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En busca del fotógrafo perdido

Cuarto día del director español en Toronto

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Con esto del blog ayer se me hizo un poco tarde, así que hoy me ha costado salir de la cama. A las ocho suena el despertador, y hasta media hora después no soy capaz de levantarme. Me pego una ducha rápida y bajo al lobby corriendo. A las nueve tengo una entrevista con un periodista español. Termino con la sensación de que todo lo que he dicho puede ser utilizado en mi contra. Me encomiendo a todos los santos y cruzo los dedos. Lo malo es que no soy creyente. A las nueve y media marcho al apartamento donde me espera la jefa de prensa para hacerme unas fotos. El fotógrafo no aparece y empiezo a esperar... a esperar... a esperar.

A las once de la mañana la jefa de prensa ya ha enviado 25 mails y realizado quince llamadas para localizar al fotógrafo. Pero su móvil está desconectado y en su agencia le confiesan que empiezan a estar preocupados por su integridad física. 'Nunca ha pasado esto', nos dicen. Además, no tienen otro fotógrafo disponible. Empiezo a pensar que Canadá es un lugar muy peligroso, uno de los más inseguros de todo el planeta... Tengo una cita a las doce. Como no tengo teléfono no puedo irme y esperar a que me avisen. Así que tengo que marcharme, hacer lo que tengo que hacer y volver inmediatamente. Por la calle me fijo en cada sujeto que veo portando una bolsa lo suficientemente grande para cargar una cámara. Por unos instantes tengo la impresión de que me he cruzado con uno que es él. Pero me siento ridículo dándome la vuelta y preguntándole. Mi inglés no da para tanta sutileza y no va a entender nada. Sigo mi camino. Si es él, que espere.

Llego al hotel. El lobby está a reventar. Definitivamente aquí los negocios, o lo que sean, se hacen en los pasillos. Toronto es un mundo virtual. Lo físico no encaja en esta especie de velocidad a la que pretende ir el mundo moderno con las blackberrys, los facebooks, los mails... y cualquier aparato tecnológico que no lleve rabo. Me fijo en otro detalle increíble, hay atasco en el ascensor del hotel. Si dejas pasar a los demás amablemente te quedas el último y ya no cabes.

Convertirme en un cineasta atrapado en un bucle espacio temporal tratando de coger un ascensor no es lo mío, así que cuando se abren las puertas, cierro los ojos y me lanzo al interior. Dentro, se está calentito. Mira qué bien... Abro los ojos y miro a mi alrededor. Veo caras de agobio. Todo el mundo parece llegar tarde. Reflexiono por unos segundos sobre algo que un amigo me dijo hace tiempo: 'Los móviles sirven para no quedar, para posponer indefinidamente lo que podríamos hacer ahora'. Tiene razón, las leyes físicas no están hechas para el mundo moderno y virtual. Habría que derogarlas. Llego a la cita y me disculpo por el pequeño retraso. Hablamos de todo un poco sobre la película. Nos despedimos. 'Estamos en contacto', me dicen. Siempre el mundo virtual. Siempre la posibilidad de posponer las decisiones.

Vuelvo corriendo al apartamento pensando que tenía que haber seguido al hombre de la bolsa que pensé que era el fotógrafo. Pero llego y compruebo que mis presentimientos son producto del delirio y el deseo. El fotógrafo sigue sin aparecer. La jefa de prensa empieza a movilizarse. Ha llegado la hora de recurrir a ese talento español tan valorado en el mundo que se llama improvisación. Nos tiramos a la calle a buscar un fotógrafo. Ella delante y yo, como fiel cachorrito, detrás. Llegamos al hotel y en el lobby asalta al primer fotógrafo con el que nos cruzamos. Trata de convencerlo para que me haga unas fotos, pero no puede.

Por momentos empiezo a sentirme mal, como un desalmado que se vende por una fotografía mientras el pobre trabajador de las artes gráficas reproductivas que iba a ganarse el pan de sus hijos con el trabajo de hoy está siendo secuestrado y torturado en algún lugar de Toronto. Soy un director narcisista buscando una foto, qué horror!! Por fin, la jefa de prensa consigue convencer a otro, pero no puede desplazarse hasta el lugar donde queríamos hacer las instantáneas. A esas alturas menos da un tomate. Hacemos unas fotos contra un fondo neutro de una pared de una habitación del hotel y nos marchamos contentos por el deber cumplido.

Pero entonces... aparece ÉL... con su aroma de hombre. Es un tipo bien alto y corpulento que porta una extraordinaria cámara en la mano, una sonrisa resacosa y el don de la tranquilidad. Saluda. Le preguntamos dónde estaba y, sin inmutarse, explica que anoche estuvo con Woody Allen (supongo que se refiere a que estuvo en el pase de su peli) y que luego se fue liando y liando y se acostó a las cinco de la mañana y que, claro, como tenía el teléfono en silencio durante la proyección, se olvidó conectarlo por la noche y no lo escuchó por la mañana... Silencio entre la jefa de prensa y yo. El tipo parece, a pesar de todo, relajado. Confiesa que ha sido una suerte encontrarnos porque él es freelance y temía haber perdido el trabajo. Pausa. Corre un viento helado por el lobby del hotel... y yo siento un escalofrío en la médula espinal. Pienso que ya se me pasará.

Decidimos ponernos en marcha. De camino al apartamento el tipo nos cuenta que Woody Allen está hecho un carcamal y que parece un muñeco de cera. Son casi las dos de la tarde y nosotros tenemos una comida, de la que somos anfitriones, en media hora. Trato de no entrar en ningún tipo de debate no vaya a ser que se líe. De repente me pregunta por cómo está la cosa en España. '¿Qué tal con la crisis, os ha afectado mucho?' (Hay que decir que el tipo, por su acento, parece argentino, lo cual no quiere decir nada, sólo que él y yo podemos mantener una conversación fluida sin tener que recurrir a mi inglés macarrónico).

Le contesto que sí, que la crisis nos ha afectado mucho, secamente. Me dice que aquí, en Canadá, aunque se diga lo contrario, también. Afirma que ahora hay mucho menos trabajo... Me callo. El tipo sigue hablando y hablando. Parece que tiene ganas de conversación, ¡vaya por dios!... Me cuenta que el futuro está en Alaska, e intenta convencerme de que allí hay muchas posibilidades de curro, incluso para alguien como yo. Me intriga esa afirmación. Decido entrar en el debate. Le pregunto qué puede hacer un cineasta como yo, ya que me ha hecho la alusión, en un lugar como Alaska. Me contesta que puedo hacer documentales sobre el deshielo y la flora y fauna del lugar... Silencio. '¿De qué va tu película?', me suelta a bocajarro. Lo miro. Pausa... No contesto. Tengo dignidad.

Llegamos al apartamento y saca sus cosas. Prepara su cámara tranquilamente y pide un refresco que no sea agua. Tiene mucha sed, afirma. La jefa de prensa y la directora de producción se hacen las despistadas. No me extraña. Le insisto en que yo tengo mucha prisa, porque hay una comida de la que somos anfitriones y a la que no podemos llegar tarde. El tipo pregunta dónde... ¿En serio está dispuesto a apuntarse?, me pregunto fascinado. Silencio. Mejor no contestar, no vaya a ser que sí. Hacemos, por fin, las fotos. El tipo me dice: 'Sonríe... sonríe más'... y yo, la verdad, empiezo a pensar que en realidad todo esto tiene cierta gracia, que la farándula de los festivales nos lleva a cosas ridículas y que, al fin y al cabo, no ha pasado nada importante que no se haya podido solucionar . No... si al final me va a caer hasta bien.... Prefiero no pensarlo demasiado no vaya a ser que sí. Nos despedimos. Creo que él se marcha con la sensación de que para él ha sido un día con suerte.

Llegamos al lugar de la comida y no hay nadie. Me entra un poco de paranoia de que este día se vaya a convertir en un agujero negro, pero poco a poco todos van llegando. Se trata de una comida entre españoles. Nuestros agentes de venta traen a una invitada, una española que ahora trabaja en Alemania en una compañía de compras, que resulta muy simpática. Promete ver pronto la peli. Charlamos de todo un poco. De otras pelis, de Toronto... Poco a poco, las cervezas, el vino y el idioma nos van relajando y la comida se convierte en un encuentro muy agradable. Estamos en la terraza, pero no nos dejan fumar. Uno de los españoles, un periodista que lleva 15 años viviendo en Toronto, nos cuenta que está prohibido fumar a menos de diez metros de un recinto donde haya público. Como buen fumador, me quedo espantado.

Después de comer tengo una cita con un programador de un festival. Parece que le ha gustado la película. Yo no lo conozco, pero tenemos un amigo en común. La jefa de prensa le envía un sms para saber dónde está, como si ése fuera mi teléfono. Nos dice que está en su cuarto viendo la final del master que juega Nadal. Me pide que suba. Como voy con mi agente de ventas de la peli y con la jefa de prensa y la directora de producción subimos los cuatro. Da un poco de corte, pero queremos saludar y quedar para luego si ahora está liado. Tocamos a la puerta y abre. Se sorprende al ver a tanta gente, pero saluda muy simpático.

Nos invita a pasar, pero sólo nos quedamos el agente y yo. Las chicas se van, no cabemos tantos. Al fondo, Nadal golpea la pelota (es decir, en la retransmisión de la tele). Parece que va ganando. Mientras vemos el partido hablamos un poco de La mitad de Óscar. El tipo es muy simpático. Suena raro charlar de dónde podemos colocar la película mientras vemos jugar a Nadal y a Djokovic. Pero, en el fondo, es de lo más natural. Quiere ayudarnos y ver el partido al mismo tiempo. ¿Por qué no?, pienso. Al rato le pregunto por su afición a Nadal. 'Es un genio', me contesta, 'y yo soy su fan desde que jugaba de jovencito. Cada día es mejor'. Miramos un rato de tenis. Lo miro de reojo y recuerdo algo que pienso: 'uno puede fiarse de un tipo al que le gustan los deportes'.

Al cabo de un rato, mi agente y yo bajamos a la calle. Nos despedimos. Quedamos en vernos luego en una fiesta del cine colombiano. Aunque me da tiempo para escaparme para ir a ver una peli decido que me apetece relajarme, fumar en la terraza del apartamento y aprovechar para escribir este blog. Me muero de ganas por describir a mi nuevo amigo: el fotógrafo.