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Así contó EEUU la tragedia del 11 de septiembre

El libro 'Nueva York, 8.45 a.m.' Recoge los artículos que aparecieron en los medios estadounidenses los días posteriores al atentado de las Torres Gemelas, el Pentágono y el avión United 93

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Como una novela de Tom Clancy. O una película de catástrofes. O, incluso, una guerra en un país lejano. Así definió The Wall Street Journal el atentado del 11 de septiembre de 2001 en el artículo que apareció en el diario del día después. El reportaje, que le valió el premio Pulitzer de Última Hora a sus redactores, se sostiene bajo los testimonios de los que vivieron la tragedia: supervivientes de las torres, policías, bomberos, vecinos del World Trade Center, transeúntes, comerciantes. No entra en sensacionalismos, pero hay varias declaraciones que aluden a Dios. La crónica, además, concluye con un God Bless America (Dios Bendiga a América) Un ejercicio que demuestra fielmente la idiosincrasia de los estadounidenses a la hora de digerir el mayor ataque que habían recibido en toda su historia.

El libro Nueva York, 8.45 horas, que publica ahora Errata Naturae con motivo del décimo aniversario del atentado, recoge este artículo y los reportajes que realizaron otros periódicos de EEUU tras el ataque. En su conjunto, son una buena muestra de la visión que los medios dieron de aquellos momentos de terror y sus consecuencias. Resulta paradigmático cómo, tras el impacto inicial, la prensa cayera en un apoyo sin fisuras a la política de guerra emprendida por George W. Bush. Los periódicos tampoco tuvieron dudas acerca de la identidad de los terroristas. Enseguida se estableció que había habido 19 secuestradores de los vuelos, con Mohammed Atta a la cabeza. Eran el mal musulmán. En la prensa, como en la calle, sólo había dos preguntas: ¿cómo podemos volver a ser un país seguro? y ¿dónde está Bin Laden?

Tras el impacto inicial, la prensa cayó en un apoyo sin fisuras a la política de George W. Bush

Los artículos y reportajes del 12 de septiembre muestran los temores de una población que apenas sabía lo que era el terrorismo. Es un miedo, además, compartido. 'Hasta ahora pensaba que EEUU era el país más seguro', afirmaba un chico de 13 años de una escuela de Manhattan en The Wall Street Journal. Este mismo periódico recogía las palabras de unos ciudadanos que, de repente, se habían vuelto recelosos: 'Somos un pueblo abierto. Somos de los que hablan con cualquiera. Ahora, me lo pensaré dos veces', decía una agente inmobiliaria de Pittsburgh. En el resto del texto se acentúa la confusión de un país que reflexiona sobre cómo contar esta tragedia nacional a sus descendientes. 'No seremos capaces de ocultar esto', afirmaba el doctor Butterworth.

Al miedo en las calles se sumó el pánico económico. Los periódicos narraron cómo el derrumbe de las torres había provocado otro similar en las bolsas de medio mundo (excepto las asiáticas, que ya habían cerrado). En EEUU no dio tiempo a abrir, ya que habitualmente lo hace a las 9.30 horas de la costa este y, en ese momento, ya habían colisionado los aviones. Sin embargo, su interrupción hizo cundir el pánico entre los inversores. The Wall Street Journal constató que estos atentados iban a ser mucho más dolorosos (económicamente) que el ataque a Pearl Harbour, que provocó una caída del Dow Jones del 9,7%. Tras el asesinato de John Fitzgerald Kennedy sólo cayó un 4%. 'El ánimo de los consumidores se ha visto dañado. La gente no va a querer ir al centro comercial, a cenar o de viaje', decía en este periódico el analista Al Goldman.

Los primeros artículos reflejan el miedo de una población que desconocía el terrorismo

Casi un mes después de los atentados, The Washington Post emprendió una serie sobre los secuestradores: quiénes eran, cómo habían conseguido sus licencias de vuelo y cómo habían vivido en EEUU sin problemas. El diario insiste en desar-bolar la teoría de la conspiración: 'El examen de las grabaciones públicas y de docenas de entrevistas echa por tierra la imagen de la conspiración tal y como emergió inmediatamente tras los ataques del 11 de septiembre', escribió la periodista Amy Goldstein el 30 de septiembre. El periódico retrató a los terroristas como una célula de Al Qaeda. Estaban dirigidos por Bin Laden y antes de recalar en EEUU habían vivido en Hamburgo (Alemania) e incluso alguno había pasado por España. El texto insiste con ironía en que, a pesar de ser supuestamente islamistas radicales, no se privaron de alcohol, tabaco, y en algunos casos, películas porno.

Los sucesivos reportajes del Post, uno de ellos de la estrella mediática Bob Woodward, recalcan, además, el fracaso de la política de EEUU a la hora de atrapar a Bin Laden en los años noventa la era del demócrata Bill Clinton, lo que refuerza la guerra del terror emprendida por Bush tras el 11-S.

C. J. Chivers escribió un reportaje sobre el dolor de los estadounidenses y de los afganos

Otros periódicos, como The New York Times, no hicieron tantos esfuerzos por alabar la nueva política exterior de la Administración Bush. Por el contrario, el periodista C. J. Chivers equiparó en un reportaje publicado en diciembre de 2001 el dolor sufrido por los estadounidenses con el que día a día vivían los afganos. Chivers se había pasado semanas desescombrando la Zona Cero. Trabajando junto a los bomberos para sacar trozos de cuerpos de entre los hierros fundidos. Después fue enviado a Afganistán. Allí se encontró con el drama de los ataques diarios, con ese terrible azar que te hace estar al lado de la bomba o a kilómetros de ella no sólo un día, sino todos. Y con un porteador que llegó a decirle: 'Nueva York. Nosotros sentirlo mucho'.

Esta compilación de reportajes culmina con un anexo en el que se recogen aquellos que se escribieron hace sólo unos meses, después del asesinato de Bin Laden. De nuevo es una serie del Washington Post en la que el término que más aparece es el de justicia. Los redactores recogen las palabras del presidente Barack Obama, senadores y congresistas que eluden la palabra venganza. Aunque hay alguna crítica a la falta de fotografías de Bin Laden muerto, en definitiva, se busca justificar a todos aquellos que salieron a Times Square o la Zona Cero a festejar la masacre. Benedict Carey tituló su artículo: 'Celebrar una muerte puede ser espantoso, pero no deja de ser humano'. Para el periodista Ted Anthony, lo importante, a fin de cuentas, es que esta muerte era el final pseudofeliz al horror que empezó un 11 de septiembre.