Publicado: 29.03.2016 21:44 |Actualizado: 30.03.2016 10:56

De bruces con la traducción

El escritor barcelonés Javier Calvo analiza en su último ensayo, 'El fantasma en el libro', la figura del traductor, infravalorado, precarizado y maltratado por el sector editorial.

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El traductor y escritor barcelonés Javier Calvo.- EFE

El traductor y escritor barcelonés Javier Calvo.- EFE

Escribió en su día César Aira, en referencia a la traducción literaria y sus complejidades, que la primera frase de Moby Dick, "Llamadme Ismael", convendría traducirla con un prosaico "Podéis tutearme" para ser más fieles al original. Un planteamiento que desafía a la ortodoxia y que, en esencia, parte de una certeza aún más grave que empalabra a la perfección el maestro austriaco Thomas Bernhard: “Un libro traducido es como un cadáver mutilado por un coche hasta quedar irreconocible. Se puede buscar los pedazos pero ya no sirve de nada”.

En efecto, la conciencia trágica de que traducir un libro implica, en mayor o menor medida, acabar con él, nos conduce a dos posibles desvíos; asumir que se trata de una aberración y reconocer su imposibilidad —como hicieron en su día Ortega o Nabokov—; o bien, celebrar la barbarie al estilo borgiano, festejar que hay mil traducciones posibles y entender el proceso como algo creativo.

En esta segunda escuela se inscribe el traductor y escritor Javier Calvo (Barcelona, 1973), que acaba de publicar El fantasma en el libro (Seix Barral), un ensayo que aborda con sutileza y conocimiento de causa —casi veinte años de experiencia le avalan— esa figura en la sombra, ese eco que reverbera entre las páginas. “El traductor profesional se asemeja a lo que podría ser un pringao, confiesa Calvo restando gravedad al asunto. “Es un trabajo exigente, requiere de un trabajo mental continuo e intensivo y, para colmo, no da mucho dinero”, añade.



La maldita “fluidez” de una traducción

Ed. Seix Barral

Recuerda Calvo en su ensayo aquella encendida diatriba de Nabokov en la que cargaba contra los reseñistas que, con cierto atrevimiento, bautizaban una determinada traducción de fluida. “Ese escritorzuelo que nunca ha leído el original y que no entiende su idioma —censuraba el autor de Lolita—, elogia una imitación que se lee muy bien porque las complejidades de las que él no es consciente han sido sustituidas por topicazos. ¡Menuda fluidez!”. Y lo cierto es que no es para menos, la necesidad de encasillar nos lleva con frecuencia a la tontuna, si no directamente al dislate. Según Calvo, “la traducción implica un grado de creatividad y por tanto su recepción es siempre subjetiva. Normalmente el problema es que valoramos el resultado final, algo que no sabes de dónde viene y que puede sonar de maravilla pero no parecerse en nada al original”.

Precisamente es en ese “grado de creatividad” que apunta el autor donde reside la principal problemática a la hora de baremar una traducción. “Nunca han existido formas cuantificables de evaluar una traducción porque, a fin de cuentas, la traducción no solamente es una labor técnica, si así fuera el resultado estaría bien o mal hecho, pero esto no es como la fontanería”, apunta Calvo, para quien lo realmente valioso sería juzgar una traducción “en base a la comparación con el original”, lo cual no siempre es posible, máxime si nos atenemos al vertiginoso modelo productivo actual.

El traductor como escritor frustrado

La figura del traductor literario, como la del periodista, a menudo se vincula con la del escritor frustrado. Un parentesco pernicioso que ha hecho un flaco favor a toda una generación de escritores y traductores, autores como Mariano Antolín, Enrique Murillo o Ramón Buenaventura. “Se consideraba que si un traductor se ponía a escribir su propia literatura era un poco como un capricho de traductor, no como una actividad seria, se solía decir: vale, ha escrito una novela, pero en realidad es un traductor, un escritor frustrado”.

Calvo se rebela contra esto, “así como las armas del traductor ayudan al escritor, creo que las armas del escritor pueden ayudar también al traductor, precisamente porque al escritor ya se le supone una flexibilidad en los recursos lingüísticos que le permite adaptarse a los gustos de otras personas”, explica el autor, que no duda en considerar la traducción como “la mejor escuela retórica y técnica que pueda haber”. Una escuela que quizá no atraviesa su mejor momento pero que, pese a todo, sigue gozando como el primer día: “No quiero dejarlo nunca, lo que sucede es que posiblemente el trabajo se acabe en algún momento, ya no estoy seguro de que pueda seguir viviendo de esto toda mi vida, firmaría si me quedara como estoy”.