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Una crítica descarnada de los ocho años de Aznar

La Aznaridad es el testamento político de Manolo. Un legado escéptico, burlesco y, por qué no, airado.

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Decía la crítica de un nostálgico cavernícola que La Aznaridad era un libro que alimentaba el rencor, curiosa acusación hecha por un miembro de un sector ideológico que ha hecho del rencor su arma favorita y ha impuesto el 'o estás conmigo, o estás contra mí' como el grito de fervor patriótico por antonomasia.

Manolo nunca escondió sus filias y sus fobias. Aznar, evidentemente, estaba en el segundo grupo. Pero le sorprendía que, vía el miedo atávico del España se rompe, algunos viejos compañeros ideológicos hubiesen acabado rindiendo pleitesía a ese hombre vulgar pero con una voluntad férrea y pétrea de hallar el carisma allá donde sus sueños megalómanos le llevaran. Dios los guardará en la gloria.

Que los políticos son una raza aparte quedó demostrado en la presentación a modo de homenaje póstumo de La Aznaridad celebrado en el Círculo de Lectores de Madrid. Allí estaba la plana mayor de los delfines del socialismo y futuros ministros/as aplaudiendo a rabiar la brillante alocución de Manuel Rivas condimentada con fragmentos del libro. A pesar de que Manolo había discrepado abiertamente con el PSOE a lo largo de los años, el libro les servía electoralmente ante los comicios que se avecinaban y una vez llegaron al poder, quemaron el libro y respiraron tranquilos ante la ausencia de las columnas de Montalbán.

Dice un fragmento del poema If escrito por Kipling: 'Si puedes mantener la cabeza cuando todos a tu alrededor/ pierden la suya y por ello te culpan,/ si puedes confiar en ti cuando todos de ti dudan'. Esos versos fueron la piedra filosofal de Aznar, el Sansón de la política, el XMan de las abdominales, pero seguro que muchos políticos lloran cuando los leen al alba.

La Aznaridad es el testamento político de Manolo. Un legado escéptico, burlesco y, por qué no, airado, tres pilares necesarios para sobrevivir al desencanto.