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El don del asombro

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Escritora, mujer, niña. En internet hay una galería de fotos de Ana María Matute que la traslada de la juventud del pelo negro a la melena blanca de ahora, pero todas ellas están marcadas por sus facciones angulosas y sus hermosos ojos negros y la misma mirada sorprendida e inteligente. El asombro de la niñez y la lucidez de una vida intensa. Como mujer ha tenido la fuerza suficiente, pese a los inevitables sinsabores de la vida, de conservar ese punto de inocencia que, como escritora, le ha servido para entregarnos un lugar de libertad en que todo es posible, el de sus novelas y cuentos.

Recuerdo cuando en su Pequeño teatro leí: 'Al atardecer, se diría que todo Oiquixa estaba a punto de derrumbarse y caer en las aguas rosadas de la bahía'. Cerré los ojos, aquel atardecer también era mío y estas palabras me lo recordaban. Era una imagen inspiradora que me hizo volar por muchos atardeceres por llegar. Ana María Matute es inspiradora. Nos ha enseñado que no debemos dejarnos dominar por las corrientes, las modas literarias, por lo conveniente, sólo por un anhelo sin el que no podamos vivir. Hay algo que emana de sus ojos y de sus libros: el profundo sentido de la libertad. La primera persona que me habló de ella fue otra mujer libre, mi tía Maruja (hoy desaparecida), era lectora suya y me contó que la admiraba tanto, que se acercó hasta la puerta del Ritz para verla entrar el día que recibió el Premio Nadal, en 1959.

Creo que mi tía brindaría por este premio Cervantes. Yo brindaré por las dos, por el premio, pero sobre todo porque Ana María nos ha abierto camino a las escritoras, a las mujeres en general y a las niñas que se empeñan, sin saberlo, en conservar el don del asombro.