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El poder evocador de un objeto feo

El centro DHUB de Barcelona revela los mecanismos que se ocultan tras los denostados pero masivos souvenirs

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Están todos ahí. El gato chino de la fortuna, el Action Man de Van Gogh, el cepillo de uñas de la Puerta de Brandenburgo y la Neobarretina. Incluso suena Volver, a través del hilo musical de una de las salas. El centro Disseny Hub Barcelona (DHUB) del Instituto de Cultura de la ciudad inauguró el pasado jueves la exposición Efecto souvenir. Fetiches de viaje, más allá de los tópicos, que investiga la doble condición del souvenir: su escasa utilidad (e incluso su fealdad) y, al mismo tiempo, su capacidad de evocar nuestras vacaciones.

Con esa premisa y sin perder de vista que el DHUB es un centro de diseño y no un almacén de chismes inservibles nació la idea de la muestra. Sin 'demonizar a nadie, que todos hemos sido turistas en algún momento', explica el polifacético diseñador barcelonés Òscar Guayabero, comisario de la exposición. La mayoría de los souvenirs terminan sus días abandonados en cualquier cajón o llenos de polvo en una estantería. Pero, atrapado en su interior, todos contienen el recuerdo de una experiencia única, la historia de un viaje. A esos pequeños objetos ha dedicado el diseñador responsable de la muestra más de dos años de investigación y reflexión. El resultado es este viaje que empieza en los orígenes del souvenir las reliquias religiosas y los amuletos, para luego desvelar el funcionamiento de la industria del recuerdo y especular sobre su futuro como objeto banal y pieza de diseño.

Hay trotamundos vocacionales que huyen de itinerarios cerrados y se acercan a los países que visitan con interés por comprenderlo todo. Y luego está el turista 'sin tiempo ni ganas más que para confirmar los tópicos que ya sabía antes de llegar al país en cuestión', asegura Guayabero. Ese es el target principal de la industria del recuerdo. Como dijo la investigadora Emilia García Escalona, 'comprar parece tan interesante como visitar'.

Antes incluso de abandonar nuestro destino turístico, la nostalgia de lo vivido puede empujarnos a adquirir el souvenir. Una derivación de este mecanismo es el estilo japonés de visitar lugares. Lo explica uno de los paneles de la muestra: los nipones tienen tan pocos días de vacaciones que su verdadero viaje lo viven luego, cuando de vuelta a casa, ven sus fotos. Una vez más, la muestra reflexiona sobre el poder evocador de un objeto, sea un pisapapeles, un cenicero o una foto.

Otro tema que aborda la exposición es la souvenirización del dolor y el efecto terapéutico que se deriva de ese modelo. Los fragmentos del muro de Berlín insertados en las postales o los llaveros de la ciudad, o un mapa de Sarajevo que muestra la situación de los francotiradores durante la guerra son dos buenos ejemplos.

Una de las salas de la exposición se ocupa de los metasouvenirs, es decir, de la alternativa que ofrecen museos y centros culturales de todo el mundo a aquellos turistas que no se conforman con el objeto reiterativo (es la industria retroalimentándose). Reinterpretan el tópico, aplicando a la mezcla una pizca de ironía, sentido del humor e incluso denuncia política, como en el caso de la camiseta agujereada por un disparo de una una 9 milímetros Parabellum, como recuerdo del País Vasco, o el Action Man de Van Gogh con una o dos orejas.

Efecto souvenir es una de las cinco muestras que el DHUB dedica al turismo y culminará en diciembre con la publicación de un libro que recopilará los textos de todas las exposiciones y artículos de autores diversos. Las piezas mostradas provienen de otros museos y centros de diseño y también de coleccionistas particulares que han accedido a mostrar el fruto de sus peripecias vacacionales.