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La otra conquista de América

Una exposición explora el monumental trasvase artístico entre Europa y el Nuevo Mundo entre los siglos XVI y XVIII

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Cortés y Pizarro hicieron tan bien el trabajo sucio de arrasar civilizaciones que luego la limpieza se prolongó durante décadas. Bien entrado el siglo XVII, Zurbarán pintaba vírgenes a un ritmo meteórico en su taller de Sevilla. Cada día salía un barco con destino a las Indias cargado de cuadros, tallas y biombos con imágenes de santos, cristos crucificados, apariciones de ángeles o bautismos. Los dioses indígenas habían muerto y había que sustituirlos rápidamente por otros. En esos barcos, un auténtico puente marítimo entre el reino de España y el virreinato de Nueva España, también viajaban artistas, nobles y frailes que se asentaron en el Nuevo Mundo y ayudaron sobre el terreno a la importación de arte al servicio del imperio.

'Había que desmantelar las culturas nativas, pese a toda su brillantez, y reemplazarlas por obras que promovieran la religión católica', se explica en la exposición Pintura de los reinos. Indetidades compartidas en el mundo hispánico, una vasta muestra dividida entre el Palacio Real del Madrid y el Museo del Prado que analiza el monumental trasvase artístico que prosiguió a la conquista de América.

Jonathan Brown, comisario de la exposición, habla de ella como la primera muestra global de arte español: 'Se suele hablar de la escuela francesa, la escuela española o la escuela italiana, pero nosotros trabajamos con otros conceptos a priori, con un campo de cultura que no se corresponde con las fronteras actuales, sino con las de la monarquía española en aquella época'.

Hablamos de un circuito del arte que iba de Amberes a Potosí y tenía en Sevilla su principal centro neurálgico, donde se recibían las corrientes artísticas de Flandes, Nápoles e incluso el extremo oriente, gracias a las posesiones en Filipinas. 'Ejemplos de esta transferencia son los biombos, que no existían en España', subrayó Brown.

Pintura de los reinos reúne obras distribuidas por nueve países distintos y recibidas desde más de 40 colecciones. 'La producción ha sido especialmente dificultosa, ya que muchas de estas obras estaban en conventos o iglesias, donde no están acostumbrados a la circulación de los cuadros. Es más, el cuadro en estos casos no es una obra de arte, sino quién hace los milagros', explicó Cándida Fernández, directora general de este proyecto expositivo que se ha prolongado durante diez años e incluye un estudio analítico de cuatro tomos.

Dividida en tres partes, la primera se centra en la creación pictórica que se da en suelo español (Berruguete, Juan de Juanes, Zurbarán), fertilizada por la influencia de los pintores flamencos e italianos. La segunda sección se ocupa de los maestros europeos que desarrollaron su carrera pictórica en la Nueva España, como Angelino Medoro y Andrés de la Concha. Por último, la sección más amplia se dedica a explorar las coincidencias entre artistas ya nacidos en América (la pintura novohispana) y los europeos, donde se evidencian las 'variedades locales' que van surgiendo en Nueva España.

'El enfoque de los novohispánicos de la forma humana es distinto, hay una tendencia a abreviar las formas y hay menos interés en la perspectiva, todo ocurre en primer plano. Por otro lado, prácticamente no hay desnudos y se constata un énfasis en la temática religiosa. Por ejemplo, hay obras donde la Virgen aparece protegiendo a Pizarro contra un ataque', precisó el comisario Jonathan Brown.

El dictado era claro: había que fundar sociedades sobre la corona y la cruz. Los indios asimilaron la cultura en Nueva España hasta el punto de ser imposible distinguir entre la obra de un indígena y un criollo. Quizás la obra más simbólica de la exposición, que no la de mayor calidad, sea la anónima Unión de la descendencia imperial incaica con la casa de los Loyola y Borja, donde se inmortaliza la unión de la nobleza española y la inca, o lo que es lo mismo, el final de la violencia.