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La España del 23-F se detuvo en un burdel

 La tragicomedia El bordell, de Cunillé, repasa la Transición con metáforas e ironía

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El rey, no sabemos si en pijama o no, la noche del golpe de Estado frustrado de Tejero, estaba en un burdel de carretera, cerca de la frontera francesa. Por lo menos, ahí estaba el personaje de la obra El bordell que se hace llamar rey de España. Aquella noche de tempestad coincidió con un militar, un político y un banquero, que decidieron comprar el lupanar. La obra, escrita por Lluïsa Cunillé y dirigida por su colega Xavier Albertí, se estrena esta noche en el Lliure y estará en cartel hasta el día 30.

La escena se sitúa el 23 de febrero de 2006, cuando los variopintos personajes hablan de lo que ha sido de ellos: del fracaso de sus vidas. Estamos ante fantasmas producidos por la imaginación teatral. Personajes decrépitos. Cunillé nos brinda una poetización de la decrepitud de unos tipos que 'tienden a actos heroicos que no culminarán nunca', explica Albertí. Cada uno de los tipos del burdel, aunque con toda su originalidad, está inspirado en un personaje de Shakespeare: el viejo militar, en Coriolano; el viejo banquero, en Timón de Atenas, el viejo político, en el Rey Lear... Además, un toque del Valle Inclán más esperpéntico les acaba por dar personalidad propia.

A pesar de las evidentes apariencias, la obra no pretende ser revisionista ni defender ninguna postura política. Interesan los caracteres de cada protagonista más que el trasfondo. 'No estamos ante ningún ensayo sobre la memoria histórica', advierte Xavier Albertí. Sin embargo, el director concede que los personajes aportan evidentes metáforas del cuarto de siglo trans-currido: así, el político es un travestido (léase chaquetero), o un joven de 16 años que aparece por ahí, padece amnesia (léase el olvido histórico que sufre su generación)... La prueba de que no hay intención didáctica es que estas circunstancias autóctonas de la realidad española, no impiden que la obra sea perfectamente comprensible por una extranjero.

Todo está regado de una profunda ironía, marca de la casa. En el burdel no ha pasado el tiempo. Siguen sonando los grandes éxitos de los años setenta, por supuesto, en discos de vinilo. 'La escenografía podría haber salido de una foto real de la época', comenta Albertí.

Lluïsa Cunillé ha asistido a todos los ensayos. Así ha ido puliendo el texto. Es su estilo. El guión definitivo se ha acabado, prácticamente, al dictado de los actores. Esta última obra de la dramaturga catalana, por lo tanto, no aparece entre las 10 que han sido seleccionadas por Edicions 62 en el libro Deu peces (Diez piezas), que acaba de salir a la venta.