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Dar vida al papel

El ilustrador Louis Joos recrea el mundo poético de Paul Verlaine, con una visión apasionada

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'Baudelaire sería venenoso, Verlaine musical, Artaud locamente genial, Queneau literario loco y pausado', habla de ellos como si los conociese al pie de la letra. Ha buscado la afinidad con cada uno para poder ilustrar sus experiencias narrativas. Resume el trabajo del ilustrador en algo parecido a una cuestión de trato, de diplomacia con las palabras de otro. Para el dibujante Louis Joos (Bélgica, 1940) no existe una manera estándar de tratar a todos los autores, como cada autor tiene su propio universo hay que entenderlo para lograr que tanto texto como dibujo no pudieran existir el uno sin el otro.

Todavía no han llegado a nuestras librerías los cómics que Louis Joos ha dedicado al mundo del jazz y a la novela negra. Y cuando desembarquen habrá tormenta. De momento, hemos podido disfrutar en los últimos dos años de dos trabajos suyos que ha publicado aquí la editorial Nórdica, en su colección de libros ilustrados. El primero, Las flores del mal, de Baudelaire, fue pura sangre, absolutamente apasionado. El segundo, el que acaba de aparecer, es la edición bilingüe de una antología poética de Paul Verlaine, en la que se relaciona de una manera algo más apaciguada.

El trabajo de Joos es intuitivo, sugerente, impetuoso y vehemente. O esa es una ristra de calificaciones que él mismo prefiere limitar: 'Si tuviese que calificar mi dibujo, diría que me gusta que sea expresivo. Me lanzo literalmente al trabajo, sobre el papel. El dibujo, cualquiera que sea, lo hago a toda velocidad y el resultado es un éxito o un fracaso. De ahí las numerosas versiones', comenta desde su estudio en Bruselas. Ese esfuerzo y entrega física al papel, debe ser preparada, por eso comenta que normalmente para hablar de su ímpetu suele hacerlo en términos deportivos cuando se refiere a su puesta a punto previa al inicio de un álbum de ilustraciones o a un cómic. 'No exagero', asegura el dibujante.

Dice que es interesante plantear nuevas ediciones de textos clásicos para atraer a nuevos lectores. Todo apunta a que con estos dos libros, ha captado a unos cuantos. Será porque la suya no es una ilustración delicada, amable y limpia. Son imágenes a bocajarro. Son arranques, bocetos, movimientos de trazos veloces. Es el estremecimiento de lo más íntimo, en este caso, de Verlaine. 'Bueno, no distingo entre croquis, bosquejos, dibujos, acuarela o pintura al óleo, pasteles grasos o secos, tintas...', asegura. Se expresa con fuerza y simplicidad, porque reconoce que cuando no está satisfecho con algún resultado, pasa a otra técnica o usa todas al mismo tiempo. Y lo resume de la mejor manera posible: 'Creo que dibujar es dar vida al papel'.

La armonía entre texto e imagen es un logro exigente. Joos leyó antes de ponerse a abstraer los conceptos de los pasajes de Baudelaire, su obra en prosa, la correspondencia y los escritos sobre arte. Todo parecía poco, recuerda, para entender a una escritura 'lúcida en los asuntos del alma'. Ese nivel de concentración en el dibujo le llevó a realizar entre 10 y 30 versiones de una misma ilustración. Por eso es insensato ver en estos dibujos una mera comparsa achispada de escritos ardientes. 'No concibo nunca mi trabajo como decorador de libros. Estoy radicalmente en contra de esa idea: busco la pasión y su formulación gráfica', apunta irritado.

Es fácil comprobar lo que explica Louis Joos. No utiliza la realidad como crónica, no es fiel a los detalles de lo que ve (ni de lo que le enseñan los escritores en sus poemas) y la realidad tiene un filtro: su propia personalidad como ilustrador. Y así la verdad deja paso a la evocación.

En esa traducción del mundo imaginado en mundo real, la abstracción juega un papel muy importante: 'Es evidente. La abstracción es la clave. La traducción literal me parece el colmo del absurdo. Todos los dibujos deberían ser una abstracción', porque, aclara Louis Joos, un dibujo tiene su propia vida y sólo es una imagen de lo que pasa a nuestro alrededor.