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Cinta histórica y comprometida

Paisito revisa la tortura y el crimen en el Uruguay de los 70

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Parece que, con el tiempo, la funesta Operación Cóndor se está convirtiendo en material de primera para el cine negro sudamericano. La muy destacable Cordero de Dios (Lucía Cedrón), o la estupenda El secreto de sus ojos (Juan José Campanella), comparten con Paisito un cierto suspense, de preguntas que han estado sin respuesta durante 20 años y que sólo ahora, pasado el peor de los horrores: el que nace del miedo, pueden volver a plantearse. Son cine negro por su estructura, por sus personajes directamente salidos del mundo de los gángsters, por las medallas de latón que lucen en la pechera; pero también lo son por su fondo, porque nada puede haber más negro que la tortura y el crimen. Ningún otro género se encuentra tan politizado como el negro, utilizado en infinidad de ocasiones para poner el dedo en la llaga de la injusticia social. Sin moralinas, sin acritud, a Paisito le vasta con acariciar las profundas cicatrices de un tiempo que no cree que haya que olvidar.

Paisito ganó el III Premio Julio Alejandro de la Fundación Autor al Mejor Guión. Sin embargo, mucho sospechamos que, para hacerlo, debió modificar, no sustancialmente, pero sí decisivamente la idea original. Convertido en el flashback de dos adultos (Pauls y Botto) reencontrados por el destino en Navarra después de un turbio suceso acontecido en el Uruguay de los tupumaros cuando eran niños, sus encuentros son, sin duda, lo más flojo de una película, por otra parte, realmente emotiva.