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Cortázar se desclasifica

'Cartas a los Jonquières' recoge la correspondencia que el autor de 'Rayuela' mantuvo con su mejor amigo

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Julio Cortázar era una tumba. Lo decía Vargas Llosa: 'Era un hombre eminentemente privado, con un mundo interior construido y preservado como una obra de arte'. El escritor argentino quería que el mundo sólo supiera de él por su obra y a punto estuvo de conseguirlo. Pero dejó algún clavo suelto, en concreto 126 clavos sueltos: las cartas que entre 1950 y 1983, la mitad de su vida, le escribió a uno de sus mejores amigos, el escritor y poeta Eduardo Jonquières, y que ahora se recopilan en Cartas a los Jonquières (Alfaguara).

En el año 2000 se publicaron tres tomos con la correspondencia de Cortázar, recogida durante diez años por su primera esposa, Aurora Bernárdez. En aquella ocasión, Jonquières sólo aportó ocho cartas: el resto había desaparecido. Fue a la muerte del pintor y poeta cuando se encontró el resto de misivas en el archivo de su familia en París. 'He leído muchas cartas de Cortázar y no hay un corresponsal con el que tenga una relación más franca. Eduardo era su amigo más fraterno. Estas cartas son su diario', sostiene Carles Álvarez, editor de la obra junto a Aurora Bernárdez.

'Eduardo era su amigo más fraterno. Las cartas son su diario'

Las primeras cartas son reveladoras. Cortázar se acaba de instalar en París y pasa un año y medio solo antes de que llegue Aurora Bernárdez. No conoce a nadie para comunicarle con confianza las cosas que le están pasando y que está sintiendo. Hay días en que escribe seis cartas, 25 páginas, algunas a mano, otras a máquina, otras mitad y mitad. 'Son piezas literarias, sin borrador ni nada. Porque Cortázar no es un espectador normal, es muy sensible y tiene una capacidad de comunicación intelectual fuera de lo común', dice Álvarez.

En esos textos se ve a un Cortázar nostálgico, triste por haber abandonado su país y sus amigos, pero también consciente de que París era su única posibilidad: 'Me he ido de la Argentina porque no puedo más. Si me hubiese quedado o si me tuviese que volver por razones de familia o de bomba H o de lo que sea, terminaría en la indignidad. [] Acabaría en la vulgaridad despreciable del borracho o del cocainómano, o del que hace de los bares del puerto su peldaño final. Todo el cariño de mis amigos no hubiera podido salvarme de la soledad de Buenos Aires, esa entrañable enemiga que puedo vencer poéticamente pero que me destroza en lo personal'.

A Cortázar no le gustó nuestro país tras su visita a España en 1956

Cortázar es capaz de ponerse a temblar al contemplar cómo cambia el color del Sena y de los árboles al atardecer, al tiempo que se deja seducir por el Louvre, que visita casi a diario. Su sensibilidad es excepcional, lo que recuerda aquel cuento, Axolotl, en el que el protagonista se horrorizaba tras mirar fijamente a un pez en un acuario y sentir, de repente, que se había convertido en el pez y que se miraba a sí mismo desde el interior de la pecera. El protagonista del cuento era él y la experiencia le ocurrió de verdad.

De todos los Cortázar del libro (el que viaja en solitario a Londres, el que acude a conferencias sobre John Cage, el que escribe a todas horas, el que bebe whisky, el trabajador de la Unesco), quizás el que más sorprende es el que responde a los problemas de su amigo Eduardo con honestidad asombrosa.

Hay una carta, fechada el 27 de agosto de 1955, en la que el autor le hace un análisis psicológico crudo y directo, que bien podría haber terminado con su amistad de no ser porque Cortázar no perdió su calidez. 'Creo que tu defecto por darle un nombre francamente, aunque quizá sería mejor decir tu manera de ser lisa y llanamente es una suma de incapacidades e inadaptaciones que me gustaría conocer bien para enumerártelas y ayudarte, si eso fuera posible', le escribe antes de explicarle que su sentimiento de soledad se debe a no haberse determinado por un solo camino ('un camino absoluto') en su vida.

Es posible que el franquismo le nublara su excepcional visión, porque la carta dedicada al viaje que hizo por España en 1956 deja claro que Cortázar no fue un enamorado de nuestro país. 'Todo lo que he visto en un mes y medio me ha parecido ajeno a mí, en una dimensión que no es la mía', escribe antes de cargar contra el carácter español, el maquillaje de sus mujeres o el lenguaje hinchado de Machado o Unamuno. No se resistió a cosas como el Acueducto de Segovia: 'Es la cosa más surrealista que se ha inventado jamás'.

En la última carta, fechada en febrero de 1983, Cortázar ya prefiere no hablar de sí mismo: 'Estoy tan deshabitado que me cuesta reconocerme cada vez que me despierto'. Su segunda esposa, Carol Dunlop, había muerto un año antes. Él lo haría uno después.