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Entrevista a Joe Crepúsculo "Hay mil maneras de comprometerse sin tener que hablar de política en las letras"

El músico catalán presenta este jueves en Madrid su octavo álbum, Disco duro, un trabajo reflexivo, crítico y sugerente.

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Crepus, pompas y champán.- BARBARA MINGO

Se comenta en los mentideros e incluso hay vídeos que lo corroboran, a saber; que la fábrica de baile pergeñada por el licenciado Joe Crepúsculo causa estragos allá donde va. “Mis conciertos son como un partido de tenis con cuatro pelotas”, confiesa el artista mientras contempla embelesado a un gorrión picotear la nada en una céntrica terraza madrileña. No es para menos, sus recitales derivan —siempre a caballo entre la chanza y la hermenéutica— en una suerte de delirio comunal sobre las tablas.

“El hecho de que el público se suba a cantar y bailar implica que esa cosa tan sagrada que es el escenario, donde el demiurgo cuenta su milonga, se va al garete a través de la interacción con el público y esto es algo que me parece muy bello y peligroso a la vez”. Un limbo verbenero que podrán atestiguar los fieles que se dejen caer este jueves por la sala Ochoymedio donde el catalán presentará su último trabajo, Disco duro (El Volcán Música & Ópalo Negro, 2017).

Un disco plagado de dualidades que Crepus tiene a bien diseccionar: “He querido jugar con algunos conceptos como lo analógico y lo digital, lo viejo y lo nuevo, la gente joven y los no tan jóvenes”. Duplas de las que el autor se sirve para conceptualizar un puñado de canciones que abordan con el humor y la ironía de siempre, temas de enjundia que van del desquicie 2.0 y la sobreinformación, al mito de la caverna o el inexorable paso del tiempo. Todo ello —no se asusten— bajo la batuta tecno-pop de siempre, pero esta vez algo más relajado de lo que acostumbra, más reflexivo.

Surge entonces una nueva ambivalencia —profundo/frívolo, serio/ufano— que el autor resuelve a modo de reivindicación personal: “Cuando un artista es serio quieren verlo como con capa y melena al viento, parece que no mola mezclar eso con el humor y la frivolidad. Para mí es necesario que en un disco estén expuestas mis dos facetas”. Así, en temas como Pisciburguer, se destapa el Joe más hedonista, ese que imagina tardes de verano, piscinas y hamburguesas post-farra. Y a apenas unos cortes de distancia, nos topamos con el pincel tenebrista del catalán en Rosas en el Mar o Música para Adultos, luces y sombras en el nuevo cancionero del de Sant Joan Despí.

El Crepúsculo capitalino

Joe Crepúsculo lleva en Madrid desde hace un par de años. Tiempo en el que ha compuesto sus dos últimos álbumes y en el que ha ido consolidando su vinculación con el sello El Volcán Música, comandado por Javier Liñán y del que han surgido provechosos encuentros con músicos ajenos al linaje indie como pueden ser El Canijo de Jerez, Las Negris o Tomasito. Un nuevo escenario, el madrileño, en el que Joe parece haberse adaptado sin aparente dificultad: “Me encantan los bares auténticos, ya sean de barra de zinc o de madera, forman parte de la idiosincracia de esta ciudad y es una pena que muchos de ellos estén desapareciendo. Me gusta vivir aquí, pese a que en cierta manera se esta barcelonizando, al menos en lo referente al turismo”.

Con cientos de ritmos en la cabeza y los pies en el suelo, Crepúsculo no rehuye lo político —de hecho no dudó en aceptar el encargo de Podemos de componer un himno electoral—, pese a que considera que no es —o no tiene porqué ser— el lugar del músico. “Hay mil maneras de comprometerse sin tener que hablar de política en las letras. Es un error que se relacione siempre compromiso y política. Quizá la política sea la manera ideal de vehicular determinadas demandas, pero creo que yo a través de la música puedo comprometerme con la felicidad de la gente”.