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Cuatro monos a contracorriente

Arctic Monkeys confirmaron su inquietud y efectividad musical en un concierto rocoso y oscuro. Primal Scream ofrecieron un antológico final de fiesta del sábado con 'Screamadelica'

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El bíceps de un boxeador, con un ángel negro tatuado, apoyado en la barra mugrienta de un bar de carretera. Eso fue el concierto de Arctic Monkeys en el FIB: un músculo tenso en un ring tenebroso. En la memoria, el pop efervescente post-acné de hace cuatro años, en el mismo escenario: el polo azul es ahora una camiseta negra sin mangas y sus canciones bala comparten ataque con temas catatónicos y apisonadores.

Cambiar es lo más saludable que le puede ocurrir a un grupo y los de Álex Turner no han tardado en girar el timón. El sábado por la noche, su rocoso y oscuro repertorio desorientó hasta a su público, que quizás pedía algo más saltarín y electrizante. Pero Arctic Monkeys siguen imbuidos en el espíritu del rock desértico y sobre él cimentaron el recital. Y eso que de ‘Humbug', el disco que mejor ejemplifica la versión dura de la banda, solo tocaron dos temas (la intensa ‘Crying lightning' y una fantasmal ‘Pretty visitors').

El viaje fue por el lado oscuro y el sonido no acompañó a lo largo de todo el trayecto. Se olvidaron del preciosismo pop que atraviesa su último disco, ‘Suck it and see', y eligieron las canciones que podían hacer daño, desde la inicial ‘Library pictures' hasta el primer single del álbum, ‘Brick by brick', estruendoso rock setentero a mitad de show. Se echó en falta saber cómo habrían funcionado temas más melódicos, como ‘Reckless serenade' o ‘Love is a laserquest', sin espacio en una atmósfera opresiva y metálica recreada a partir de muchas canciones de su segundo disco, ‘Favourite worst nightmare'.

Sin exceso de gestos a la galería, Turner intentó traducir, con poco éxito, el título de una de las canciones de su último disco: 'No te sientes, porque he movido tu silla', dijo macarrónico. Misiles aire-tierra como ‘Teddy picker' y ‘I bet you look good down on the dancefloor' despertaron al público del hipnotismo, generando pogos multitudinarios que desde la lejanía de la grada de prensa se intuían divertidos (para llegar a las primeras filas, este año, se necesita un sherpa).

Recuperaron, claro, hits incontestables como ‘Fluorescent adolescent' y ‘When the sun goes down' (precedida por un emocionante ‘singalong'), pero sin descompensar un concierto abismal que, como sus canciones, avanzaba contracorriente. Como han hecho la mayoría de grandes, Arctic Monkeys no te dan lo que esperas: en todo lo que hacen, canciones, discos y conciertos, hay una oculta y misteriosa vuelta de tuerca que te hace volver. Son imprevisibles, se guían por su instinto y, además, Álex Turner se ha destapado como un vocalista emocionante. Las listas de ventas y los hits de radiofórmula se los van a dejar a Coldplay.

Tras dos jornadas un tanto tibias, el concierto de Arctic Monkeys prendía la mecha del FIB. Minutos después, en el mismo escenario, Primal Scream dispararon con lanzallamas el ‘Screamadelica', disco imperecedero, poderoso tratado de rock, soul, gospel, electrónica y psicodelia capaz de electrizar, 20 años después, a decenas de miles de personas. Dentro de un siglo será igual.

Lo de ‘Screamedélica' es pura religión. 'Estaba ciego, ahora puedo ver, me hiciste un creyente', inició Bobby Gillespie en ‘Movin' on up'. 1991, explosión rave... Sí, habla de drogas. Este góspel-rock stoniano, desbordado por una brutal distorsión y los majestuosos coros de una oronda negra, inició una liturgia lisérgica que tuvo su momento cumbre en la comunión colectiva de ‘Come together' y en la sofisticación psicodélica de una enorme ‘Higher than the sun'.

‘Frontman' de la escuela de Mick Jagger, Bobby Gillespie solo tenía que agitar unas maracas y contonearse unos centímetros para llenar el escenario. Una vez elevado ‘Screamedelica' al cielo de los clásicos, cerraron con una delirante y poderosa ‘Country girl' (con Gillespie colgándose del guitarrista en plan yonqui) y una explosiva ‘Rocks'. Esta vez, recuperar un disco de hace 20 años sí tuvo sentido. Siendo sinceros, es de lo más actual que ha sonado en este FIB.

Porque con bandas anacrónicas como Mumford & Sons la noche había comenzado sin sustancia. Pop simplón disfrazado de folk épico y country de salón que ha contagiado a miles de británicos, pero que en España, con razón, ha pasado bastante desapercibido. Nada nuevo bajo el sol en un repertorio tópico. Por momentos, no desentonarían como la banda de acompañamiento de Bob Geldof.