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El cantante de la voz de monstruo es inmortal

El nuevo disco de Tom Waits recupera el lado más accesible y contagioso del autor con colaboradores como Keith Richards

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La protagonista de la canción número 11 del nuevo disco de Tom Waits es una hoja de árbol, colgando en soledad de una rama mientras contempla cómo el otoño ya se ha llevado todas las demás. Al principio parece un lamento, una declaración de última voluntad para implorar al viento y a la nieve que la arranquen también a ella del árbol y, sobre todo, de una amenazadora soledad. Pero luego te das cuenta de que la hoja no tiene ningún miedo, que lleva ahí desde siempre, que no hay nada en el mundo que no haya visto y que incluso presume de haber sobrevivido a Eisenhower (fino, el humor de Waits). 'Si alguien corta este árbol, resucitaré en una canción', canta en el verso final de Last leaf, que llega además en los últimos minutos del álbum, y entonces es inevitable pensar que el cantante de la voz de monstruo está hablando de él mismo: no sólo sigue vivo, sino que si alguien le descoyunta de esta tierra, pretende quedarse, por los siglos de los siglos, en sus canciones.

Por eso se empeña en hacerlas tan bien, tan suyas, tan vivas. Su carrera es un crescendo: no se le conocen traspiés ni temporadas oscuras, como ocurre con casi todos los grandes. Puede que su esperada gira por España en 2009 (la primera visita a la Península), dejara un gusto agridulce: eran las primeras fechas del tour y el repertorio no estaba afinado. Sin embargo, hubo una generalizada muestra de comprensión por el ansia de ver en directo a esta pieza clave del engranaje de la música popular de los últimos 35 años.

Es heredero de sus clásicos de los ochenta, con baladas pastoriles y rock paleolítico

El gran salto lo dio en 1983 con Swordfishtrombones, un disco que sonaba como si una máquina de picar piedra se aplicara al rock y al blues y luego Waits reuniera los pedazos a puntapiés, berreando y levantado polvo. Baterías sonando a llanta, saxos ruidosos, marimbas misteriosas, guitarras como navajas y la voz de una bestia enamorada. Pilló despistados a casi todos: Bob Dylan y Lou Reed fabricando discos menores, Bruce Springsteen y David Bowie llenando estadios... Tom Waits se reinventó inesperadamente con un lenguaje crudo, salvaje y ardoroso que le ha acompañado hasta este Bad as me.

Si no fuera porque todas las canciones son nuevas, el disco que Tom Waits publica mañana podría pasar por un grandes éxitos. Su primer trabajo con canciones originales en siete años tiene poco que ver con el rugoso Real gone (2004), donde el concepto de canción se retorcía, difuminando las melodías y experimentando con ritmos hipnóticos y agrestes. Si escuchar Real gone era como ir a la guerra, Bad as me es un tratado de paz. Sin ser un paseo en barca, el álbum es mucho más accesible, heredero directo de sus clásicos de mediados de los ochenta, con canciones de tres minutos, varias baladas pastoriles al arrullo de cálidas melodías e intensas descargas de rock y blues paleolítico.

Él, como de tantas otras cosas, le echa la culpa de esta contención experimental a su mujer, Kathleen Brennan, que le pidió que las canciones no superaran los tres minutos y que no fueran muchas. El rol de Brennan en la carrera del músico norteamericano sigue siendo importante. Tras casarse con ella a principios de los ochenta, Waits estabilizó su vida personal (antes había vivido una complicada y adictiva relación con la cantante Rickie Lee Jones) y desestabilizó su sonido, dando un arriesgado salto musical en el que Breenan puso la red.

'Las canciones son fáciles de construir; son del tamaño de una rosquilla', ha dicho Waits

De ella es la melodía de la desarmante Back in the crowd (Waits la encontró en una de las grabadoras de su mujer, según ha contado), una balada de fogata que estremece con un estribillo delicioso, un sonido terso de guitarra española y el colchón de una percusión mullida. El tema habla de una separación, de cuando una relación se agota y hay que establecer los términos de la rendición. 'Te devuelvo tu nombre, / te devuelvo estas alas, / quita mi foto del portarretratos / y vuelve a ponerme entre la multitud', canta Waits con humilde y amildonada sensibilidad.

No es la única canción del disco que juega con la idea de llegar al final de algo. Face to the highway, un blues misterioso con ambiente de pantano, guitarras llorosas y campanas solitarias, describe la huida de un hombre abocado a una vida solitaria; la tonada de aires navideños Pay me se ancla en la idea de que 'todas las carreteras conducen al fin del mundo', mientras Satisfied, un explícito homenaje a los Rolling Stones con Keith Richards a la guitarra, es una declaración de intenciones sobre colmar todos los deseos antes de morir.

Es un disco de canciones que contagian y que piden ser escuchadas una y otra vez. Waits es un maestro en el arte de fabricarlas. Como comentaba a la web de Pitchfork esta semana, en una de las pocas entrevistas que ha concedido, hacer canciones es 'bastante fácil'. 'Son pequeñas, moldeables, del tamaño de una rosquilla. Son fáciles de construir. Las películas te abruman con su magnitud y envergadura. En comparación, muchos cineastas desearían escribir canciones porque puedes hacerlo mientras te cortas el pelo', sentenció, antes de revelar que él también compone mientras conduce (e incluso que coge el coche para hacer canciones).

En Bad as me, Waits no se domestica. Los momentos más frenéticos del álbum muestran a un artista que, a los 61 años, todavía es capaz de realizar interpretaciones bestias y desquiciantes. La inicial Chicago, también con Richards a la guitarra (y por supuesto los impagables acompañamientos de Marc Ribot), la atmósfera sórdida de Raised right men (con Flea, de Red Hot Chili Peppers), el rock and roll esquizofrénico de Get lost y la proclama antibélica Hell broke luce (con unas inquietantes guitarras marciales, sonidos de ametralladoras y bombas) elevan la tensión de un álbum que reclama su lugar entre los mejores de 2011, aunque su autor sea ya una leyenda.