más vestir a señoras mayores, las veo más elegantes', dijo Duyos tras su desfile. Cuando la moda juega a los opuestos, mejor tomar posiciones, quedarse en medio supone la ruina del estilo.