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Estrenos de cine 'Blade Runner 2049': ¿Sueñan los espectadores con obras maestras?

La película de Denis Villeneuve, un ejercicio visual prodigioso con el sello del director de fotografía Roger Deakins, retrata un planeta afín al nuestro, ‘amenazado’ por una generación de replicantes "más humanos que los humanos".

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'Blade Runner 2049', un mundo de amos y señores, humanos y replicantes obedientes fabricados para servir, pero todavía 'amenazado' por la generación de seres artificiales de Tyrell Corporation

El nuevo blade runner, el agente K del Departamento de Policía de Los Ángeles, se mueve por un planeta que se parece mucho más al de hoy que al que acogió hace treinta años al legendario Rick Deckard. Agotados los recursos, sofocado por la contaminación, poblado por individuos fatigados, en la miseria… un universo de explotación infantil, prostitución, incomunicación y esclavitud. Es un mundo de amos y señores, humanos y replicantes obedientes fabricados para servir, pero todavía 'amenazado' por aquella generación de seres artificiales creados por Tyrell Corporation para ser "más humanos que los humanos".

Entonces, los blade runner no 'retiraron' a todos los replicantes fugitivos, a los que ahora persigue el agente K (Ryan Gosling). Poco más se puede contar de esta historia sin desvelar algunos de sus secretos. Sin embargo, escribir sin hacer un spoiler de Blade Runner 2049 no es fácil, justamente porque ahí está su mayor 'gancho' argumental.

La película de Denis Villeneuve, arropadísima por la asombrosa, deslumbrante fotografía del veterano Roger Deakins, rodea los territorios de la obra de Ridley Scott, los va cercando, se acerca, pero no termina de fundirse con ellos. Y al final de la película queda un vacío, el de la poética, el alma de aquella y sus personajes. Paradójicamente, el de su humanidad.

De vuelta Rick Deckard

Aquí son esos giros clave en la narración –además de la prodigiosa creación de imágenes- los que sostienen un metraje excesivamente largo -163 minutos, es decir, casi tres horas- y el ritmo premeditadamente sosegado de su protagonista, que hacia la mitad recibe, felizmente, el ánimo del gran Harrison Ford. De vuelta Rick Deckard, la película sube, los diálogos y los gestos emocionan y el espíritu del primer Blade Runner asoma.

El ánimo de Harrison Ford se mezcla con el espíritu del primer 'Blade Runner'

En los días de la crítica express, donde a un periodista no le dan ni se da a sí mismo tiempo para reflexionar una película, los medios de comunicación y las redes sociales se han saturado de juicios y sentencias. Los expertos pontifican. En segundos, Blade Runner 2049 era la nueva obra maestra de nuestros días, para algunos incluso superior a la de Scott. No hubiera sido lógico que, justamente ahora, el espectáculo visual de una superproducción de 185 millones de dólares y en manos de Villeneuve, un superdotado en este territorio, acompañado de Deakins, hubiera quedado en unos simples fuegos artificiales.

La honda aflicción de Roy Batty

El banquete de sensacionales imágenes que envuelve la historia hace aquí mucho más que eso, seduce hasta tal extremo que hipnotiza al espectador, le adormece otros sentidos, le transporta a ese universo y le abruma con esa grandiosidad. Y en el fondo, debajo del espectáculo, detrás de los actores –todos ellos impecables y Ford, espléndido-, el relato solo coquetea con cuestiones esenciales, pero se agacha, baja la cabeza ante ellas y se encierra en una historia bastante más convencional.

Blade Runner 2049 es, sin duda, un gran blockbuster, una buena película, pero, a riesgo de contradecir a los popes de la crítica express, no juega en la misma liga que Blade Runner. Comparar no es lo mejor, aunque aquí es inevitable rememorar pasajes de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Philip K. Dick) y, por supuesto, del clásico de 1982. La tristeza que casi podías tocar de la primera película, la profunda verdad de esos personajes, la honda aflicción de Roy Batty serán eternas.

Los replicantes de 'Blade Runner 2049', los esclavos creados por los seres humanos

Humanas, hologramas, replicantes

Como dice sabiamente el escritor y periodista David Torres, en realidad, "nunca importó un carajo si Deckard era o no un replicante, sino que Batty era de verdad un ser humano". En la película de Denis Villeneuve sí importa, de hecho uno de los juegos en los que el cineasta mete al espectador es en el de ir descubriendo quién es replicante y quién, no. Al final, y perdonen los expertos, a mí me da lo mismo. Si los personajes protagonistas son más o menos humanos porque nacieron humanos o son replicantes modelo Nexus 6 o similares, no me inquieta nada.

A mí lo que me conmueve es que los replicantes de Blade Runner 2049, en el mundo para el que se ha hecho la película, son los esclavos creados por los seres humanos. Hermanos de los pobres, los refugiados, los inmigrantes, los explotados… Me perturba que las mujeres de esta ficción –humanas, hologramas o artificiales- sean putas, asesinas, geishas… Me estremece que los niños-robots sean explotados… y me indigna muchísimo que en casi tres horas no se dude, se dé por sentado, que los replicantes esclavos serán siempre obedientes. Y me irrita el mensaje mesiánico que sustenta la única posibilidad de un futuro mejor.