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El Charco

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Sotanovsky se detuvo al borde del charco calculando si las fuerzas le alcanzarían para un salto limpio. Acaso fuera más prudente rodearlo y no arriesgar la poca dignidad que ese lunes le había dejado intacta. Dedujo que un charco, visto así, es como un mar observado desde el espacio. Y un mar es cosa seria.

Se preguntó por qué los charcos serán siempre turbios, algo que sin duda no contribuye a darles buena fama, y recordó que el candidato que había votado en las últimas elecciones llevaba en su programa una propuesta para hacer que nuestros charcos, verdadero patrimonio de la nación y símbolo inalterable de nuestro carácter emprendedor, dejaran de ser lagrimones de agua sucia, para tornarse en cristalinos ojos que reflejen progreso y muestren a cada ciudadano el paso decidido hacia el mañana. Pero la promesa seguía sin cumplirse.

Levantó un pie y en ese momento dudó sinceramente de que tal enunciado fuera correcto, porque bien podría pensarse que era el pie quien lo levantaba a él. (Sotanovsky era un ser racional los lunes, miércoles y viernes, del mismo modo que los martes y jueves era un espíritu difuso, y los sábados se permitía ser una zapatilla vieja pero indudablemente cómoda. Los domingos era sólo un suspiro sin motivos definidos.)

Ese día, que era lunes y frente a ese charco, Sotanovsky era un ser racional. No era cuestión de llegar y saltar, se dijo, porque si fallaba en el salto, su ego quedaría seriamente dañado. Y en ese instante el charco se le antojó una sonrisa perversa de la acera.

Se agachó a contemplar de cerca a su enemigo, y percibió que la superficie barrosa estaba surcada por unas mínimas olitas. Imaginó un transatlántico lujoso y vio en la cubierta a una mujer vestida de fiesta bailando con un hombre elegante, mientras la orquesta, dentro de una glorieta, tocaba una canción romántica y refinada. Reconoció en el gesto del hombre elegante cierto aire familiar pero mejorado. La mujer, aunque aguzó la vista, no era conocida, pero sus formas y el generoso escote eran para Sotanovsky la suma de muchas otras mujeres vistas desde lejos.

No tuvo dudas: era Ella.

Hubo en la cubierta cierta inquietud y la orquesta elevó la fuerza de su melodía antes de los acordes finales. Sota-novsky hubiera jurado que la espalda de la mujer denotaba cierta tensión, pero no ese anticipo de salto al placer que un momento antes dibujaba su cuerpo. También el hombre familiar se movía con envaramiento, como si temiera un golpe y no supiera de dónde vendría. Se hizo el silencio en la orquesta, pero un trompetista regordete arrancó con un estrepitoso ritmo que Sotanovsky reconoció de inmediato como el odioso Tico Tico al más impuro estilo Ray Connif.

El hombre pidió disculpas a la mujer, caminó hasta el trompetista y lo derribó de un golpe. La orquesta aplaudió a rabiar y la mujer le arrojó un beso. El hombre elegante cargó al trompetista sobre sus hombros y caminó hasta la borda. La orquesta atacó con un vals que, por suerte, no era de Strauss, y siguiendo el ritmo, el hombre balanceó el cuerpo del músico, hasta que al completar un compás y no sin gracia, lo dejó caer al agua. Se volvió hacia los demás e hizo una reverencia, y Sotanovsky lo admiró antes de reconocer en ese hombre al que el propio Sotanovsky soñaba ser cuando todavía sabía soñar y no dividía sus anhelos en frecuencias semanales.

La orquesta inició un bolero tan pegajoso que al hombre le costó trabajo volver a la pista de baile, pues sus zapatos se adherían en cada paso al suelo de la cubierta. La mujer se echó en sus brazos y le dio un largo beso, tan apasionado que el precario equilibrio de su vestido se rompió con un gemido y cayó a sus pies mientras los músicos, entre el pudor ante la escena y el temor a ser arrojados por la borda, se volvieron sin dejar de tocar el cálido bolero, lo que demandó un alto grado de habilidad por parte de algunos músicos, en especial el pianista. Las luces se atenuaron y Sotanovsky sintió un cosquilleo de excitación ante la escena que iba a tener lugar de inmediato. Un crujido siniestro cubrió la música y pudo ver que otro barco acababa de abordar al lujoso transatlántico. La mujer gritó al descubrir que se trataba de piratas malayos de la más fiera calaña, y sólo el pianista suspiró aliviado por abandonar su incómoda postura de tocar con las manos a la espalda. El capitán pirata se parecía al trompetista regordete, pensó Sotanovsky, pero enseguida adjudicó esa confusión a la escasa iluminación que no le impedía, sin embargo, distinguir los pezones sonrosados de la mujer. El hombre se batió a duelo con el capitán de los piratas, pero llevaba las de perder, ya que el sable que le entregaron era sensiblemente más corto que el del malayo. Sin embargo, luchó fieramente y con maestría, intercalando entre estocada y estocada inteligentes frases irónicas destinadas a minar la confianza del enemigo. El pirata hacía otro tanto, pero al hablar diferentes lenguas el asunto perdía interés.

La lucha se prolongaba y algunos piratas recordaban otros abordajes, mientras un grupo de músicos, encabezados por el pianista, reclamaba al director de la orquesta las preceptivas horas extraordinarias y un plus de peligrosidad por tocar en pleno ataque pirata.

La mujer, que al comienzo del lance emitía grititos de alarma cuando el malayo acorralaba al hombre, empezó a bostezar cada vez con menos disimulo, y aceptó reunirse con un hombre que la llamaba desde las sombras. Los piratas bebían y jugaban a los dados con algunos de los músicos, aunque un reducido grupo de esquiroles seguía tocando, y los demás yacían borrachos por la cubierta. Uno de ellos (Sotanovsky hubiera jurado que fue el pianista), hizo caer un candelabro en su embriaguez, y el fuego se extendió rápidamente. Los piratas se amontonaron junto a los músicos, pugnando unos y otros por llegar hasta el barco pirata, pero como las partidas de dados habían alcanzado un alto nivel en las apuestas, resultó que el pianista era el nuevo propietario de la nave y se negaba a dejar subir a toda esa gente sin acordar antes el precio del billete.

El hombre y el capitán pirata, entre tanto, seguían su duelo sobre un cable de acero, y como no recordaban frases ingeniosas, se limitaban a tararearlas con entonación sardónica. El pianista incendió el barco pirata, argumentando que antes que malvender su mercancía, prefería hacer uso de su derecho de propietario. Piratas y músicos corrieron hacia los botes salvavidas, para descubrir que habían sido inutilizados por la mujer y el hombre en las sombras, que se alejaban en el bote intacto. Desafiando la gravedad, el hombre elegante y el pirata proseguían su duelo en el palo mayor y sólo un descuido del bandido malayo lo perdió, al cambiar las frases tarareadas por tonadas populares, con tal mala suerte que la primera que escogió fue el Tico Tico. El hombre elegante dio un séxtuple salto mortal y al caer atravesó al pirata con su corta espada. Las llamas lo devoraban todo y músicos y piratas se ahogaban cada uno con su grupo, por aquello de mantener las distancias. En ese momento el hombre elegante vio el bote salvavidas iluminado por un rayo de luna y en él, besándose y a punto de consumar un acto de asquerosa lujuria, a la mujer completamente desnuda, abrazando al hombre de las sombras, que resultó ser el trompetista regordete. Desesperado, saltó a cubierta y les arrojó el piano de cola tras bajar la tapa para tornarlo más aerodinámico. El instrumento dio de lleno en el bote, pero lejos de evitar la horrible acción de la pareja de traidores, el peso los unió con más fuerza y más ruido; y unidos en esa impura posición los llevó al fondo del mar. El hombre elegante murmuró unas palabras mientras el transatlántico también se hundía, y cuando sólo asomaba en la superficie su cabeza familiar, dijo 'mierda' y desapareció.

Sotanovsky sacudió la cabeza, pensando que debía controlarse, ya que era lunes y que, como ser racional, mal podía permitirse esas extravagancias. Se puso de pie con un crujir de rodillas, tomó impulso y saltó el charco.

Sólo le faltó un poco para llegar a la otra orilla.

Se fue hundiendo lentamente mientras murmuraba unas palabras, y cuando sólo asomaba su cabeza, dijo 'mierda' y desapareció.

Los círculos del agua en la superficie del charco se fueron cerrando y pronto todo fue otra vez una multitud de minúsculas olitas.

Por la calle pasó un coche desvencijado, con la radio a todo volumen.

Era Ray Connif, interpretando el Tico Tico.