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La crisis que parió a un cineasta

El argentino Pablo Giorgelli firma 'Las acacias', Cámara de Oro en Cannes y Premio Horizontes Latinos en Donostia

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Conviene no olvidarlo: las crisis pueden destapar grandes oportunidades. Si no, que se lo digan al argentino Pablo Giorgelli, cuya ópera prima, Las acacias, que viene arrasando por festivales de todo el mundo desde que se hizo con la Cámara de Oro de la pasada edición del Festival de Cannes, se forjó durante su particular temporada en el infierno.

Hace diez años, Fernando de la Rúa decretaba en Argentina el corralito y nuestro hombre quedaba 'casi literalmente en la calle'. Por aquel tiempo, su padre enfermó y su mujer decidió dejarlo. Pero Giorgelli, montador y publicista, sacó fuerzas para, en medio de la miseria, anotar en una libreta ideas e imágenes que se le venían a la cabeza.

'Habla de la soledad, del dolor, así como de la posibilidad de renacer'

'La película habla de eso: de la soledad y del dolor por lo que se va perdiendo en la vida'. Pero también de la posibilidad de renacer y de encontrarse con una vida nueva. Eso le pasa al protagonista de la cinta, el camionero Rubén (Germán de Silva), y eso también le sucedió a Pablo Giorgelli. 'Las acacias fue un impulso, un instinto que decidí seguir', reconoce desde Corea del Sur, en cuyo Festival de Busan ha presentado su película esta semana.

Las acacias es una road movie atípica, que transcurre en el interior de la cabina de un camión, que recorre los 1.500 kilómetros que separan Asunción (Paraguay) de Buenos Aires. Rubén es el camionero, un hombre silencioso, con más cicatrices que esa enorme que decora su espalda. En su camión, transporta troncos de acacias y, esta vez, también a una mujer (Hebe Duarte) y su hija de 8 meses, que buscan una vida mejor en la capital argentina. Poco a poco, lo que comienza como un viaje incómodo y sin visos de comunicación va cambiando, gracias al vínculo que establece el camionero con el bebé.

Las acacias' es una road movie' que transcurre en un camión

'La niña es el personaje que está en un lugar diferente. Alguien que está apareciendo en el mundo, con su inocencia y su frescura, sin cargar heridas', apunta el director. Es ese personaje el que va rompiendo la cáscara de este camionero y el que dispara sus sentimientos dormidos y la posibilidad de una segunda oportunidad. Las acacias también roza el discurso político, pero de forma superficial. La masiva migración paraguaya a Buenos Aires queda reflejada en el filme, sin que haya un discurso directo, más allá del comentario.

Hay algo metafórico en el título. 'El personaje de Rubén es una especie de acacia, que se va transformando y renaciendo. Él también tiene una cicatriz en la espalda, él también está como cortado', asume el director. Así de sencilla es la trama de una película que está filmada desde la economía narrativa y con un punto de vista pegado a la piel de los personajes. 'Vemos el viaje a través de lo que ellos ven. No hay una mirada de director que se detenga en la belleza del paisaje', aclara Giorgelli.

Como el año pasado, Cannes premió una ópera prima latinoamericana

Las acacias, que se estrena mañana en España, ganó también el Premio Horizontes Latinos en el reciente Festival de San Sebastián y es uno más de los muchos filmes latinoamericanos aparecidos en la última década que profundizan en cierto minimalismo y en la identidad del hombre común, sin hacer uso de grandes gestos. 'Las acacias también habla del que es el gran tema latinoamericano para mí, la identidad', afirma Giorgelli,quien rechaza que lo suyo sea minimalismo: 'Los personajes no hablan o hablan poco, porque eso es lo que cuenta la película, lo dificil que es estar con el otro'.

Como ocurrió el año pasado en Cannes, cuando la Cámara de Oro (que premia la mejor primera o segunda película) recayó en el filme mexicano Año bisiesto, de Michael Rowe, el certamen francés volvió este año a premiar una mirada latinoamericana detenida en la incomunicación y el silencio.

Cannes, en particular, ha mimado los nuevos cines que han emergido de Latinoamérica en los últimos diez años. Desde aquel Japón, de Carlos Reygadas, paradigma de una nueva generación de cineastas latinos, que ya no necesitan a las grandes productoras y a los estudios para financiar sus miradas.