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A la caza del marcapáginas

J. LOSA

El ecosistema ferial es muy variado. Predomina el bibliófilo —sólo faltaría—, pero junto a él nos topamos con toda una legión de asiduos que se nutren directa o indirectamente del mundo del libro. Desde la señora que acude cada año a la feria para agasajar y hacerse un selfie con Rosa Montero, al señor que aborda a los escritores para hablar de su libro —eternamente inacabado y que está llamado a sacudir los cimientos de la literatura—. Así hasta llegar a los coleccionistas de marcapáginas, cuyo goteo incesante por las casetas ha llegado a sacar de quicio a más de un librero.

Los hay que fingen interés por alguna obra, la hojean, preguntan el precio y, en tiempo de descuento, marchan jubilosos con su presa. Los hay más explícitos, que no dudan en interpelar al sufrido librero por su objeto de deseo sin mediar saludo. A todos ellos les une una insaciable necesidad de agenciarse esas pequeñas cartulinas

Es el caso de Julia, profesora de secundaria de Lugo que atesora una colección que supera los 12.000 separadores y que, ni corta ni perezosa, se ha hecho 500 kilómetros para acudir a la Feria del Libro de Madrid y no precisamente para comprar un libro. 'Llevo 20 años coleccionando marcapáginas, es mi pasión, mis preferidos son los de museos y bibliotecas', comenta ufana. Sin embargo, y a la vista del fajo de separadores que sostiene en su mano izquierda, tampoco le hace ascos a los que dispensan las editoriales. 'He conseguido un centenar más o menos en una media hora', prosigue Julia, 'el resto los lleva mi marido Jesús aunque él nunca los pide, es muy tímido y no se atreve, ya me encargo yo'.

Los libreros se lo toman con paciencia. Jesús Egido, director y editor de Rey Lear Editores comenta que un coleccionista le ha estado llamando de forma insistente durante toda la semana para que le hiciera llegar varios de sus separadores. 'Recibo cantidad de emails e incluso sobres franqueados procedentes de diversos lugares, hay todo un mercado negro en torno a los separadores... si al menos les diera por comprarse un libro', protesta.

En la caseta-camarote que comparten cuatro editoriales pequeñas —Fulgencio Pimentel, La Uña Rota, Pepitas de Calabaza y Editorial Delirio— se lo toman con sentido del humor y reparten a diestro y siniestro sus estilosos marcapáginas sin oponer resistencia. 'No nos molesta, es una forma de que tu marca esté presente en otros lugares', explica Mario Pedrazuela, de La Uña Rota, tras surtir con media docena de sus cartulinas a una complacida Julia.

A pocos metros, Óscar Palmer, crítico y traductor de cómics, nos explica que ha decidido habilitar un espacio en su caseta —Astiberri y Es Pop Ediciones— para facilitarles el trabajo. Bajo el epígrafe con fondo amarillo: 'Si buscas marcapáginas. Están aquí', Óscar ha creado una suerte de santuario para estos ociosos recolectores. 'A veces, cuando ves que vienen exclusivamente a por su marcapáginas, dan ganas de decirles: ‘Oiga, que los libros tampoco están nada mal'', comenta con resignación.

Por último, los hay también que se niegan en redondo a satisfacer el ansia coleccionista de estos espontaneos. Miguel Ángel Arcas, editor de Cuadernos del Vigía, cuenta que un año decidió ponerles precio —apenas unos cinco céntimos la unidad— con la intención de disuadirlos un poco y que no se acercaran con tanta frecuencia. 'Cuando pasan por aquí los despedimos, no les interesan los libros, coleccionan marcapáginas como podrían coleccionar chapas o piedras negras', zanja Arcas.

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