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Björk abre el baúl de los juguetes

La cantante islandesa publica hoy la obra multimedia Biophilia', un experimento musical y tecnológico

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Björk, más que discos, fabrica mundos. Pequeños, de juguete, caprichosos, autónomos, vanguardistas y siempre personales. Su inquieto cerebro no deja de fantasear y ella, fiel a las órdenes que le va lanzando la mente, obedece, dejándose llevar hacia territorios musicales que puede que ya existieran, pero en los que ella, con elegancia y rabia, clava su bandera. Es como Amundsen o, mejor, como Cortés: cuando pisa tierra, quema las naves.

Lejos quedan los fabulosos himnos de pop electrónico que fabricó a mediados de los noventa, pero qué actuales suenan. Casi todo lo que se oye ahora parece más viejo que ella hace 15 años. Biophilia se publica hoy, pero ¿quién sabe de qué año será en realidad? Björk no puede envejecer, porque es una niña y cuando hace música, juega. Y el que vive jugando es como Peter Pan.

La obra tardó tres años en llevarse a cabo e involucró a Apple y National Geographic

Incansable en su búsqueda, la islandesa es una ratita de laboratorio incapaz de contener el impulso experimental. No ha pasado tanto tiempo desde aquella epidérmica fábula llamada Medúlla (2004), un disco tejido únicamente de voces, tan arriesgado como la ruleta rusa. Tres años después de aquella pirueta, ejecutó otro salto mortal: Volta, su álbum multiétnico, un viaje por el mundo (Mali, República Democrática del Congo, China...) en busca de sonidos que integrar en su discurso lírico. Se decía que volvía al pop porque Timbaland producía tres canciones, pero la realidad es que Björk nunca vuelve.

En Biophilia rompe, definitivamente, la barrera del sonido para proponer un escenario de juego interactivo con la tecnología como arma. Si en el pasado se enamoró (y popularizó) del famoso Reactable, un instrumento electrónico colaborativo desarrollado en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, ahora aprovecha las aplicaciones de iPad y iPhone para crear un programa semi-educacional que combina sonido, texto e imágenes para tratar temas como la tectónica de placas, la genética o los biorritmos humanos.

El viaje de la cantante de la electrónica a los sonidos orgánicos se hace más palpable

Biophilia se compone de cinco elementos: el disco, las aplicaciones, los conciertos, un documental (que se está rodando actualmente) y la página web. La artista colaboró con científicos, inventores, diseñadores y músicos para crear un ecosistema donde se plasmaran las relaciones existentes entre las estructuras musicales y los fenómenos naturales, algo que ya apuntaba en algunos momentos de Volta.

La obra, de ambiciones casi cosmológicas, tardó tres años en llevarse a cabo e involucró a Apple y National Geographic. A Apple no le gustó nada, por cierto, que Björk animara a piratear el disco a aquellos que no contaran con un dispositivo de la empresa del fallecido Steve Jobs.

Björk ya había desarrollado proyectos multimedia en el pasado, pero en esta ocasión parece que los extras dejan de ser accesorios para formar parte central de la obra. Aun así, las diez canciones de Biophilia se sostienen sin ayuda ajena. En ellas se percibe el rastro de todo el camino recorrido hasta ahora, pero el cuadro final no es copia.

El viaje de Björk de lo electrónico a los sonidos orgánicos se hace todavía más palpable en Biophilia. No iba a ser, sin embargo, un trayecto convencional: la artista ha encargado una serie de instrumentos únicos entre los que se escucha un arpa de diez pies, un órgano de tubos a medida y varios componentes del gamelán indonesio. Experta en moldear texturas, Björk combina con precisión científica esta estrambótica serie de instrumentos con arrebatos electrónicos y los baña en un océano de voces y coros que van de lo espectral (Moon) a pasajes más cálidos (Virus).

Esta última es uno de los ángulos más accesibles del álbum, junto al single Crystaline que no esquiva ni el estribillo ni una descarga de drum n' bass desbocado en la parte final y la balada teatral Cosmogony que, utilizando muy pocos elementos instrumentales (coros, vientos y un bajo), logra crear un misterioso crescendo.

El misterio da paso al terror: Dark Matter es una de las piezas más opresivas que se le recuerdan, con voces susurrantes emparedadas por un órgano asfixiante y desequilibrado. El álbum se interna entonces en sus pasajes más académicos (Hollow, Sacrifice...), donde el placer armónico se diluye y se sustituye por una narrativa sonora experimental más abierta, que conecta con la pretensión de la artista de fusionar estructura musical con los fenómenos naturales y el cosmos. El siguiente destino puede ser, directamente, otra galaxia.