Publicado: 13.10.2014 07:56 |Actualizado: 13.10.2014 07:56

'Festiclown', una caravana de risas ante la barbarie

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Débora Matos, integrante y fundadora del grupo de teatro brasileño Traço, se quita la nariz de payaso y conteniendo las ganas de romper a llorar con la profesionalidad inherente a su oficio, se acerca a hablar con su acento suave y meloso a una familia recién llegada de Gaza. A su lado asiente en silencio respetuoso el clown Egon Seidler, su compañero en este viaje. A Pepe Viyuela, cómico de infinitos registros gestuales y curtido cooperante en conflictos bélicos, le cuesta disimular la tensa mueca de seria preocupación que desdibuja su faceta más conocida. Lo mismo le ocurre al músico Mr. Kilombo, Miki, cuando comienza a oír unas detonaciones nocturnas que no sabe discernir si son petardos o disparos de subfusil. Son diferentes momentos de una expedición tan titánica como romántica que, bajo el nombre de ‘Festiclown Palestina', ha llevado en su segunda edición a un grupo de ‘Pallasos en Rebeldía' capitaneados por el ‘flautista de Hamelín' de las risas gallego, Iván Prado -de ahí la doble "l" en lugar de la "y" que tanto confunde a los castellano parlantes-, a recorrer los territorios ocupados de Cisjordania en busca de una merecida sonrisa tras la última ofensiva israelí contra Gaza, franja donde no se les permitió actuar.


A tan arrojada y diríase que extraña comitiva, de pasaporte dispar, habría que sumar a los payasos argentinos Laura ‘Mandarina' y Marcelo González, a la compañía de cómicos trapecistas de uruguaya y madrileño, ‘Kanbahiota', al clown y acróbata polivalente, hijo de Teresa Aranguren, David Cebrián, al catalán Pablo Superestar o al escocés Johnny Melville. Todos ellos, apoyados por la cantera de la Escuela de Circo de Ramala, han actuado durante nueves días y ante cerca de 33.000 personas, en calles, escuelas, hospitales y campos de refugiados, en un tour por el desastre que comenzó en Jerusalén y continuó en Belén, el Valle del Jordán y Ramala antes de concluir en Nablus.


En busca de un final feliz

"Somos payasos. Hemos venido a tratar de sacaros una sonrisa". Quien habla acercándose de puntillas a una familia de mujeres que rodea y protege a un bebé recién llegado de Gaza es Débora. Primero la miran con recelo. A ella y a su compañero, esos dos brasileños cuyo acento inglés les cuesta reconocer y que han aparecido de la nada por los pasillos del hospital Al-Makased de Jerusalén vestidos con zapatones, ropajes estrafalarios y sin que quepa una pizca de color más en su maquillaje. Pero poco a poco, vistas las carcajadas del personal sanitario y contrastada la fama que les precede -son los mismos que un día antes consiguieron arrancar sonidos guturales de pura alegría a un bebé que llevaba dos meses mudo de voz y de mueca por el horror de una masacre que aún no comprende-, acceden a dejarse mimar por las carantoñas patosas de estos dos actores de teatro que saben muy bien lo que hacen. Como el resto de la experimentada caravana circense, llevan varios años desarrollando en paralelo este proyecto de clowns que trabaja con los más vulnerables y la misma cosa conseguirán días más tarde en la UCI del hospital de Rafidia, en Nablus. Allí, una adolescente herida por los bombardeos israelíes en Gaza, que perdió a su padre y cuya madre se encuentra también ingresada por quemaduras, llora el dolor en su significado más amplio hasta que los ve aparecer y le resulta imposible reprimir las carcajadas pese a lo incómodo de reír tras una mascarilla de oxígeno.


"Es lo peor de esta guerra, el daño psicológico. La heridas físicas se curan y los muertos se entierran, pero recuperar a alguien traumatizado es difícil", explica Ihab, un psicólogo palestino que trabaja en terapia de clown con niños y participa activamente en el festival. Lo sabe bien él y lo sabe también Pepe Viyuela, horrorizado junto al resto de compañeros que han ido a actuar en una gala que tiene lugar en un parque de Jerusalén. Allí, cientos de niños y adolescentes convierten una circense y soleada mañana de domingo en un polvorín con forma de ratonera a punto de reventar. Es la forma que tiene de relacionarse gran parte de toda una generación que ha nacido bajo la ocupación militar de un Estado con pocos miramientos a la hora de someter "terroristas". O lo que es lo mismo: cualquier palestino que les cuestione. La función, entre carreras de motos suicidas, peleas a guantazo limpio y un sinfín de pistolas de plástico capaces de disparar pequeños proyectiles improvisados que no hieren pero sí hacen daño -el juguete preferido de cuanto niño y no tan niño puebla el extrarradio de un norte que la última ofensiva en Gaza terminó de difuminar-, hacen que la fiesta esté a punto de suspenderse, varias veces, en beneficio de la integridad física de la expedición. Es el resultado de la violencia endémica que han visto en sus casas, en la calle, en el constante acoso que han sufrido desde que nacieron y que a una inmensa mayoría de críos que no levantan un palmo del suelo le ha costado la vida de padres, madres, primos o vecinos. Los cerca de 500 menores muertos este verano tampoco han ayudado. Para Rashed Swafta, coordinador de la ONG "Jordan Valley Solidarity" y palestino de mirada dulce y gesto calmo, que asume con paciencia que el Gobierno de Israel les haya arrebatado el derecho a extraer el agua que mana de sus pozos y ahora deban de comprársela a ellos -que son quienes la extraen-, a unos precios más que abusivos, el miedo está en saber qué pasará de aquí diez años con toda esa generación. No pocas voces temen que una vez sean mayores ya estén listos para "matar judíos", una ilusión de madurez muy recurrente entre la chiquillería.


Con todo, recuerda Ihab tratando de expresar en palabras la esperanza innata del pueblo palestino, "tenemos que vivir e intentar ser felices". Quizá eso explique las ganas de reír, pese a todo, de una asistencia esforzada en dar las gracias a cada momento e inmortalizar la alegría y los abrazos que se hacían con la expedición en mil y un ‘selfie'. En palabras de Iván Prado, director del Festiclown, "esta edición ha sido la más hermosa, compleja y necesaria de todas, movilizando miles de risas, corazones y esperanzas desde un lugar de humanidad llamado ‘payasería internacional', para derrumbar el Muro de la Vergüenza, el miedo y el ostracismo, armados con narices de payaso y con el alma a flor de piel".