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Falta el preso con chaleco y sombrero

Giacomo Casanova huyó de la cárcel de Los Plomos en 1755

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El 25 de julio de 1755, al amanecer, abrieron su habitación: 'Despertarme, verle y oírle preguntarme si yo era Giacomo Casanova fue cuestión de un momento. [...] Me ordenó que le diese todo cuanto hubiese escrito, fuese mío o de otros, que me vistiese y me fuese con él. Cuando le pregunté de parte de quién me daba esta orden, me respondió que era de parte del tribunal'.

Giacomo Casanova (1725-1798), aventurero, seductor y diplomático, trabajó también durante los últimos años de su vida como confidente de la República de Venecia, aunque ello aparece en la monumental autobiografía que lo convirtió también en un escritor inolvidable. Quizá porque le pareció indigno de sí mismo, quien había sufrido no sólo la persecución de ese mismo estado menos inquisitorial que el resto de Europa sino que le había tocado compartir celda, después de esa mañana de julio en que lo levantaron por orden del tribunal, con un chivato profesional, un tal Soradaci. El desprecio con el que lo miraba entonces, se resume en esta frase: 'A las 18 horas he cenado y bebido agua. Soradaci se tomó todo el vino y comió todo el ajo que había; era su mermelada'.

Aventurero, seductor y diplomático, trabajó en sus últimos años como confidente de la República de Venecia

Casanova, acusado de poseer libros impíos y de no creer más que en el diablo, aunque en la orden de detención no faltaron también esos rumores que encienden el celo de los burócratas, ingresó en la cárcel de Los Plomos ese mismo día. Corría por entonces en la ciudad la historia de una amante despechada que, no correspondida por Casanova, se había vuelto loca. 'La palabra tribunal me petrificó el alma', escribe él al recordarlo. Encerrado y sin ninguna fe en disfrutar de un juicio justo, acabó encontrando la salida más corta: La fuga de Los Plomos (Alianza) es una de las más célebres aventuras que luego relataría en su Historia de mi vida.

El fraile con el que compartió fuga tampoco es que fuera mucho más sobrado de inteligencia que el idiota de Soradaci (a los tres bastardos que nacieron de sus tres jóvenes amantes tuvo el honesto impulso de darles su nombre, con lo que el cura del que dependía acabó por denunciarlo ante los tribunales). Pero sabía latín.

Entre los libros que se intercambiaban, con la inestimable ignorancia del carcelero que los custodiaba, Casanova y su compinche fueron insertando las notas y cartas sobre las que describían sus planes de fuga. El fraile fue el encargado de abrir el agujero en el techo del calabozo de Casanova, que una vez en el tejado, conduciría el resto de la escapada. Es conmovedor cómo Casanova convence al creyente Soradaci, no sólo de la próxima llegada de un ángel, sino que además él mismo debía recortarles la barba llegada la hora. Y así lo hace. Casanova y el fraile huyen recién afeitados. 'Ambos en chaleco, con el sombrero puesto, nos fuimos a la aventura'.

Corría por la ciudad la historia de una amante despechada que, no correspondida, se

Si la fuga ya habría sido demasiado humillante por sí sola como para que la nobleza le permitiese regresar durante mucho tiempo, la última parada que hizo antes de dejar el territorio de la República refleja una audacia sin límites. Esa noche, haciéndose pasar por el alcalde de Treviso, durmió en casa del encargado de su búsqueda y captura. 'Me asombré de haber entrado en esta casa, y más todavía de haber podido salir de ella, y me parecía imposible que no me persiguieran. He andado cinco horas seguidas por bosques y montañas, sin mirar nunca hacia atrás'. Tardaría casi 20 años en regresar y no recuperó la nacionalidad hasta 1774.