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La comedia democrática no rompió con el landismo

Un libro compara los sainetes sexuales del franquismo con el cine actual.

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Un ginecólogo con poco trabajo debido al exceso de celo de los maridos de sus clientas decide imitar a su vecino, un modisto que triunfa porque parece homosexual. La película se llamó No desearás al vecino del quinto (Ramón Fernández, 1970) y Alfredo Landa bordaba su clásico papel de macho al que se le iba la fuerza sexual por la boca. 4,3 millones de espectadores pasaron por taquilla (más de los que verían Mar adentro muchos años después).

Que la comedia española de esa época arrasaba no es noticia. Que las historias protagonizadas por Landa, López Vázquez y Ozores son vistas ahora como subproductos retrógrados del desarrollismo franquista, tampoco. Lo que no sabíamos es que las comedias de la democracia, esas que supuestamente sustituyeron la caspa por la modernidad de las nuevas costumbres, también son hijas del landismo. Sí, han leído bien.

O al menos esa es la tesis desarrollada por el dramaturgo y guionista Álvaro del Amo (Madrid, 1942 ) en La comedia cinematográfica en España (Alianza, 2009), versión corregida y aumentada de un estudio publicado originalmente en 1975 en la revista Cuadernos para el diálogo. 'Las comedias de éxito de esos años eran muy parecidas y respondían al mismo esquema. Eso me llevó a analizar sus estructuras, los motivos y los temas, sin entrar en juicios de valor', dice.

La sorpresa surgió cuando incluyó en su análisis las comedias contemporáneas y comprobó que 'no había habido ruptura, sino continuidad', que 'los cambios no habían llegado a alterar una expresión que era la exacerbada consecuencia del paisaje descrito durante el franquismo' y que 'los setenta no pertenecían a un tiempo histórico superado'. Algo olía a podrido en la comedia democrática.

'Me sorprendió encontrar tantas similitudes. Los filmes no eran mucho más vulgares antes que ahora. Es cierto que ha habido una puesta al día, pero el esquema, el estilo y lo que preocupa a sus protagonistas es similar'. Y entre esas preocupaciones está la obsesión sexual del varón, que 'sigue ahí' aunque con una curiosa diferencia: 'Antes no obtenían ninguna gratificación sexual. Y ahora, pese a que ligan mucho más, siguen obsesionados con el sexo, que parece ser su única preocupación'.

Y es que hay cosas que nunca cambian. Nuestras comedias se siguen nutriendo de la tradición del 'sainete costumbrista' y 'su versión vulgar: la astracanada', cuenta Del Amo. 'El cine español se ha basado siempre en este realismo de zarzuela y revista con chistes más o menos procaces. El cine francés, por ejemplo, hunde sus raíces en el teatro y la literatura'. Las consecuencias de esta dependencia del sainete costumbrista se pagan en forma de personajes presos del arquetipo. 'En nuestras comedias no hay personajes; es decir, roles con hondura psicológica. Porque, al igual que ocurría con el sainete, estos filmes se nutren de estereotipos. Antes estaban el hombre simpático, la chacha dicharachera o el gallego. Y ahora hay una puesta al día de estos tipos reconocibles: el tímido, el malhumorado o el salido pueblan nuestras pantallas', dice.

El problema de las comedias contemporáneas es, por tanto, que pese a que sus personajes 'hablan sin parar' no conocemos sus motivaciones debido a la dictadura del vodevil. 'Un hombre se lía con la mujer de su mejor amigo y la cosa se desmadra. Vale. Pero lo que no se aclara nunca es por qué tiene una aventura, cuál es el origen de su malestar o qué carencias cubre su nueva pareja', zanja.