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Si B. B. pide un solo de blues, se le da un solo de blues

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B. B. no vino a Madrid a cumplir. Nadie cruza el Atlántico con 84 años para pasar el rato. Raimundo Amador lo sabía y por eso se paseaba ayer por la puerta del Circo Price escoltado por un gorila cargando con su guitarra (eléctrica). El concierto rindió tributo a alguien tan importante como B. B. y, lo crean o no, todavía más viejo: Nelson Mandela.

Salieron primero sus músicos: ocho negros trajeados y armados (con sus instrumentos) que disparaban solos a velocidad endiablada como quien le da una patada a un balón. Messi lo habría entendido: esto lo inventaron ellos, claro.

A B. B. King lo sacaron (literalmente, dos tipos lo acompañaron hasta el centro del escenario) y lo sentaron en una silla con su cojín: en su chaqueta podrían entrar cuatro personas talla XL y su guitarra Lucille (con esa distorsión brillante, como un charco sucio en una calle de Harlemllena de baches) parecía un ukelele en sus manos.

Abrió la boca, dio las gracias, anunció que tocaría un postre con Raimundo Amador y bramó como un orangután beodolos primeros versos de Let the good times roll.

Sonaba a negro, o lo que es lo mismo, a lamento, a espíritu, a carne y a peligro (uno de los saxofonistas hasta llevaba un parche de pirata agarrado al ojo). I need you so (Te necesito tanto), lloró el viejo B. B. Es un niño. Mandaba él, como en el Scattergories: apuntaba con el dedo a un músico y este le metía mano a un solo. 'O me das ese solo que quiero o se acabó el juego', parecía pedir el viejo bluesman contoneándose sobre su cojín. B. B.: tus dedos ya no son tan rápidos, pero tus músicos llegan hasta allí por ti. Digamos que, en realidad, también eres tú.