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Feroz

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Se ha especulado mucho sobre lo que les sucedió a Caperucita y al Lobo, pero los únicos que saben la verdad son los habitantes del bosque, que juran y perjuran que la niña y la bestia se casaron tan pronto ella fue mayor de edad, y que vivieron felices no muy lejos del pueblo de San Juan de Mombirroso, en plena Sierra de Mombirroso. Los problemas llegaron, dicen los chismosos del pueblo de San Juan de Monbirroso, cuando el niño lobo que nació de su unión creció y entró en la pubertad. Sin poder salir del bosque por su condición mitad humana, mitad animal, Val, que así se llamaba el joven, vivía con crispación su destierro involuntario. Y más, con un padre y una madre que habían vivido la juventud a todo tren y ahora subsistían con el dinero que les mandaba la SGAE por los derechos de autor de un pasado mil veces contado.

Cada vez que había luna llena y Val se transformaba en lobo, a la mañana siguiente estaba de un humor de perros, y de nada servían los pasteles de melaza que le preparaba Caperucita o los jabalíes que le traía el papá Lobo para que se diera un atracón. Cansado de una vida sin emociones, Val esperó a cumplir los 18 para buscar fortuna lejos de aquella arboleda. Aunque el azul de los lomos de la enciclopedia Larousse daba prestancia a las estanterías, ni Caperucita sabía leer, ni papá Lobo podía pasar las páginas con sus fuertes garras, y con maestros tan toscos, ni Stendhal, ni Cortázar, ni Calvino pasaron a formar parte de una sabiduría construida en esencia por la televisión, y en lo cotidiano por los secretos del bosque. Pero Val estaba convencido que fuera de ese hábitat tenía la oportunidad de florecer, y más, cuando una noche la cadena Ripper Tv anunció con gran pompa una nueva convocatoria de aspirantes a la 43 edición de Gran Hermano. Sin pensarlo dos veces, Val envenenó a su madre con cicuta, conocida por los aldeanos como Conium maculatum, y tan pronto cazó a su padre con un cepo para devolverlo a la madre tierra, se fue con lo puesto a buscar fortuna.

Con la luna llena en el oscuro éter, Val mutó, su voz grave tornó en aullido, y la casa alteró sus lindos decorados en un matadero

Se presentaron muchos candidatos, pero Val, con su aspecto furtivo y su vida opaca, era demasiado raro para no llamar la atención del docto jurado, el cual, le eligió con otros doce ciudadanos representantes de la sociedad emprendedora. Val no sabía cocinar, pero tenía amplias nociones de bricolaje y era un experto en tumbarse en el sofá, y con estas credenciales y sus ganas de agradar a los demás, enseguida se convirtió en el más servil de los concursantes y en el favorito del público. Pero como no se puede estar en misa y repicando, a la cuarta eliminatoria estalló el conflicto de los conflictos televisados y Val tuvo que elegir y se unió al grupo liderado por Milo el matón y Daisy, la mujer que quería ganar los 50.000 euros para pagarse una operación y convertirse en un bulldog francés. Val, conocedor de lo que suponía transmutarse en bestia, trataba de convencer a Daisy del error que suponía la operación, un papel, el de paño de lágrimas, que le catapultó en las encuestas de los favoritos. Y en plena popularidad, y en vísperas de la quinta exclusión, ocurrió lo que tenía que ocurrir. Con la luna llena en el oscuro éter, Val mutó, su voz grave tornó en aullido, y la casa alteró sus lindos decorados en un matadero de la que sólo salió vivo Val, brillante ganador del concurso Gran Hermano 43.

Lejos de convertirse en un apestado, Val acaparó portadas, debates y fue motivo de estudios antropológicos, y temeroso de perder a su estrella mediática, Rosauro Vilarrefour, presidente de la cadena, le ofreció un contrato blindado para alejarlo de los cantos de sirena llegados de las islas de la competencia. Mucho dinero, que demostraba que haber leído a Stendhal, Cortázar o Calvino era una pérdida de tiempo en un mundo sin pausa. Como compensación a una nómina escandalosa en época de crisis, Val tenía que participar como colaborador en las tertulias de las tardes, eso sí, adaptadas a su condición de hombre bestia, tertulias que terminaban tan pronto el sol empezaba a pernoctar.

Val se declaró apolítico, o lo que es lo mismo, se declaró liberal y fervoroso defensor de lo políticamente correcto siguiendo las consignas marcadas por un asesor de imagen que había asesorado a líderes políticos obsesionados en lograr la categoría de estadistas. Su frase, 'soy humanista', eslogan elaborado por la agencia de publicidad Shave the planet y que pretendía convertir a Val en un icono de la juventud, causó furor y sirvió como contrapunto a su imagen de hombre lobo estampado en pósters y camisetas a imagen y semejanza del líder revolucionario Ernesto Che Guevara. Una efigie que superó barreras sociales y que fue adoptado por el lumpen y los snobs con el mismo fervor con la que a Jesucristo le rezaban ejecutores y ejecutados. Val era sin duda el hombre lobo del pueblo.

Ser mitad bestia, mitad hombre significa poseer un metabolismo infatigable y la cadena decidió explotar a Val

Pero a mayor popularidad, menor era el aprecio del público por sus compañeros, y harto de pagar unos sueldos no justificados con su nivel de popularidad, Rosauro Vilarrefour ideó un plan que consistió en trucar el reloj del plató, alargar la publicidad y estirar la tertulia hasta que la esfera lunar aplastó la ciudad con una luz torrencial. De los once compañeros, solo salvó el pellejo Famele Tunante. Un hecho, el de no querer comerse a la compañera, que Val justificó con una frase que dejó atónitos a los gourmets: 'los hombres lobo también tenemos nuestro paladar'. ¡Qué cosas!

Ser mitad bestia, mitad hombre significa poseer un metabolismo infatigable, y la cadena decidió explotar a Val convirtiéndole en el único presentador e invitado de la cadena. Él hacía las preguntas y él se las contestaba, una manera de hacer periodismo que si bien no era novedosa recordemos que Val no era periodista, sí que impuso la moda del pensamiento único en todas las cadenas que, tratando de imitar a Ripper Tv, habían contratado a un hombre asno, a un hombre culebra y, en un claro ejemplo de desesperación, a un hombre oso hormiguero con claros síntomas de tripolaridad. Desde el Olimpo de su empresa, Rosauro Vilarrefour observaba el espectáculo como la historia había contemplado a Napoleón a los pies de las pirámides de Egipto.

Al final, fruto del éxito, Ripper Tv sufrió una opa hostil por parte de la multinacional china Red and Cheap. Su presidente, Jao Mao Min, era un hombre pragmático, y tras desterrar a Vilarrefour a la isla de Perejil, nombró a Val como único profesional de la cadena, nombramiento con el que el hombre y la bestia asumían un abanico de funciones que iban de la presidencia a técnico de luces, pasando por peluquería y maquillaje. La relación entre dirección y personal nunca fue mejor, y Jao Mao Min fue elegido Hombre del año.

En cuanto a Valbueno acabó más solo y amargado que en sus años de juventud en los bosques de la Sierra de Mombirroso. Lo dicen los chismosos del pueblo de San Juan de Mombirroso, los cuales aseguran, que en noches de luna llena, oyen melancólicos aullidos allí donde yacen Caperucita y el Lobo.