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Caravaggio, Marlowe y Gesualdo: el tridente criminal del arte

Un curso en Madrid aborda las terribles y fecundas personalidades del pintor, el músico y el dramaturgo, así como el idilio que mantuvieron con la belleza y la inspiración a pesar de sus crímenes. 

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'Judit y Holofernes', de Caravaggio (1598)

Algo siniestro recorre las pinturas de Caravaggio, las armonías de Gesualdo y las tragedias de Marlowe. Algo que a buen seguro no sólo imaginaron o intuyeron, sino que también experimentaron. Los tres fueron coetáneos entre los siglos XVI y XVII, legaron su genio a la posteridad y coquetearon —cuando no se entregaron— a la fechoría y la criminalidad.

Tres vidas disolutas que serán analizadas desde este miércoles y hasta el 18 de abril en el curso Tres asesinos: Caravaggio, Marlowe y Gesualdo. La belleza del mal, que el músico Xavier Güell (Barcelona, 1956) dirigirá en la Casa de las Alhajas de la Fundación Montemadrid, en colaboración con La Casa Encendida.

"El arte no tiene moral, el arte es un reflejo del alma humana en todo su descarnamiento"

La belleza en estado puro que representó su arte se da de bruces con la malignidad de la que fueron capaces. La paradoja, de la mano de estos creadores, adopta dimensiones monumentales, convirtiendo sus vidas en auténticas odas a lo sublime. Si bien es cierto que corren malos tiempos para el malditismo en el arte —el puritanismo está acabando con todo lo que pervierta lo políticamente correcto—, esta trinca de creadores evidencian con su obra —y también con sus vidas— la complejidad del ser humano.

“El arte no tiene moral, no pretende lo bueno, el arte es un reflejo del alma humana en todo su descarnamiento. En ese sentido, lo que hace el artista es volcar en la obra toda la contradicción terrible que alberga en su alma”, explica a Público Güell, quien no duda en reivindicar la necesidad de discernir entre obra y autor: “Tenemos multitud de ejemplos de vidas que no fueron para nada ejemplares pero que nos dejaron una obra extraordinaria; hablo de gente como Wagner, Pound, Polanski o Allen”.

‘El Príncipe de las tinieblas’

El compositor descuartizador, Carlo Gesualdo

Así se le conocía a Carlo Gesualdo a principios del XVII. Sobra decir que se ganó a pulso el sobrenombre tras cometer el “crimen del siglo”, un acto de extrema crueldad y ensañamiento para con su esposa, María de Ávalos, y el amante de esta, el duque de Andría. Cuchilladas, disparos a bocajarro y un concienzudo descuartizamiento ulterior componen la sangría sin igual que tuvo a bien perpetrar el melómano Gesualdo.

Sus vinculaciones con el poder —era nieto del Papa Pío IV y sobrino de Carlos Borromeo, arzobispo de Nápoles— permitieron que se librara —a duras penas— del peso de la justicia, retirándose a su castillo para autoflagelarse el resto de sus días. “Este personaje, cuya vida palidece si la comparamos con la del Marqués de Sade, es el mismo que creó una obra radical en su modernidad, capaz de atentar contra los cánones de la época”, apunta Güell.

El Anticristo del arte

Caravaggio y su "impulsividad psicopática"

Caravaggio no se quedó atrás. Si bien no procedió con la saña de Gesualdo, su fama pendenciera corría por los mentideros a voz en grito. “No tuvo taller ni discípulos, apenas dibujaba, iba directamente al cuadro y el resultado era algo extraordinario. Hay un antes y un después de su obra. Pintores como La Tour, Ribera, Vermeer o Courbet no existirían, pero tampoco el cine tal y como lo entendemos. Su obra es como una flecha lanzada al futuro”.

“Caravaggio ha venido al mundo para destruir el arte”, dijo en su día el pintor francés Poussin cuando se acercó a la obra del artista lombardo por primera vez, a finales del siglo XVI. Pero se podría decir que no fue lo único que destruyó en sus 39 años de atribulada existencia. Según los historiadores el artista sufría de impulsividad psicopática, lo que le convertía en un ser colérico en cero coma. Algo que pudo testimoniar a buen seguro un tal Ranuccio Tomassoni tras una discusión mientras se enfrentaban durante una partido de pala a corda (la prehistoria del tenis) en la que había en juego la módica cantidad de diez escudos.

El agente doble

Christopher Marlowe, entre la pluma y la espada

Cuesta creer que el hombre cuya obra “marca el inicio del teatro moderno inglés”, como explica Güell, fuera también espía al servicio de Thomas Walsingham en una época de gran convulsión entre católicos y protestantes. Participó en un duelo —en el que murió William Bradley—, fue pendenciero toda su vida, irascible y ateo.
Marlowe compatibilizó sus andanzas al borde de la legalidad con una erudición notable —dominaba el latín y el griego— y un talento incontestable. De hecho, fue el creador de Fausto, mito que posteriormente seguirían Goethe, Bulgákov o Mann, entre otros, así como de multitud de obras cuya autoría —aducen los expertos— podrían haber pasado a la historia firmadas con el nombre de Shakespeare.