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Si Bon Jovi no te gustó, puedes comprarte una lavadora

El evento de Arganda del Rey arranca con mucha atracción y poca música

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La carrera, atlética, casi olímpica, era por Bon Jovi. Cientos de personas con la lengua fuera cruzaban la llamada Ciudad del Rock de una punta a otra a las 7 de la tarde bajo un sol inmisericorde en busca del maná de la primera fila. Venían ya calentitos después de varias horas de espera sin una sombra amiga bajo la que refugiarse. 'No nos habíamos traído nada de beber y los policías no nos daban ni agua. Y ellos, eso sí, cada uno con su botellita', decía una colorada Aurora, de 16 años, que llegó ayer desde Granada y hoy cambiará de parque temático: 'Nos vamos a la Warner'. Aurora y sus cuatro amigos también venían por Bon Jovi. 'Mañana [por hoy], no venimos porque más que Rock in Rio, esto será Pop in Rio, con Shakira y Rihanna', suelta Andrea sin remilgos.

Con tanto castillo hinchable y tanto colorido, Rock in Rio puede parecer inofensivo. Nada de eso. Los peligros acechaban de múltiples formas: un balón gigante de Movistar que se te viene encima (y gigante significa que si te cae encima, puede hundirte en el suelo), un monumental chorro de agua que sale del suelo sin previo aviso Por no hablar de los riesgos psicológicos que supone encontrarte con un karaoke andante (un tipo con un micrófono y una pantalla de plasma colgada a la espalda) mientras dos azafatas te regalan pasta de dientes y a un lado un asistente se introduce en el acuatúnel, que es como un túnel de lavado para coches adaptado al cuerpo humano.

Con tanto castillo hinchable y tanto colorido, todo parece inofensivo

La Ciudad del Rock es plástico, pero con marca. Entre tanta atracción, desentona un tipo con una camiseta de Manowar y el 80% de su cuerpo visible tatuado. 'Por llevar estos tatuajes, me han registrado cinco veces a la entrada', se queja Javier Gutiérrez, de 26 años, que presume de su pasado festivalero ('He estado en el Metalway, el Viña Rock y uno en Alemania'), antes de despedirse con un '¡Hostia, un Burger King! Ya sé donde voy a cenar esta noche'.

A las 9 de la noche, Alfredo Muneda y José Ignacio Sierra, de veintitantos, se quejaban de que, después de dos horas, todavía no habían visto ni un concierto. 'Menos mal que venimos invitados, porque esto es caro, caro', contaba Alfredo.

'Mañana no venimos: más que Rock in Rio, esto será Pop in Rio'

Faltaban cinco minutos para que Macaco saliera al escenario principal a hacer apología del presente: 'Cantad conmigo. ¡Aquí, ahora!', gritaba un Macaco al que era difícil distinguir entre el balón gigante de Movistar, la grúa de TVE, la masa de fotógrafos y la chica que se deslizaba por la famosa tirolina del festival.

Lucía Rey, de 26 años y también invitada al festival (otra más), se quejaba de la ausencia de grupos alternativos ('Hace dos años, el cartel fue mucho mejor; este es muy flojo'), pero sobre todo se quejaba de que la música estaba en un segundo plano: 'Que en el stand de LG te vendan lavadoras y neveras, es muy fuerte'. Quizás, tras ver a Pereza y Bon Jovi, se calmaría o acabaría llevándose un microondas a casa.