Publicado: 14.01.2016 21:15 |Actualizado: 15.01.2016 07:00

Tarantino:“En EEUU un negro solo está a salvo cuando los blancos están desarmados”

El director norteameicano reconoce la nefasta 'oportunidad' de su película Los odiosos ocho, un western ‘de interior’ que revela la violencia y las fobias que desencadena el racismo.

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Samuel L. Jackson en 'Los odiosos ocho'.

Samuel L. Jackson en 'Los odiosos ocho'.

MADRID.- “En EEUU un negro solo está a salvo cuando los blancos están desarmados”. Son palabras de un personaje del nuevo western de Quentin Tarantino, Los odiosos ocho, una historia ambientada unos años después de la Guerra de Secesión (1861-1865) que tiene una desafortunada actualidad hoy en EEUU, un país conmocionado todavía por las dieciséis balas que el policía blanco Jason Van Dyke disparó a sangre fría y sin motivo contra el joven negro, Laqual McDonald.

Con las imágenes de esta atrocidad todavía en la retina y el espanto por los recientes asesinatos, también a manos de un policía blanco, del joven estudiante Quintonio Legrier y su vecina, Bettie Jones (ambos negros), madre de cinco hijos y abuela con diez nietos, la película de Quentin Tarantino se convierte en un trabajo siniestramente oportuno.



“A medida que estábamos haciendo la película y los acontecimientos del año y medio pasado fueron ocurriendo, se hizo más oportuna de lo que jamás hubiéramos imaginado", reconoció el cineasta en la presentación del filme en Londres.

A golpe de gatillo

Los odiosos ocho, que ya ha cosechado un merecidísimo premio (el Globo de Oro) para Ennio Morricone por la poderosa banda sonora que ha compuesto —la primera que hace para un western en cuarenta años—, es efectivamente un western ‘invernal y de interior’, en el que los personajes juegan al Cluedo y van eliminando pistas a golpe de gatillo (casi siempre).

Protagonizada por Samuel L. Jackson, Kurt Russell, Jennifer Jason Leigh, Walton Goggins, Demián Bichir, Tim Roth, Bruce Dern y Michael Madsen, la película, en palabras de éste último, “trata un montón de temas con un sombrero vaquero puesto”.

Las montañas de Wyoming. Unos años después de la guerra. Una diligencia avanza rápidamente. En ella viaja John Ruth, un cazarrecomensas apodado ‘el Verdugo’ —le gusta entregar vivas a sus ‘presas’ para ver cómo las cuelgan—, con la fugitiva a la que ha capturado, Daisy Domergue.

En el camino encuentran al mayor Marquis Warren, un antiguo soldado negro de la Unión que se ha convertido también en cazarrecompensas, aunque éste con fama de gatillo fácil, y a Chris Mannix, un renegado sureño que dice que es el nuevo sheriff de Red Rock. La tormenta está a punto de darles alcance cuando llegan a la Mercería de Minnie, una parada para diligencias.

Allí les recibe Bob, un mexicano que dice ocuparse del negocio mientras la dueña y su marido están fuera. Dentro de la casa están Oswaldo Mobray, que se presenta como el verdugo de Red Rock, el vaquero Joe Gage y el general confederado Sanford Smithers. Atrapados por la ventisca, las primeras sospechas entre ellos aparecen muy pronto.

Carnaval de tiros

La esclavitud, el racismo, la justicia —con una ‘perla’ especial dedicada a la pena de muerte— y, claro está, la violencia son temas presentes, objetos de denuncia, en esta divertida película salpicada por todas partes de sangre. Aunque a algunos les parezca grotesca tal afirmación (por la conjunción de los adjetivos de divertida y sangrienta) y sabiendo que habrá quienes no disfruten nada del carnaval de tiros que se celebra dentro de la Mercería de Minnie, hay que destacar que las intenciones del cineasta con ello están clarísimas. Es la violencia menos realista que se ha visto en el cine reciente, hasta tal punto artificial que el distanciamiento es casi una obligación.

Los odiosos ocho es diversión a lo grande. Las tres horas de duración de la película son tres horas de entretenimiento y disfrute. Quentin Tarantino sabe contagiar pasión. Nada pretencioso, se le perdonan incluso algunos ‘truquillos’ en el guión por el amor al cine que transmite. “Es como el niño en la tienda de caramelos que nunca tiene suficiente y su entusiasmo es contagioso”, dice la productora Shannon McIntosh, que ya le acompañó en la anterior Django desencadenado.

Odiosos y mentirosos

Ocho personajes odiosos y mentirosos para un western rodado en Ultra Panavisión 70 mm con el que el cineasta de Tennessee construye, entre otras cosas, un alegato antirracista y con el que ha vuelto a fastidiar a la derecha más reaccionaria de su país. La ‘oportunidad’ de esta historia en medio de la escalada de violencia racial que se vive en EEUU y poco después de las lágrimas de Obama al anunciar el endurecimiento en la ley de control de armas no ha gustado a algunos.

“Soy un ser humano con conciencia”, dijo Tarantino el octubre pasado, en las protestas en Nueva York contra la brutalidad policial. Por entonces, ya había demostrado esa ‘conciencia’. Ya había quitado de su guión la frase que decía el personaje del sureño renegado: “Tú, pregunta a los tipos blancos de Carolina del Sur si se sienten seguros”.

Prescindió de ella nada más conocerse, el 17 de junio, que un joven que defendía la supremacía blanca y la bandera confederada había asesinado a nueve personas en una iglesia africana metodista de Charleston (Carolina del Sur).

Sentido común y responsabilidad no están reñidos, sin embargo, con la franqueza, la chispa y la agudeza del cineasta, que a propósito de su película, de los desmanes policiales, del racismo creciente y, sobre todo, de la polémica provocada por la retirada de banderas confederadas y monumentos en algunos edificios oficiales y espacios de ciudades del Sur, soltó su ya famosa: “La bandera confederada es la esvástica de América”. Ahora solo tiene a reaccionarios, racistas, policías y, por su última ocurrencia, a algunos judíos en contra.