Público
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Chalet independiente con piscina

Sillas de plástico rodeando la mesa, regadera dormida en el jardín, y Javi que marea varias briznas de hierba en la palma de su mano

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Sillas de plástico rodeando la mesa, regadera dormida en el jardín, y Javi que marea varias briznas de hierba en la palma de su mano. El niño vecino espía al otro lado del seto, procurando que no trasciendan ni su imagen ni su ruido. Javi se manchó las rodillas de barro, y no le remuerde el estado de sus pantalones beis. La madre, mientras, toma el sol: se incorpora cada 30 minutos, expulsa de la sombra bajo la tumbona al bote de crema, se embadurna de naranja y con deleite los brazos, las piernas, ignorando los codos y las durezas del talón, no vayan a retener el sol y se destaquen.

El niño vecino se decide a hablar y llama a su gata; repite Lisa, Lisa. Por las noches, Lisa trepa hasta el jardín de la casa de Javi el alambre vencido por el peso y mordisquea las pocas hortalizas que agarraron. Javi sabe, por su madre, que la tierra de la urbanización no es como la de la casa de los abuelos en el pueblo. Allí arrojaban las semillas sobre la tierra y al mes, dependiendo de la época, brotaban lechugas y violetas; aquí, y culpan a la gata del vecino, el suelo responde con matojos.

- ¿Has buscado entre las flores?

- ¡Sí, mamá! ¡Y Lisa no está ahí!

- ¿Preguntaste a Javi?

- ¡Pero si el tonto ese no me habla! ¡Seguro que me ha quitado la gata! ¿Dónde estás, Lisa?

La madre se incorpora: sus pupilas son chinchetas para Javi. Entre el castigo que intuye se cuelan el pelo cano de su padre, las cicatrices de sus manos y sus brazos tras las vacaciones con los abuelos; también su habitación del pueblo vacía, su habitación vacía en la ciudad, el eco al abrir la casa nueva, el nombre de Alfonso no el de su padre en el buzón.

- Qué has hecho, Javi. Qué has hecho ahora.

Rostro bajo las manos: contrariando lo que Javi supone, su madre no llora, sino que expulsa por la boca un huracán y esparce de este a oeste el caos. Los segundos confirman su sospecha: el niño vecino grita, la madre corre hacia él Javi lo deduce por los pasos, veloces y pesados uniéndose a su histeria. Javi sonríe, devuelve las briznas al césped, ya tumbado en el sofá analiza las molduras del techo, cruza los dedos para que la tarde refresque, se pregunta dónde olvidó ¿sobre la encimera, junto al paragüero? su ejército de plástico.

Demonio de niño el aliento de su madre rebota en su frente, el dedo corazón y el índice reprendiendo la mejilla de Javi. ¿Me oyes? El demonio mismísimo, en mal día no te ahogué en un cubo de agua, como a los perrillos.

- La gata se estaba cargando las flores justificó. Y a mí no me dejaba dormir. Yo duermo al lado del huerto. Todas las noches ahí, hurgando, la gata. Ves tú como junto a la piscina no se oye nada. Ni tú ni Alfonso os dais cuenta.

La madre marcha a la cocina; la piel dura y brillante, aún marcada por el bronceador. El silencio permite a Javi intuir sus gestos, cómo abre y cierra el frigorífico, el horno, el filo del metal contra la plancha de madera, de vez en cuando algún sollozo que el hijo achaca a la cebolla. Aunque Javi se aburre, no considera adecuado salir al jardín tras el descubrimiento del cadáver de la gata: es la primera vez que la cabeza se desprende tan fácil del cuerpo, que las tripas se desbordan con semejante limpieza. El yeso se le viene encima. El chirriar de la verja advierte a su madre, que abandona la vitrocerámica con precipitación.

- ¿Dónde vas?

- A la calle.

- ¿Con quién?

- Conmigo.

- Pero cómo vas a tener amigos, si los ahuyentas a todos ¿Te crees que puedes ir matando a los gatos, a los perros de aquí, y que los niños sigan hablándote? Cuando llegue septiembre y vayas al colegio, ¿qué vas a hacer? ¿Quién te va a hablar? ¿Quién va a querer juntarse contigo?

Javi se muerde los labios y corre calle arriba, dejando atrás al repelente dueño de Lisa que se negó a participar en el Universo en Peligro, la semana pasada, en la consulta del médico, al niño gordo cuyo perro también degolló, a la niña con gafas que aún encadena plegarias para que su caniche resucite. Matar es sencillo para Javi: se limita a recordar las enseñanzas de su padre, en el pueblo, cuando subía los puños de la camisa hasta el codo, y se teñía de sangre el antebrazo. Para matar un cerdo, y reaparece en la pocilga, maloliente, con los guantes de jardinería, acolchados, que las madres del chalet independiente con piscina utilizan para descabezar los rosales y adornar el salón, lo mejor es degollarlo, que se desangre, ¿ves, Javi? Al cuello, por mucho que chille, al cuello con el cuchillo. Después lo abres, le quitas las tripas, le sacas todo lo que tenga dentro, la caca, los bichos, y ya las mujeres se ocuparán del resto. Pero, sobre todo, Javi, nunca olvides que a los cerdos sólo se les mata degollándolos; si no, no se mueren ni a tiros. Recuerda Javi a su padre: en que dentro de cuatro, cinco días, Alfonso y su madre guardarán una maleta en el monovolumen y le acompañarán hasta la estación de autobuses; en que a las cuatro, cinco horas, se bajará en el pueblo de los abuelos, el río le mojará los pies, caminará con su padre del campo a la tasca, el mosto le mojará los labios.

- ¡Javi! ¡Para, Javi! ¡Párate ahí!

La línea blanca de la carretera guía a Javi, toma su mano, ampara la indiferencia del niño. Frena en seco. Si la sigo, salta la hipótesis, ¿volveré a casa, con papá, a la de la ciudad o a la del pueblo, con los abuelos? La voz de su madre, sin embargo, actúa como paso fronterizo.

- ¿Se puede saber qué haces?

Javi la observa en silencio. De su madre heredó el mentón puntiagudo, la negrura de los ojos, inapreciables en noche cerrada. De su padre evoca apenas unos cortes en las extremidades, transformados en arañazos con los meses. Y, asegura la madre, el espacio entre paleta y paleta, los rizos furiosos en el pelo.

- Mira, Javi, tú eres pequeño todavía, pero tienes que aprender que la vida sigue, que papá y yo ya no nos llevábamos bien, y que Alfonso es bueno. ¿No te gusta tu habitación? ¿No te lo pasas bien cuando jugáis al fútbol?

- Es que es viejo

- Puedes jugar con los niños de la urbanización. Seguro que son muy simpáticos. Pero no puedes portarte tan mal con ellos, porque te cogerán manía. ¿Tú quieres eso?

Miedo o frío en la columna vertebral. Javi se maldice, sin compartir la rabia con su madre, por haber actuado de forma tan precipitada.

- Que me dejes en paz y contesta a la cercanía de su madre con un manotazo en la cara, aún grasienta por el bronceador.

- Eres el mismísimo demonio la madre agarra el cuello; presiona sin temor.

- Suéltame gorjea Javi. Idiota ella sacude las palmas de las manos contra sus muslos. Imbécil.

Javi piensa en cerdos, en perros y gatos. Piensa en el calvo Alfonso imitando a los porteros de sus cromos, y piensa en su padre chistando a la abuela, cállate, te vaya a oír, cuando lamenta recibir sólo visitas de su nieto, y tan escasas. La madre duda si apartó la sartén. Huele a filete quemado.