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Cine de todos los colores

En Toronto hay espacio para películas de cualquier parte de Norteamérica

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Montarse en un festival de cine es como subirse a un globo. De repente se hace una burbuja y cualquier cosa parece posible. No sabes a qué hora ni en qué día estás. Las salas de cine, las reuniones en los pasillos y las calles adyacentes por las que caminan directores angustiados y periodistas catatónicos se van transformando poco a poco en una especie de limbo donde empieza a reinar el desconcierto.

Cuando llevas tres días en un festival piensas que has nacido en él y que caminar con una acreditación que lleva tu nombre colgada al cuello es de lo más normal. Como si fuéramos mascotas. La mía podría poner: 'Bobby', la de Winterbottom: 'Scoopy'. Además, el cambio horario no ayuda mucho. Si me pongo a calcular cuanto tiempo al día me paso calculando qué hora será en España, tendría que calcular cuanto tiempo pierdo calculándolo... . ¿Y para qué?... No lo sé.

Un ejemplo: hoy he hecho mi primera entrevista para un medio español a las doce de la noche. El periodista tenía los ojos desorbitados y una expresión que me ha dado pena. O hacíamos la entrevista a esa hora o no le cuadraba en su planilla de trabajo. La segunda ha sido a las cinco y veinte de la madrugada. Era para la radio, en directo, y yo me he levantado a las cuatro y media de la madrugada para sentarme al lado del teléfono porque tenía pesadillas pensando que me iba a quedar dormido o que iba a bostezar entre pregunta y respuesta. La tercera entrevista ha sido a las diez de la mañana, hora noble donde las haya. Pero he acabado con la sensación de que el día había terminado. Y acabada de empezar. Eran las once de la mañana.

Hoy me he escapado a ver cine y creo que empiezo a entender cómo funciona esto. Para hacer negocios, o hablar de ellos, lo importante son los pasillos y los teléfonos. La energía del lobby del hotel es impresionante. Parece la previa de un sorteo de lotería de navidad. Quien tiene más agenda y contactos compra más boletos, así de simple. Con todo, los pequeños soñamos con que puede tocar nuestro número y los grandes tratan de comprar todos los boletos para estar seguros de que les toca a ellos.

El festival tiene una enorme cantidad de películas y las salas están llenas desde las nueve de la mañana hasta las once de la noche. Todo tipo de películas, y eso es lo más sorprendente. Veo películas arriesgadas, difíciles, y compradores y vendedores que se dedican a trabajar con ellas. Desde nuestro país se piensa muchas veces que lo norteamericano es sinónimo de Hollywood, pero aquí hay sitio para muchas más cosas. A veces pienso que los que sermonean desde provincias sobre el cine norteamericano se hacen más papistas que el Papa. Así que me reconcilia ver que este festival apuesta también por el riesgo, al lado de los productos más comerciales. Y lo hace de una forma inteligente.

La sección oficial está etiquetada. No están en el mismo casillero la película de Robert Redford que la última joya de Uruguay o de Ohio. Cada uno tiene su lugar, pero todos en el mismo nivel, todos somos sección oficial. Los compradores, los periodistas y el público saben que cuando van a ver una película de 'Discovery' no van a encontrar lo mismo que cuando van a una de 'Gala'. Y no existe el desprecio.

Además, se siente una defensa del cine canadiense muy fuerte, porque es el suyo, y tienen sesiones especiales y secciones para él. Son conscientes de que el festival no sólo sirve para dar a conocer el cine de los demás sino para enseñar el propio. Sinceramente, se me abren las carnes pensando en la situación que vivimos en España, donde nuestro cine está desprestigiado de una forma categórica. Una gran cantidad de gente habla del cine español con asco. Y se desgarran las vestiduras como si fuera la cultura la que estuviera hundiendo el país; y nos los especuladores, los corruptos y los ejecutivos sin escrúpulos.

Somos un país que ha derrochado dinero a espuertas en las últimas décadas en aberraciones de todo tipo pero que insulta a la gente de la cultura porque recibe subvenciones. Somos un país que piensa que o su cine compite con Spilberg o es una mierda. Por suerte, un festival como este me reconcilia con esta industria. Hay ocho películas españolas en este festival, muy diferentes entre sí todas ellas. Es nuestro cine, y me siento orgulloso de pertenecer a él.

Son las doce de la noche. Ha sido un día largo. Vuelvo para el hotel en taxi porque tengo que escribir este blog. Vengo de la fiesta de nuestros agentes de ventas. Una fiesta pequeña, casi familiar. Desde el taxi veo otras fiestas de compañías mucho más fuertes. Tendrán más dinero y más copas gratis... pero yo me siento feliz y tranquilo. Sé que cada cosa tiene su lugar.