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Entrevista a Hakan Günday "Lo que siempre persiste en este mundo no es el dinero, es el mal"

El escritor turco Hakan Günday presenta '¡Daha!', una conmovedora epopeya sobre la migración a través de la mirada de un niño que junto a su padre trabaja de intermediario para una red que trafica con seres humanos a las puertas de Europa.

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El escritor turco Hakan Günday.- SELEN OZER

“Desde hace ya un tiempo he asumido que nunca podré escribir el libro que tengo en la cabeza”, confiesa el escritor Hakan Günday casi a modo de despedida. Desconocemos por tanto el ideal narrativo que rumia este turco nacido hace 40 años en Grecia, pero a tenor de su última aproximación, ¡Daha! (Catedral), lo que trama puede ser muy serio. Su lectura nos deja frases de esas que hielan por dentro, un puñetazo en el cielo la boca a la modernidad neoliberal y a la progresía biempensante. Ahí va un anticipo: “La primera herramienta que utilizó un hombre, fue otro hombre”.

Hijo de diplomáticos, educado en Bruselas y muy crítico con el régimen de su país, Günday nos abre las puertas del tráfico humano de la mano del más sádico de sus verdugos: un niño de 9 años llamado Gazâ. “Aceptar la crueldad es algo que uno acepta cuando no ha conocido otra realidad, es entonces cuando empiezas a jugar con la vida de la gente como si fueran insectos. Lo que siempre persiste en este mundo no es el dinero, es el mal”. Y la realidad que ha conocido Gazâ no es otra que ese enorme corredor de 1500 kilómetros sobre el Bósforo, otrora “puente de civilizaciones”, reconvertido ahora en subterfugio por el que despacha día sí y día también su particular “cargamento”, a saber; un puñado de seres humanos con muy poco o nada que perder. Gazâ es el guardián de la “mercancía”, en la orilla del mar Egeo, junto a su hogar, es allí donde oculta a los desesperados que intentan llegar a Europa a través de Grecia.

Ed. Catedral

“Lo que buscaba con esta novela era un laboratorio para trabajar sobre la relación entre el individuo y el grupo, una relación que para mí es problemática porque puede derivar en dictaduras o en linchamientos”. Un experimento cuya incógnita Günday sitúa en la víctima, de tal forma que corre a cargo del lector ponerle cara y ojos al sufrimiento. “He querido mostrar el grado de horror del que es capaz el verdugo y vaciar de contenido a la víctima”, explica el autor. Dicho de otro modo; remover conciencias, salirse de los clichés impuestos por los grandes medios: “Nos dicen que debemos empatizar porque son buenos y pobres o al contrario, nos dicen que son violadores potenciales, pero la clave están en que si por algo hemos de empatizar con ellos es por su cualidad de seres humanos. A veces da la impresión de que millones de personas un buen día decidieran hacer las maletas y dejar su casa para marcharse hacia lo desconocido, no hay matices, sólo números y certezas”.

Y así es como llegamos a la foto de Aylan, símbolo de la infamia, pero de una infamia vacua, sin recorrido y por tanto carente de interpretación. “Ese niño en realidad llevaba tirado en la arena años y años, décadas de políticas internacionales muy discutibles que han provocado esta situación”. Una encrucijada a la que Europa no encuentra salida, servil a los poderes supranacionales y a un cortoplacismo electoral que condiciona cualquier medida a tomar.

El precio del miedo

Europa no sabe ni contesta. Cientos de miles de personas a la espera y kilómetros de concertinas de respuesta. Una crisis existencial en toda regla que Günday achaca a la incapacidad europea de poner al día viejos valores. “Muchas de nuestras creencias, por las que hemos luchado y trabajado durante dos siglos, se muestran ineficientes en momentos de crisis. La sociedad cree seguir viviendo en un marco de derechos humanos y ahí radica el problema. Hemos de ser capaces de renovar dichos valores”.

Un problema que genera frustración al por mayor y que, como apunta el autor, es solo el paso previo a una dolencia aún mayor: el miedo. “En situaciones extremas el producto de más éxito siempre es el miedo porque una vez que consigues vendérselo a alguien ya le puedes ofrecer cualquier cosa, incluido el odio, el racismo o la discriminación. De modo que la pregunta que debemos hacernos es sencilla: ¿cuánto vale nuestro miedo?”.