Publicado: 27.05.2015 21:20 |Actualizado: 28.05.2015 16:53

Bienvenidos a los pueblos más misteriosos de la televisión

Lejos de ser un remanso de paz y tranquilidad, pueblos como los de 'Wayward Pines' y 'Refugiados' albergan todo tipo de misterios, crímenes y paisanos inquietantes que invitan a todo menos a hacer turismo rural por sus calles. 

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Hay pueblos en televisión a los que no dan ganas de ir.

Hay pueblos en televisión a los que no dan ganas de ir.

Pequeños reductos de pocos habitantes, aislados del bullicio de las grandes urbes, donde todo el mundo se conoce y la mayoría tiene algo que ocultar. Son esos pueblos de la ficción televisiva donde el misterio y el crimen son un habitante más que se parapeta tras las puertas y ventanas de sólidas casas. Lugares ficticios en los que la llegada de un forastero se percibe más como un inconveniente que como la resolución a sus problemas. En ocasiones, es ese extraño o extraños quienes desencadenan el conflicto. En otras, las más, son quienes llegan para intentar descifrarlo empeorándolo primero.

Wayward Pines y Refugiados, dos estrenos recientes, uno estadounidense y otro de cuño nacional aunque coproducido con la BBC, caminan en este sentido. Una idea que J. J. Abrams, Alex Kurtzman y Roberto Orci supieron explorar y explotar en Fringe, donde pese a que la acción transcurría principalmente en Boston, no era raro que el equipo formado por los Bishop y Dunham se desplazase a localidades remotas donde se daban fenómenos extraños. Eso por no hablar de que el origen de todo se encontraba en una base militar de un lugar llamado Jacksonville, en Florida.



En el pueblo que da título a Wayward Pines –serie de reciente estreno simultáneo en EEUU y España a través de FOX–, nada es lo que parece. Todos fingen ser otra persona coaccionados por un alguien sin determinar aún que ha convertido el lugar en el campo de ensayo de lo que parece un extraño experimento sociológico, por definirlo de alguna manera a falta de más datos. Está por ver el desenlace, pero, teniendo en cuenta que la serie ha llegado auspiciada por el rey del misterio M. Night Shyamalan, cualquier explicación es posible. El punto de partida es el de la desaparición de dos agentes en cuya búsqueda acude un tercero (Matt Dillon) que acaba en el hospital local, malherido y rodeado de unos habitantes que lo mismo son extremadamente hospitalarios que unos psicópatas de cuidado. Wayward Pines y sus habitantes están aislados por completo del mundo exterior, salir es imposible. Como lo es en Chester’s Mill, donde una cúpula aísla a una población entera como si de un Gran Hermano con fenómenos inexplicables se tratase.

En el serrano pueblo de Refugiados, que emite La Sexta, el misterio lo traen consigo los foráneos, decenas de hombres, mujeres y niños que dicen venir del futuro huyendo de una muerte segura. En ese pequeño reducto en el que sus vecinos trabajan la madera y acuden a misa de doce en masa, los extraños son acogidos con distinto talante. No todos se fían de ellos y la convivencia, a medida que pasan los días y se consumen los recursos, empieza a complicarse dejando ver el lado más oscuro y solidario de unos habitantes que desconfían por naturaleza de la llegada de estos habitantes del futuro para romper su monótona rutina.

La idea de la que parte Refugiados recuerda, ligeramente, a la de Resurrection. Si bien en la española los aparecidos vienen del futuro, los que llegan a Arcadia lo hacen desde el pasado ya que no dejan de ser habitantes que murieron y que aparecen de la nada llamando a la puerta de sus antiguas casas en busca de unas familias que no saben cómo afrontar su vuelta. En Arcadia aparecen y en Mapleton (The Leftovers) desaparecen sin saber a dónde han ido.

Un caso por resolver, la clásica trama pueblerina

Una de las tramas más habituales a la hora de ambientar la historia en un pueblo es la de un crimen sin resolver que hace saltar por los aires la tranquilidad del lugar. A ser posible, una desaparición que culmina con el hallazgo de un cuerpo. El reducido número de habitantes les convierte a todos en sospechosos. Ante esta tesitura, nadie mejor que un extraño para juzgar objetivamente a cada habitante/sospechoso. Esa era la premisa de Bajo sospecha, en la que todos estaban bajo el punto de mira de los dos agentes infiltrados en Cienfuegos para resolver la desaparición de una niña el día de su Primera Comunión. En esta ocasión las miradas vírgenes llegaban por duplicado, pero en ocasiones basta con una ajena a la circunscripción para dar con la clave, con esa pista que quienes están dentro no han conseguido mirar con la distancia oportuna.

Ocurre en la maravillosa Broadchurch (otra ficción que toma por título el nombre del pueblo en el que se ambienta), en los asesinatos de Erath (True Detective), en el brutal asesinato de Laura Palmer en Twin Peaks, en Fargo (donde hay intercambio de agentes de un pueblo a otro) y en el encantador pueblecito francés Chalons du Bois, donde desaparece un niño británico de vacaciones con su familia. En esta, en The Missing, no hay cuerpo y es el empeño de un padre desesperado (James Nesbitt) y un agente retirado al que llamaron para dirigir la investigación (Tchéky Kayro) quienes reabren un caso que acaba teniendo como culpable a alguien muy cercano. Porque en la resolución de estas series, en la gran mayoría de ellas, la culpa es de alguien del entorno. Más aún cuando las víctimas son niños.

Seres fantásticos y asesinos en busca de refugio

Hombres lobo, vampiros, alienígenas, fantasmas, personajes de cuento y forajidos buscan en los pueblos más recónditos un lugar en el que esconderse de las miradas más agudas intentando pasar desapercibidos. Lo que no saben muchos de ellos es que quizá un pueblo no sea el mejor sitio para esconderse. Sobre todo si uno es el forastero. Cuando se es parte de la población autóctona, es otro cantar. Su misterio suele estar a salvo por mucho que sea un secreto a voces. En Calenda los hombres lobo conviven con los humanos como intentan hacer en Bon Temps los vampiros de True Blood y en Roswell tres adolescentes extraterrestres entre los que se encuentra una jovencísima Katherine Heigl. Alienígena es también, no hay que olvidarlo, Clark Kent, cuyo meteorito es capaz de crear toda clase de atropellos genéticos en un mismo pueblo, Smallville, sin que la mayoría se percate de la presencia de Superman entre sus habitantes.

Pero si lo de Smallville es raro, qué decir de Grandview (Entre fantasmas), el pueblo de la ficción televisiva que concentra el mayor número de muertes violentas y fantasmas con cuentas que saldar del panorama internacional. Al menos en Storybrooke (Érase una vez…) todo encajaba achacando cualquier reticencia posible a una maldición. En este pueblo de cuento los extraños solo estaban de paso y los habitantes del Bosque Encantado no sabían quiénes eran. Hasta que lo supieron, claro, y todo empezó a encajar en su reseteada mente y la trama empezó a írsele de las manos a los guionistas.

En el capítulo de forajidos, su razonamiento tiene sentido. Nadie va a ir a buscarles a un lugar tan remoto. Al menos eso es lo que piensan. Así acaba Norma Bates, madre del psicópata Norman Bates, en White Pine Bay, una pequeña localidad de Oregón en la que busca refugio junto a su imberbe hijo. Huye de un pasado con muerte violenta incluida sin saber que su crimen la persigue y que seguirá limpiando sangre de sus manos y de las de su atormentado y adolescente vástago. En Bates Motel la forajida es ella. Como en Banshee lo es un exconvicto que aterriza en este pueblo de Pensilvania y se hace pasar por el sheriff del lugar. Una tapadera de primer nivel. Nadie va a sospechar que el forajido es el sheriff.

Al final todos estos pueblos de la ficción no dejan de ser lugares encantadores, de esos que invitarían a visitarlos un fin de semana de turismo rural si no fuese porque el espectador sabe de los oscuros misterios y extraños habitantes que los pueblan. Aunque es posible que su encanto resida precisamente ahí y que sea eso lo que les hace tan interesantes argumentalmente.