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Fino Oyonarte: "Soñar es un motor para la creación, pero te puede causar tormentos"

El bajista de Los Enemigos presenta, tras militar en Clovis y Los Eterno, su primer disco en solitario, 'Sueños y tormentas'.

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Fino Oyonarte presenta 'Sueños y tormentas'. / FOTOS: RICARDO RONCERO


Fino Oyonarte (Almería, 1964) es una pieza esencial en el engranaje de la música alternativa de este país. Desde su tropiezo lisérgico con Glutamato Ye-Yé en una duna de Almería hasta su primer trabajo en solitario, Sueños y tormentas (Buenaventura), ha dejado escritas varias páginas en la historia del pop y el rock español.


Saboreó el éxito al frente de Los Enemigos, donde no sólo tocó el bajo y compuso alguna canción, sino que también aportó el músculo que apuntaló la longevidad de la banda madrileña: fue su portavoz, su caballete, su relaciones públicas, el alma de Alkilo —la discográfica que nutrió a los fans de vinilos— y un largo etcétera.


Como técnico de sonido, ejerció como productor del Super 8, la piedra filosofal del indie patrio, el zambombazo con el que Los Planetas irrumpieron en escena allá por 1994. También de los debuts de Los DelTonos (Tres hombres enfermos) y de Lagartija Nick (Hipnosis), tres décadas ya dando guerra, por no citar a otras bandas de culto como Mercromina o Franc3s.


De su experiencia neoyorquina nació Clovis, pop nebuloso y evocador mecido por la voz de Cristina Plaza, con quien se adentraría en el terreno de la psicodelia instrumental a bordo de Los Eterno, siempre con Yo La Tengo como referencia. Hasta el punto de que, como editor de Libros de Ruido, publicó su biografía Big Day Coming (Jesse Jarnow), que vino acompañada de Postales Negras (Dean Wareham, líder de Luna y Galaxy 500) y Wouldn't It Be Nice (Charles L. Granata).


Después de llevarse un susto de muerte con su corazón, vivió para contarlo, precisamente, en Sueños y tormentas. Tocaba parar en seco, reflexionar, hacer memoria. Y lo ha hecho con un disco que revela al autor que lleva dentro, un trabajo aparentemente sencillo —ojo con los requiebros instrumentales— que muestra a un artista al desnudo


No es pop, acaso un hombre solo, como solo estaba Elliott Smith, aunque lo que en el músico estadounidense era pesadumbre cuesta abajo, en él resulta melancolía vital y existencialismo luminoso. Treinta años sobre las tablas son suficiente motivo de celebración, pero había que decirlo. Por ello, Fino Oyonarte hace el balance de su vida, donde sin duda alguna pesa más el haber que el debe.


Es un diario, mas un diario reposado.

Sí, aunque tiene mucha intensidad dentro.


Quiero decir que es como el tequila: han sido necesarios muchos años para llegar hasta aquí.

Era un deseo que tenía desde hacía tiempo, pero no lo había podido materializar por diversas circunstancias. Militaba en Los Enemigos, producía discos, sacaba adelante Clovis y Los Eterno con Cristina… No sé si ha sido una pequeña huida para encontrarme a mí mismo, aunque tampoco quiero reducir el álbum a esa lectura. Digamos que, de repente, llegó el momento de hacerlo. Quizás ha ayudado la circunstancia casual de haber sufrido un problema del corazón, lo que me hizo reflexionar. Darme cuenta de lo que realmente quería hacer me llevó a coger el toro por los cuernos. Es lo que había deseado siempre.


No resulta un disco pretencioso. Sin embargo, parece que está todo.

Tengo un bagaje de casi treinta años dedicándome a la música. El disco es una mirada hacia atrás desde el presente y también una reflexión hacia el futuro. Con influencias de finales de los sesenta y principios de los setenta: Nick Drake, The Beatles, Bob Dylan, pero también de músicos más contemporáneos como Elliot Smith. Músicas con un corte melancólico, porque en la melancolía siempre he encontrado cierta satisfacción y motivación. He querido sacar de mí precisamente todas esas sensaciones que me emocionan. ¿Hay de todo? Puede haberlo, aunque la Velvet Underground y toda esa saga que me encanta —Lou Reed, Britta Phillips, Luna— quizás no sean muy evidentes.


Más que de influencias, hablaba de usted: está todo porque es un contenedor de Fino.

Un amigo me dijo algo curioso: “He oído pocos discos que se parezcan tanto a su autor” [risas]. ¿Quizás me he desnudado tanto que no me he dado cuenta? ¿O ya he superado el pudor que sentía al principio?


¿Un ajuste de cuentas con el pasado? ¿O un sincerarse?

Es un ajuste de cuentas conmigo mismo, no con nadie en concreto, ni con el exterior. Podría haberme fijado en el mundo que me rodea, pero al final he mirado hacia adentro, porque quería abrirme y quitarme un peso de encima. O sea, sentirme liberado de ciertas tensiones e ilusiones que no habían llegado a materializarse. De esta manera, si no lo he conseguido, al menos lo he intentado.


Aunque su espíritu es eternamente adolescente, bien por su alma pop, bien por haber producido a nuevas bandas, ¿ha necesitado todo este tiempo para llegar hasta aquí? ¿Podría haber hecho este disco hace veinte años o llega en el debido momento?

Llega en el momento en el que tenía que llegar. Me hubiera gustado haberme atrevido a hacerlo hace veinte años, pero soy una persona muy pasional y me dediqué en cuerpo y alma a lo que hacía en cada momento. Esa intensidad que puse en todos mis proyectos no me dio la posibilidad de encontrar un hueco hasta ahora. Sin embargo, durante ese tiempo, seguía soñando. O sea, siempre he tenido sueños, una imagen que se repite en el disco. Y, si bien algunos se han cumplido, lo sigo haciendo. Soñar es un motor importante para crear y conseguir lo que te propones, aunque también te puede causar tormentos si te planteas cosas que…


Confiese: ¿a qué grupo internacional le gustaría producir un álbum? ¿Con qué estrella le gustaría colaborar?

Me gustaría tener experiencias con grupos que amo y admiro, como Yo La Tengo o Nick Cave… Si tuviese la oportunidad de producir a Neil Young, me cagaría nada más entrar en el estudio y, al darle la mano, me derretiría hasta convertirme en un charco. Ojo, porque también me ha gustado producir a bandas que empiezan, porque su inocencia te permite sacarles el alma.


Exprimir el zumo de la pureza.

Exactamente. Pulir la piedra en bruto y extraer su energía.


Sin que ni siquiera se percaten.

Claro, sin que se den cuenta, como el primer disco de la Velvet Underground. Esa experiencia es impactante. A mí me sucedió cuando tuve la oportunidad de producir los debuts de Lagartija Nick, de Los DelTonos y de Los Planetas.

En paralelo, ha hecho de sus filias un trabajo, bien colaborando con sus amigos de Nada Surf, bien coordinando Libros de Ruido, donde editó Wouldn't it be nice, de Charles L. Granata; Postales Negras, de Dean Wareham; y Big Day Coming, de Jesse Jarnow, galardonado en los Premios de la Música Independiente.

Nunca me había imaginado que me convertiría en editor, pero fue una experiencia muy gratificante. Seleccioné tres libros originales, pues no habían sido traducidos al castellano, porque me gustan literaria y musicalmente.


Clovis ha vuelto a sacar la cabeza en Tu aura brilla más, el disco de homenaje al Let Go de Nada Surf, donde versionan Killian's Red. Si retrocedemos en el tiempo, ¿no piensa que algunas canciones de Clovis se merecían una mayor respuesta de crítica y público?

Cuando se compuso Let Go, compartíamos casa con el bajista Daniel Lorca en Nueva York, por lo que vivimos cómo se fue gestando día a día. Ese álbum tenía un significado especial para nosotros, por lo que le propuse a Cristina adaptar uno de los cortes, porque quería sentirme partícipe del homenaje. Más que volver, fue una ráfaga.


¿Pero cree que Clovis debería haber merecido mejor suerte?

Sí, por supuesto. Yo estoy muy orgulloso de lo que hicimos, aunque quizás llegamos en un momento inoportuno. Todo estaba muy enrarecido y no se nos apoyó lo suficiente. Al final la gente decide qué música elige, mas también se deja guiar por los medios de comunicación más influyentes. No se nos hizo demasiado caso, si bien nosotros tampoco podíamos asumir los gastos que suponían los conciertos con banda. Por eso Cristina y yo hicimos una gira acústica, viajando solos en coche y buscándonos las habichuelas. El problema es que vivimos momentos ingratos, porque el público hablaba durante las actuaciones y no era respetuoso. Cristina se decepcionó y nos vinimos abajo.


De hecho, ella sigue adelante con los proyectos personales Gran Aparato Eléctrico y Daga Voladora. Sin embargo, ha renunciado al directo.

Ha hecho un par de acústicos en pequeño formato, porque también quedó muy decepcionada del sistema y de la industria, por lo que no le apetecía entrar en la rueda. No sé si tiene intención de seguir, pero lo que hace es muy bonito. Ha investigado por otros sitios, como la electrónica vintage y vanguardista de los cincuenta y los sesenta.

Usted, que ha tocado en bares pequeños y ante grandes audiencias, ¿cómo ve el panorama?

Hay mucha oferta y también grupos que se hacen conocidos rápidamente. Pasan de la habitación de su casa a un festival de veinte mil personas, pero creo que les falta un poco de bagaje. Musicalmente, hay mucho mimetismo. No quiero generalizar, aunque muchos grupos suenan parecidos, o sea, les falta personalidad. ¿Cómo veo el panorama actual? Pues complicado, incluso para mí. Ojalá pudiese interpretar este disco en directo con cuerdas, mas tendré que recurrir a varios formatos para poder llevarlo al directo.


Detrás del álbum hay muchos músicos, si bien resulta despojado.

Mi intención era hacer algo personal. Intenté que las canciones se defendieran sólo con su melodía y su texto, pero luego me di cuenta de que requería más instrumentación. Al final, incluso grabé yo todos los pianos.


César Verdú, que produce el disco junto a usted, ya había colaborado en Clovis.

Tocaba las baterías, porque somos amigos desde hace muchos años. Yo no quería autoproducirme, porque ya había sufrido bastante con las grabaciones de Clovis. Necesitaba a alguien que me ayudase, pero que no fuese intrusivo. Quería grabar a la antigua usanza y que me sacase el alma, aunque él luego aportó detalles estilísticos, sin que el disco resulte barroco. Pese a que estaba a tope con León Benavente, encontró algunos huecos y pudimos hacerlo juntos.

"Este disco es un ajuste de cuentas conmigo mismo. Podría haberme fijado en el mundo que me rodea, pero al final he mirado hacia adentro, porque quería abrirme y quitarme un peso de encima. O sea, sentirme liberado"

Gracias a Daniel Lorca, Phillip Peterson —que colaboró con Nada Surf, St. Vincent y Lorde— metió un violochelo, una viola y un fiscorno, mientras que su hermana, Victoria Parker, tocó el violín. Al lado de ese crack figuran el violín de Ana Galletero —Mercromina y Travolta— y el violonchelo de mi sobrina de trece años Silvia Pérez-Madero. Además, en Valencia grabamos con Caio Bellveser, Xema Fuertes y Pepe Andreu, músicos de Josh Rouse y Alondra Bentley. Y también están Jaime Sevilla y Nacho Olivares —de Los Eterno, mi anterior banda— y Carlos Aquilué, batería de Kiev cuando nieva.


Su carrera se ha fundamentado en el trabajo, aunque me imagino que también influirá la suerte. Por ejemplo, antes hablaba de León Benavente, cuyos miembros habían tocado durante años con Nacho Vegas y sacado adelante proyectos en solitario y enrolados en bandas. De repente, se juntan, graban con Marxophone el disco homónimo y… ¡bum!

Llevaban toda la vida trabajando día tras día, desde abajo y en muchas facetas musicales. No sólo tocando, sino también como backliners, técnicos, etcétera. Fue genial que tuviesen esa oportunidad y lograsen el éxito. Recuerdo sus primeras maquetas y me alegro de que existan, por llamarlo de alguna manera, las segundas oportunidades. Y, al revés, no por haber grabado diez discos tienes el cielo ganado. Y menos en este país.


En su caso y en el de tantos músicos, sucede lo contrario: el triple salto mortal desde una banda consolidada hasta una carrera en solitario.

Claro, eso es lo que me está pasando ahora mismo, pero tengo mucha ilusión, algo fundamental. Creo que este álbum se sale de lo normal. Ahora que todo está enfocado al ruido, al salto y a la diversión, resulta un trabajo reposado e intimista.


¿Un disco hacia adentro?

Es un disco desde dentro.


¿Tristemente alegre? ¿Alegremente triste?

No lo sé [risas]. Quizás tristemente alegre.

¿Un canto al futuro desde el pasado?

Es un álbum alegre. De hecho, arranco con Afortunado, una canción en la que plasmo mi biografía con imágenes de mi pasado y en la que termino reconociendo que soy una persona con suerte. Si abres los periódicos y llevas haciendo música treinta años, ¿cómo no voy a serlo?


Una canción que se gestó hace cuarenta años...

Estaba componiendo la música y me bloqueé al llegar al estribillo. Entonces hice lo mismo que cuando cogí por primera vez una guitarra. Puse los dedos así y me salió una cadencia hacia atrás, melancólica, que indica cómo ya era yo con sólo doce años [risas].

Un disco, pues, que se muerde la cola.

Puede ser, porque empieza con Afortunado y termina con una canción dedicada a la suerte. Después del problema de corazón que tuve, es un canto a las segundas oportunidades, al estar vivo y al sentirme bien. Curiosamente, Cien pasos comienza con el flujo de la sangre pasando por mi corazón, porque el ruido que se escucha procede de una ecografía que me hicieron el año pasado. Cuando la escuché, le pedí al doctor si podía grabar el sonido, aunque al final no lo incluí en los créditos. Desde aquí, mi reconocimiento al médico por su aportación [risas].