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Esther Tusquets, la "gran señora de la edición"

Tusquets contribuyó decisivamente a redefinir la labor editorial en España, modernizándola y conduciéndola poco a poco hacia una normalización que la acercara tímidamente a potencias como Francia o Italia

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Como si nacer en un año tan señalado como 1936 debiera encerrar algún mensaje, Esther Tusquets pareció plantearse la vida como una excelente oportunidad para presentar batalla. Si bien criada en el seno de una familia de la burguesía catalana que le habría permitido volcarse en la ociosidad -fue una 'niña bien' según propia confesión-, con 23 años se licenciaba en Filosofía y Letras por las universidades de Madrid y Barcelona, ejemplificando lo que todavía suponía una anomalía en España: ver a una mujer con estudios superiores. 

Apenas un año más tarde ocupaba el cargo de directora de la editorial Lumen, trabajando codo a codo con su padre, Magín, y adelantándose en casi una década al proyecto con el que su hermano Óscar seguiría su camino de publicar libros a partir de una idea de excelencia y servicio cultural: la fundación, junto a Beatriz de Moura, del sello Tusquets. El nombre de Lumen, extraído de la unidad de medida del flujo luminoso, ya da una pista de las intenciones del barco que comandó durante cuatro décadas: arrojar algo de luz sobre el opaco panorama editorial español durante la época franquista.

Mientras que una editorial como Seix Barral se postulaba como el escaparate de los representantes más destacados del boom latinoamericano y garante de que las modernas corrientes literarias europeas encontraran quien las tradujeran, y un sello como Anagrama cumplía en sus orígenes con una función más politizada por medio de la publicación de combativos ensayos de izquierda, Lumen destacó desde el principio por dar salida a grandes clásicos, especialmente a través de la colección 'Palabra en el tiempo' en la que confluyeron autores como Virginia Woolf, James Joyce o Louis-Ferdinand Céline, o novedosos enfoques, como representó la colección 'Palabra e imagen', donde la prosa de Camilo José Cela o Miguel Delibes dialogaba con las fotografías de Joan Colom o Ramón Masats.

Junto a figuras como Carlos Barral, Jorge Herralde, Josep Maria Castellet, José Manuel Lara o Jaime Salinas, Tusquets contribuyó decisivamente a redefinir la labor editorial en España, modernizándola y conduciéndola poco a poco hacia una normalización que la acercara tímidamente a potencias como Francia o Italia. De ser una modesta empresa familiar aupó Lumen a sello de referencia, el cual tuvo en El nombre de la rosa de Umberto Eco y en las tiras cómicas de Mafalda sus éxitos más sonados. De aquí su traumática salida de la casa con la llegada del nuevo milenio,  la cual estuvo plagada de desencuentros con el nuevo equipo rector, un divorcio que muchos vieron como una metáfora del traspaso del negocio editorial de manos de los sabios y veteranos amantes de los libros a especialistas en empresa y mercadotecnia. La 'gran señora de la edición', como la había bautizado al todopoderosa agente Carmen Balcells, pasaba a un retiro forzoso.

Mucho antes del disgusto, concretamente en 1978, Esther Tusquets había sorprendido a propios y extraños pasando al otro lado del espejo con una primera novela, El mismo mar de todos los veranos,  que fue celebrada como un soplo de aire fresco en el algo acartonado panorama narrativo español. A través de la crónica de la autodestrucción de su narradora, empeñada en hallar la felicidad allá donde la sociedad le barraba el camino, Esther Tusquets marcaba las líneas maestras de lo que sería su corpus de ficción: personajes femeninos envueltos en un constante desafío a la moral convencional y aspirantes a gozar del verdadero amor a toda costa, incluyendo el autosacrificio. La obra acabó deviniendo una trilogía con los títulos por El amor es un juego solitario y Varada tras el último naufragio.

El erotismo, la exploración del fracaso, el desengaño y los misterios del corazón, la descripción del vacío burgués y de los cambios sociales en la España de las últimas décadas, también impregnaron títulos como La niña lunática y otros cuentos (Premio Ciudad de Barcelona en 1997), Correspondencia privada, Siete miradas en un mismo paisaje o Para no volver.

En sus declaraciones y en sus libros de no ficción Esther Tusquets hacía gala de la misma honestidad desgarradora que desprendían sus criaturas de ficción. Volcada en sus últimos años en una profunda mirada introspectiva y en un elegante ajuste de cuentas, Confesiones de una editora poco mentirosa le brindó la oportunidad de volver la vista atrás a sus largos años en Lumen, repasando su aventura en la empresa y su triste adiós, si bien el tono del conjunto venía definido por su infinita pasión por la literatura. 

Habíamos ganado la guerra fueron sus memorias de infancia y juventud, marcadas ambas por crecer en un ambiente muy franquista, con las que volvió a desconcertar al señalar que en cuestiones políticas era 'ingenua y de buena fe', de aquí que al afiliarse a la Falange pensaba 'a pie juntillas que era de izquierdas', o confesar el desprecio que su madre sentía por ella. Este striptease íntimo y personal concluyó con Tiempos que fueron, obra escrita a cuatro manos con su hermano Óscar, donde prácticamente cayeron los últimos velos en torno a la familia Tusquets. Aficionada a los juegos de azar -reflejados en su novela Bingo- y autora también de libros infantiles, declaró que el sentido del humor era el principal escudo frente a la 'porquería de la vejez' y que 'muy raramente me siento culpable'. A pesar de pasarse media vida escribiendo sobre el pasado, era de la opinión de que todo tiempo presente es mejor.