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Chimo Bayo: “Quien no haya desfasado no es de fiar”

El mítico 'deejay' de la Ruta del Bakalao presenta, junto a la periodista Emma Zafón, No iba a salir y me lié, novela a medio camino entre la nostalgia y desfase psicotrópico.

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Chimo Bayo antes de la entrevista.- JAIRO VARGAS

Hubo un tiempo, hace no mucho, en el que Chimo Bayo moría casi cada semana. La muchachada levantina le idolatraba de tal forma que se entregaba a todo tipo de leyendas urbanas a cual más infundada. La rumorología era tal que llegó a preocupar al propio damnificado. “La gente venía al Arsenal [uno de los baluartes de la llamada Ruta del Bakalao] para ver si estaba vivo o no. Me mataron de sobredosis, de accidente de coche, de infarto, de coma etílico y hasta de golpe de calor. La última fue hace cuatro años, cuando me mataron en la Wikipedia y tuve que hacerme una foto sosteniendo un periódico como los secuestrados”, comenta ufano.

Gerifalte de la Ruta del Bakalao, autor de himnos generacionales como Bombas, Química o la archiconocida Así me gusta a mí–que incluye evocadores estribillos del tipo: Que tun pan pan que tun pan que tepe tepe/ Pan pan pan que tun pan que pin–, el bueno de Chimo Bayo, genio y figura, anda presentando No iba a salir y me lié (Roca editorial), semblanza ficcionada de un tiempo que ya no es, pero que ha tenido a bien revivir en esta novela que desmenuza ante la prensa –chupito de whisky mediante– y que define, grosso modo, como “una novela histórica de ficción estilo Código da Vinci pero en la que todos terminan desfasando”. Un desfase controlado no se vayan a creer, cuya moraleja el deejay sitúa en “la búsqueda constante de una felicidad inalcanzable pero que el simple hecho de intentar alcanzarla ya es parte de la felicidad”. Dicho de otro modo, los personajes de su novela se ponen como las grecas para revivir un tiempo que creen recordar dichoso.

En ese viaje en el tiempo le ha ayudado Emma Zafón, joven periodista que ha empalabrado junto a Bayo un sinfín de anécdotas sintéticas a medio camino entre la nostalgia, la tragicomedia y el delirio, todo ello convenientemente sazonado con pirulas variadas, tripis y LSD. “Ojo –se pone serio el deejay– no pretendemos con esta novela recomendar a nadie a que se ponga hasta el culo, no se trata de eso, debe quedar claro que lo que queríamos era homenajear a los que en su día vivieron aquello y, de paso, lanzar un mensaje positivo de que nunca es tarde para tratar de ser feliz”. Matizado queda; la ansiada búsqueda de la felicidad. “Aunque yo, sinceramente, creo que quien no haya desfasado alguna vez no es de fiar”, apostilla.

"Cuando la gente salía se pegaba fuego a sí misma"

Sea como fuere, y si obviamos la vertiente psicotrópica del asunto, esta novela rezuma hedonismo y añoranza. Eclosión juvenil para unos, panda de descerebrados puestos hasta las trancas para otros, la Ruta del Bakalao, también conocida como Ruta destroy, marcó un hito en la cultura clubbing de nuestro país, y lo hizo en apenas 30 kilómetros, una desenfrenada romería por la carretera de El Saler (CV-500) que hacía escala en salas como Barraca, Spook, Chocolate, Espiral, Puzzle o ACTV, y sus correspondientes descampados aledaños donde, por lo general, tenía lugar el avituallamiento de rigor y las transacciones pertinentes. “Hubo un cierto cambio de chip entre los jóvenes valencianos; pasaron de trabajar toda su vida para ahorrar como hicieron sus padres a trabajar toda la semana para divertirse como locos cada fin de semana”, explica Zafón.

El caloret faller

La idiosincrasia valenciana tuvo también algo que ver. Así lo atestigua el famoso deejay: “Es típico valenciano hacer monumentos muy chulos y pegarles fuego, trabajar durante un año para algo y luego prenderle fuego, es como la ruta de la autodestrucción para volver a renacer como el ave fénix. Cuando la gente salía se pegaba fuego a sí misma”, sentencia. Cuando esa inmolación de la que habla Bayo se convirtió en masiva comenzó a preocupar a las autoridades, lo que supuso el declive de la ruta.

Lejos de recibir los beneplácitos de la prensa y la clase política, algo con lo que sí contó la Movida madrileña, celebrada y reivindicada hasta lo obsceno, la Ruta cayó en el olvido y si volvía a la palestra era para ridiculizarla con vehemencia. El motivo de esta diferencia de trato Bayo lo tiene claro: “La ruta englobaba a todo el mundo, era un movimiento abierto que busca el disfrute de las clases medias y trabajadoras, en cambio la movida fue un poco más elitista”.