Publicado: 14.10.2016 19:34 |Actualizado: 17.10.2016 07:00

Escritoras con máscara de hombre

Hacerse un hueco en el mundillo editorial siendo mujer no es tarea fácil. Esconderse tras una identidad de hombre ha sido históricamente la solución para muchas de ellas.

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La inefable Colette

La inefable Colette

MADRID.- Son muchas las mujeres escritoras que a lo largo de la historia han echado mano de pseudónimos masculinos con el fin de zafarse de una lógica falocéntrica que, siendo generosos, les relegaba a ser fuente de inspiración masculina. Madre o musa del literato, eso es lo más cercano que una mujer podía estar del noble arte de empalabrar. El Olimpo de las letras les quedaba vedado y la única forma de escapar parecía ser esconderse tras una máscara de hombre. De Amantine Lucile Aurore Dupin (George Sand) a J. K. Rowling (Robert Galbraith) pasando por Mary Ann Evans (George Eliot), el motivo suele ser el mismo, a saber; aquello que en su día confesó la ilustre Rosalía de Castro: “Los hombres miran a las literatas peor que mirarían al diablo”.

George Sand

George Sand

Quizá estemos ante el paradigma de esta pléyade de mujeres enmascaradas tras un apelativo masculino. Genio y figura, Amantine Lucile Aurore Dupin —la mujer escondida tras George Sand— hizo de su biografía una obra de arte. Imbuida en el ambiente romántico que reinaba en literatura europea, hizo de su capa un sayo y bandeó los códigos sociales reinantes con actitud desafiante. Ataviada con chistera y levita, se rodeó de los popes del romanticismo entre los que encontró grandes amistades, tales como el compositor Franz Liszt, el pintor Eugène Delacroix, el escritor Heinrich Heine, así como Victor Hugo, Honoré de Balzac, Julio Verne, Alejandro Dumas y Gustave Flaubert. Promiscua, andrógina, provocadora y, lo que es más importante, prolífica y talentosa; es autora de más de 140 novelas, otras tantas obras de teatro y un sinfín de textos periodísticos. Su obra más emblemática es Indiana, donde aborda el adulterio, la coacción social y el deseo insatisfecho de un amor romántico.



Las hermanas Brontë

Las hermanas Brontë

Protagonizan uno de los episodios más asombrosos de la historia de la literatura. Imaginen tres hermanas —Charlotte, Anne y Emily— huérfanas de madre en un pueblucho perdido al norte de Inglaterra, un ambiente nada halagüeño para desarrollar una carrera literaria. Pues bien, las hermanas consiguieron sublimar las rígidas ataduras de la Inglaterra victoriana convirtiendo sus anhelos en obras maestras de la literatura. La primera en publicarse fue Jane Eyre, a cargo de Charlotte, la mayor de las tres. Lo hizo bajo el seudónimo de Currer Bell, logrando un notable éxito de público y crítica. Le siguieron Anne y Emily, —Acton y Ellis Bell, respectivamente—, con Agnes Grey y Cumbres borrascosas, esta última, por cierto, considerada un clásico de la literatura inglesa, pese a que en su día contó con un recibimiento un tanto frío.

George Eliot

George Eliot

Tapadera de Mary Ann Evans; británica, políglota y provinciana para más señas. Un perfil que, de hecho, parece repetirse entre las pioneras del seudónimo masculino. En sus obras —cultivó la poesía y la novela— reflejó los conflictos morales de la época y la cotidianidad de la campiña inglesa en un mundo cambiante. Su interés por la obra de Spinoza o Feuerbach, así como su amistad con Stuart Mill y Herbert Spencer fueron moldeando su formación. Entre sus novelas más reconocidas por la crítica destacan Middlemarch y El molino del Floss.


Gauthier

Gauthier

Nacida Sidonie Gabrielle Colette, contrajo matrimonio con el escritor parisino Henry Gauthier Villars, quien, consciente de la capacidad literaria de su joven esposa, tuvo a bien publicar bajo su nombre una serie llamada Claudine, basada en los recuerdos que esta tenía de su niñez y adolescencia. El éxito fue tal que superó incluso las expectativas de Gauthier, convirtiéndose en un auténtico fenómeno literario. Las continuas infidelidades de Gauthier hicieron que Colette se replanteara su matrimonio, desarrollando posteriormente una fructífera carrera como escritora, crítica teatral e incluso llegó a hacer sus pinitos en el music-hall.

Fernán Caballero

Fernán Caballero

Pionera en nuestro país, tuvo claro que si quería hacer carrera literaria en la España de mediados del ochocientos, no podía hacerlo con un nombre de pila que sonaba casi a provocación; Cecilia Böhl de Faber y Larrea. Hija del cónsul Juan Nicolás Böhl de Faber y de la también escritora Frasquita Larrea, los críticos sitúan la obra de Cecilia Böhl —y en concreto la novela La Gaviota— como precursora de la novela realista española.





J. K Rowling

J. K. Rowling

Archiconocida tras la publicación de Harry Potter y la piedra filosofal, lo cierto es que los inicios de Joanne Rowling no parecían muy halagüeños. Quizá por ello sus editores dejaron caer la posibilidad de que utilizara un seudónimo, de esa forma —pensaron— podría llegar más fácilmente a un público infantil y adolescente. Pero esta no fue la única vez que echó mano de un seudónimo, la escritora multimillonaria decidió probar suerte como Robert Galbraith en su reciente incursión en la novela negra. Esta vez sí, consiguió el reconocimiento de la crítica.


Víctor Catalá

Víctor Catalá

Las furibundas críticas que recibió la obra teatral La infanticida, fechada en 1898 y escrita por una jovencísima narradora catalana llamada Caterina Albert, hicieron que ésta se decidiera por ocultar su verdadera identidad para evitar así la reprobación profundamente sexista que sufrió con su estreno literario. La autora —ya como Víctor Catalá— pudo desarrollar una fructífera carrera narrativa que alcanza su cénit con Solitud, texto que se enmarca dentro del modernismo.