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Deneuve agita la lucha de clases cómica

La actriz francesa protagoniza la comedia ligera Potiche', que hace reír en la Mostra

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Karl Marx dijo una vez que la historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa. Lo que no sabíamos es que se estaba refiriendo a Potiche, el nuevo filme de François Ozon. Primero porque sus protagonistas, Catherine Deneuve y Gérard Depardieu (posiblemente los dos iconos franceses más internacionales tras Robespierre y el champán con cruasanes) han pasado de salir en dramones como El último metro (François Truffaut, 1980), a parodiarse a sí mismos sin freno en el año 2010. Y luego porque Potiche, ambientado a finales de los años setenta, viene a ser como si a Louis de Funnes le hubiera dado por hacer una adaptación picante de El capital.

Ozon cuenta la historia de un rico matrimonio de provincias, dueño de una fábrica de paraguas, que se enfrenta a una huelga obrera. Dicho así podría parecer que estamos hablando de un drama sindical alemán de cinco horas, salvo que Potiche está contado en clave de vodevil desatado. Él se lo monta con su secretaria mientras dirige el negocio con mano de hierro. Y ella, que se rebela contra su destino de ama de casa, se cepilla a la bestia negra de su marido: el alcalde comunista del pueblo. Mientras tanto, los trabajadores, ajenos a la podrida moral burguesa de sus patrones y cansados de la explotación laboral, montan la de Dios. O cuando la guerra de sexos se mezcla con la lucha de clases.

'Nunca he sido una mujer florero, pero a veces me he sentido usada', dice la actriz

En efecto, suena inverosímil y poco serio, aunque eso es lo que pretende Ozon: artificiosidad y risas. Y lo consigue, a ratos.

'Nunca he sido una mujer florero, pero en ocasiones me he sentido usada por mi físico. Me gustaría ayudar a que la situación de las mujeres mejore, porque todavía queda un largo camino por hacer', contó Deneuve.

Pero las verdaderas carcajadas vinieron durante la proyección de la italiana La passione, de Carlos Mazzacurati, sobre un cineasta en crisis que se ve envuelto en una serie de malentendidos que pueden acabar de hundirlo. Se trata de un truño de dimensiones tan colosales que resulta titánico explicar por qué. Quizás baste decir que está contada con un tono grueso más propio de una opereta de Raul Sender y Jaimito que de un festival de cine.

Hubo carcajadas, sí, pero viendo las caras de algunos periodistas centroeuropeos abandonando horrorizados la sala. Estos profesionales, llegados de países civilizados, salían de allí demacrados, desahuciados, como si acabasen de ser liberados tras seis meses encerrados en Guantánamo sometidos a una brutal tortura psicológica. Mientras, el sector italiano rió con gusto las gracias (vale, tiene tres chistes buenos, pero tres de 800 no es buen porcentaje). Échenle la culpa al costumbrismo intraducible.

Y para que no parezca que existe algún tipo de animadversión contra el cine italiano, es justo recordar que el mejor gag visto hasta ahora en la Mostra lo ha protagonizado, al más puro estilo neorrealista, el subsecretario de Cultura, Francesco Giro, al que el otro día le cobraron 300 euros por comerse un plato de spaghettis en la terraza del Hotel Excelsior, donde se alojan las estrellas y se realizan muchas entrevistas. El hombre ha montado en cólera (y no precisamente porque estuvieran poco hechos). Si los precios del año pasado en la Mostra ya eran dramáticos, los de este año son una auténtica farsa. Si hiciéramos caso al viejo Marx, no pasarían estas cosas.