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"La crisis está causada por el optimismo de los políticos"

Filósofo. El británico señala en 'Usos del pesimismo' (Ariel) la necesidad de pensar en los peores escenarios para evgitar conflictos bélicos y catástrofes económicas

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El pensador británico Roger Scruton (1944) es un personaje con unas ideas bastante controvertidas. Profesor de estética en la Universidad de Oxford, se define como un intelectual 'conservador', seguidor del pensamiento de Platon, Kant y Wittgenstein. Crítico con las tesis del mayo de 1968 'yo quería conservar un mundo, no tirarlo abajo', dijo en alguna ocasión y con la izquierda, su posición no se identifica, sin embargo, con la derecha reaccionaria, sino, en ciertos planteamientos, con una línea más cercana a la que marcó Albert Camus. En este mismo sentido va precisamente su último ensayo, Usos del pesismismo. El peligro de la falsa esperanza (Ariel), en el que arremete contra el optimismo exagerado que mueve los hilos del pensamiento actual. Según él, ese optimismo es el causante del fin del sentido común y el creador de erróneas filosofías como la de otorgar todo el poder al niño en el ámbito educativo o dar la posibilidad a los bancos de prestar dinero sin ponerse en el peor escenario posible: que el prestatario jamás iba a poder devolverlo.

En su libro habla del peligro de la falsa esperanza'. ¿En qué consiste este concepto y cuáles son sus consecuencias?

La falsa esperanza es aquella que impide cualquier refutación. Crea una sensación más confortable que conocer la verdad de las cosas. Es el motor de las utopías y la que habla siempre de crear una nueva sociedad. Y, finalmente, es el enemigo de la duda y el compromiso.

'No hay alternativa a la economía de mercado, pero debería estar más regulado' 

Como Hobbes, usted dice que las instituciones y las leyes son las que nos hacen libres. Al mismo tiempo, usted rechaza un Estado fuerte. Parecen dos ideas contradictorias.

No es una contradicción. Las instituciones que garantizan la libertad también están limitadas por la libertad. Estas instituciones crean un espacio que posibilita un incremento de la libertad de las personas. Las sostiene el Estado, pero por el bien de la sociedad civil. Sin embargo, un Estado muy fuerte lo que busca es su propio beneficio y no el de la sociedad civil.

Usted exhorta al pesimismo, ¿no es eso fomentar el cinismo y el nihilismo?

Yo no defiendo el pesimismo como forma de vida. Sólo son necesarias algunas dosis de pesimismo que pueda llevar a la gente de nuevo a la realidad y no se deje así llevar por ilusiones. Creo que es más valiente ser pesimista en medio de tanto entusiasmo que unirse a la actual muchedumbre intoxicada de optimismo.

Schopenhauer es uno de los filósofos del pesimismo, pero usted no comparte su teoría. ¿Cuáles son las diferencias?

A diferencia de Schopenhauer, yo creo que debemos amar la vida, darnos a los otros y disfrutar de los frutos de la tierra. Creo que renunciar a nuestras voluntades es un absurdo. Por eso, antes que a Schopenhauer, prefiero el Fröhliche Wissenschaft [La gaya ciencia], de Nietzsche.

¿Por qué es más peligroso en política ser optimista que pesimista? El optimismo da ánimos.

Depende. En tiempos de guerra el optimismo es absolutamente necesario. Churchill, por ejemplo, fue para nosotros ese salvador que nos dio la esperanza que necesitamos. En tiempos de paz, el optimismo, sin embargo, debe ser atemperado por una toma de conciencia de nuestras debilidades e imperfecciones. Por ejemplo, no hacer la locura de inventar una única moneda para que la cleptocracia griega meta la mano.

En los últimos años, dos políticos con el optimismo por bandera han ganado las elecciones: Zapatero en España y Obama en EEUU.

Todos los políticos deben expresar optimismo. Pero lo que cuenta es su conducta. Y no creo que Zapatero se haya comportado de una forma optimista. Pero en el libro, yo estoy mucho más interesado en otro tipo de optimistas como Robespierre, Lenin, Hitler, Mussolini o Mao, políticos que quisieron cambiar la condición humana y que lo consiguieron.

En Usos del pesimismo' razona sobre diversas teorías erróneas provocadas por el exceso de optimismo. ¿Cuál es la que peores consecuencias trae?

La de la suma cero es la más peligrosa: el hábito de pensar que el éxito de toda persona supone el fracaso de otra. Esto crea resentimiento, divide a las personas y hace imposible alegrarse de la buena suerte del otro.

En el libro señala que la crisis económica se debe a un exceso de optimismo. Pero, quién exhorta ese optimismo: ¿los gobiernos, los bancos o el sistema?

Creo que el optimismo de los políticos es el mayor causante del problema. Principalmente las decisiones que llevó a cabo el presidente [Jimmy] Carter, que forzó a los bancos a prestar dinero sin la adecuada seguridad para los prestatarios. En cualquier caso, yo defiendo la economía de mercado porque no hay otra alternativa. Pero, eso sí, también creo que debería tener una mayor regulación.

'Entre tanto entusiasmo, hoy en día es más valiente ser pesimista'

Usted defiende las teorías de Kant sobre el respecto al otro y el diálogo. Pero, ¿cómo funciona Kant cuando no se llega a ningún acuerdo para mejorar las condiciones de los trabajadores?

El respeto por las personas, como Kant sugiere, no implica una igualdad social y ciertamente está lejos de la idea de la revolución. Desde luego, no está bien que se explote a los trabajadores, ni que se les despida sin ningún tipo de indemnización ni derechos, pero ¿cree que una revolución soluciona eso? Kant insiste en vivir en consenso a partir de la buena voluntad. Y eso es lo que hay que buscar hasta el final.

En su libro critica los errores de los líderes de la izquierda. Sin embargo, las guerras de Irak y Afganistán fueron inspiradas por la Administración Bush.

Yo no identifico el optimismo con la izquierda. Yo soy crítico con las ideologías que los mediterráneos llamáis de extrema derecha, como el fascismo y el nazismo, pero también con las que se definen de izquierdas. Yo soy conservador, y no porque quiera serlo, sino porque mi pensamiento me obliga a ello.

Europa está ahora gobernada por partidos conservadores. Y Europa no parece ir mucho mejor que antes.

Eso es una observación muy periodística. ¿Son ellos realmente conservadores? ¿Y cómo sabemos cómo iría Europa si estuviera gobernada por la izquierda? ¿Tan bien como la Europa del Este gobernada por Stalin?

Los intelectuales llevan décadas hablando de decadencia. ¿No hay posibilidad de una vuelta de tuerca?

Lo que muere nunca renace de la misma forma, pero la memoria de las grandes cosas puede inspirar su emulación, como sucedió con el Renacimiento.