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Dios bendiga el sexo en América

Un libro y una exposición muestran en España el trabajo de la fotógrafa canadiense Naomi Harris y su 'America Swings'

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Un neón en blanco, rojo y azul cuelga de una valla que delimita el escueto jardincito de una caravana. Las letras dicen lo de siempre, 'God Bless America', e iluminan débilmente un cartel anexo que advierte: 'Folla conmigo y follarás con todo el camping'.

La fotografía, directa como un flashazo, nos introduce en el mundo entre familiar y extremo al que la fotógrafa canadiense Naomi Harris ha estado pegada durante cuatro años: el de los swingers de EEUU, una subcultura en alza en los suburbios del país más poderoso del mundo, en el que el médico, la vecina, el profesor y la dentista quedan para tomar algo, cenar, charlar y hacérselo entre ellos. En el jardín, alrededor de la barbacoa, en el salón con el partido de béisbol de fondo, en el yate y en el camping. Muy white trash todo.

Harris ha estado pegada durante cuatro años a los swingers' de EEUU

'La paradoja es que la mayoría son parejas de mediana edad, bastante conservadoras en sus ideas políticas. Muchos son republicanos', cuenta Harris en una conversación con Público. 'Pero también es gente que lo pasa bien y que ve el sexo como una forma más de socializar', dice.

Una pareja organiza una cena de Acción de Gracias en la que los invitados cenan desnudos alrededor del tradicional pavo. Otros quedan en un hotel de Las Vegas donde se disfrazan de osito, de Ali Babá, de Drácula. 'Es un movimiento rural y suburbial, no sucede tanto en las ciudades, y supongo que la razón es fundamental: la gente se aburre', asume la fotógrafa. El trabajo de Harris con el que recorrió el país de orgía en orgía ha quedado plasmado en el libro America Swings (Taschen), que recuerda a aquel otro que realizó Timothy Archibald hace cinco años sobre las máquinas sexuales fabricadas en los garages de los suburbios americanos (Sex Machines) y a la obra de Diane Arbus. A partir de hoy, se verá también en una exposición del Festival GetxoPhoto.

Harris, de 34 años, empezó a fotografiar el movimiento swinger cuando un amigo que conocía de las playas nudistas le preguntó si lo acompañaba a un club de intercambio de parejas. 'Me pidió que fuera con él porque los solteros no tienen tan fácil la entrada', explica. Una vez allí, el cuadro valió la pena: una salita con un bufet lleno de bistecs empanados y otros manjares caseros daba la bienvenida. 'La gente se atiborraba y pasaban a una sala contigua donde ocurría todo. Fue lo más divertido que había visto ', confiesa.

'La paradoja es que la mayoría son parejas bastante conservadoras'

Harris decidió entonces pasar los próximos años recorriendo los suburbios y campamentos de EEUU con una cámara de medio formato. La primera orgía fue la multitudinaria Swinstop, en Minnesota, que es como un campamento sexual. Allí empezó a depurar su estilo de camuflaje: tacones altos, mayas, a veces sólo unos calcetines.

'No vas a tener acción si sólo te atraen las estrellas del porno', dice Mat, que, junto a su mujer Stephanie y la amiga de ambos Ann, lleva años metido en la comunidad swinger. En efecto, los michelines y carnes flácidas están a la orden, pero el exhibicionismo, la estética y las actitudes chupan del porno .

Harris los mira a todos de frente, con realismo y sin burla, y se reconoce en Arbus cuando admite que su fotografía documental exige estar ahí, mirar, y reconocer que 'entre la gente ordinaria pasan cosas extraordinarias'.