Público
Público

El fotógrafo que no tenía arte

El MARCO de Vigo y la Fundación Telefónica rescatan la obra de Virxilio Vieitez, retratista gallego de bodas y banquetes

Publicidad
Media: 0
Votos: 0

Esta es la historia de un fotógrafo que colgó las cámaras el día en que se jubiló. La historia de un gallego de 18 años de edad que emigra en los años cincuenta a Catalunya en busca de un lugar en el que prosperar. Este es el cuento de un retratista de bodas, bautizos y comuniones que llega ahora a dos grandes centros de arte vestido con las mejores galas del artista que nunca fue, dos años después de su muerte. Es la fábula del fotógrafo que a la primera exposición de fotografía a la que entró fue una dedicada a él mismo en su pueblo; habían pasado 17 años de su retirada del oficio. Este es un relato de ciencia-ficción: un ser extraterrestre queda atrapado durante el franquismo en las profundidades de la Terra de Montes, donde trabaja como los grandes fotógrafos, a los que nunca conoció.

La vida de Virxilio Vieitez (1930-2008) suena a cuento, uno de esos con final feliz, en el que el protagonista pasa desapercibido a lo largo de su vida hasta que todos se dan cuenta de que aquel ser tan anodino era, en realidad, un precioso cisne. Pero ni siquiera él lo sabía, Vieitez sólo trabajaba en su oficio. Marchaba allá donde le encargasen un retrato, ya fuera para un trámite burocrático, un entierro o una foto para mandar al familiar en el extranjero. Un fotógrafo de estudio que salía al aire libre a registrar la pose de sus clientes.

'Cada foto de Vieitez es intensa, nítida y potente', dice Enrica Viganò

Esa abuela que está sentada junto a la radio y se abraza a ella como el más preciado de los tesoros que guarda en su casa, es uno más de los 50.000 negativos en blanco y negro que hizo Virxilio y que su hija Keta tiene a buen resguardo. La abuela ha dado aposento incluso a la radio y mira conteniendo la alegría. Se muere por enviar esta postal en señal de agradecimiento al pariente que le ha mandado el aparato desde su lugar de trabajo en el extranjero. 50.000 instantáneas de una zona cruzada por la Nacional 541 en su camino hacia Pontevedra.

Esta foto será una más de las que se verán primero en el MARCO de Vigo a partir del próximo viernes y más adelante en la Fundación Telefónica de Madrid, comisariadas las dos por la italiana Enrica Viganò, especialista en fotografía social. Para ambas se ha recuperado material inédito, sobres sin abrir, cajas selladas y latas que contenían metros de negativos jamás positivados tras su primera utilización, esto es, tras el encargo del cliente de la época. Una de las salas está dedicada a las fotos tomadas para los documentos de identidad, siempre hechas sobre el fondo de una sábana. La muestra se cierra con las primeras fotografías en color de Vieitez, un cambio tecnológico que coincide con las transformaciones políticas y sociales del país.

Fue su hija Keta quien dio a luz la leyenda de su padre al ver el archivo

'Sólo mostraremos 33 fotografías a color. El resto nos las reservamos para otra exposición', señala a Público Keta Vieitez, siempre cerca de una colección que se ha convertido en la razón de su existencia, como ella misma dice.

Keta dejó la carrera de periodismo por la de fotografía y a su padre le dio un disgusto. Trasteó entre los miles de negativos, a hurtadillas primero, y luego con el beneplácito de su padre. No podía creer la fuerza que tenían aquellas tomas sin pretensiones artísticas. En realidad Keta dio a luz a Virxilio Vieitez cuando reconoce en su padre la ausencia total de pretensiones artísticas y un ojo para la composición y el motivo fotográfico como nunca lo había visto.

'A diferencia de otros fotógrafos rurales, tenía un talento especial para conferir solemnidad a cada uno de los retratos. Su estilo era inconfundible. Poseía una capacidad y una intuición extraordinarias al plantear la puesta en escena', explica la comisaria de las muestras. Enrica Viganò quiere destacar la fuerza de sus retratos, 'se te clavan en la memoria por su elegancia formal, que hace que cada foto de Vieitez sea intensa, nítida y potente'.

'Es un fotógrafo sin desperdicio', asegura la profesora Laura Terré

'El archivo seguirá en mis manos', explica Keta. Sin embargo, a pesar de que prefiera no donarlo para su conservación, asegura que a veces se echa a temblar al pensar qué pasaría si a ella le ocurriera algo. 'Además, por respeto hay fotos de muertos a los que no les gustaría salir y sólo yo lo sé'.

Recuerda que a su padre le costó abrirle las puertas del tesoro, pero que cuando le dejó finalmente vía libre, él ya se despreocupó de todo porque no le gustaba volver sobre las cosas. 'Aquello era tocarle el alma y quiso que se hiciera con mucho cuidado. Me probó mucho hasta que en 1991, después de cinco años, me dio permiso definitivo para hurgar en el archivo'.

Prefirió retratar a sus clientes al aire libre y enseñó la comarca

Laura Terré lo llama 'archivo de aldea' y habla de la falta de sofisticación y de la fidelidad a un territorio. Laura Terré, hija del fotógrafo Ricard Terré, doctora en Bellas Artes por la Universidad de Barcelona, conoce de primera mano la obra de Vieitez.

Señala la carretera en la que coloca a muchos de sus clientes, como un símbolo importante en la fotografía de Vieitez, porque la vía asfaltada significaba la esperanza, la huida y también la llegada de noticias. 'Sotuelo es un pueblo de carretera. Para nosotros es algo importantísimo: por ahí venían las gentes diferentes. Es un pueblo interior aislado, pero muy abierto', cuenta Keta.

Al preferir retratar a sus modelos al aire libre, Vieitez enseñó la comarca, con sus símbolos y sus referencias, con sus gestos y sus preferencias. Sacó el corazón del pueblo y convirtió aquellas fotos de fiesta en un asunto de identidad. Él sí fue el antropólogo inocente, que al colocar al joven guaperas apoyado en la parte de atrás del Cadillac, al niño con chaqueta y cara de peleón en medio de la calle, a la joven con gafas de sol junto a la Lambretta, a los tres guardias civiles con bicicletas y perro incluido, a la otra subida al caballo entre hórreos, hizo de la reiteración de miles de tipos un modelo.

Lo ligan con August Sander, pero no conoció a ningún gran fotógrafo

Así aparecen, junto a la mencionada carretera, la huerta, la calle, las vallas de piedra, los arrabales, la vegetación, la arquitectura, los cementerios, los banquetes localizaciones que ayudan a crear una imagen de la comunidad a base de repetirlos una y otra vez. 'Sí, es un rango de identidad, pero también es un motivo de fuerte ironía: Vieitez coloca en escena esos objetos que pronuncian el sarcasmo en los aires de progreso de aquella Galicia', explica Laura Terré.

Si hay algo por lo que la historiadora del arte destaque a este retratista es por el buen hacer y la facilidad para ligar espacios, objetos y figuras. 'Trabajó con la intuición y lo hizo de manera magistral, eso demuestra que era un maestro. No fue un experimento casual, hay reiteración. Es un fotógrafo sin desperdicio. Cuando vimos los archivos por primera vez no nos costó pensar que ahí dentro había un fotógrafo. No había que inventar a ningún fotógrafo: estaba ahí mismo, delante de nuestras narices', recuerda Laura.

A la fotógrafa Sofía Moro (Madrid, 1966), admiradora del trabajo del gallego, lo que más le llama la atención es que llegase a trabajar de esa manera sin haber conocido a todos los fotógrafos con los que le emparejan, como August Sander. Apenas da crédito a la delicadeza con la que trabaja la composición sin haber aprendido de nadie.

'Sus fotos son de una pureza increíble, precisamente por la ausencia de artificio', dice y reconoce que justamente eso era lo que buscó en su trabajo Ellos y Nosotros, de 2006, un libro de veteranos de la Guerra Civil española. 'Me gustaría quedarme de él esa limpieza y ausencia de genialidad pretendida. Como fotógrafa cada vez me gusta más pensar que esto no es más que un oficio, nada trascendental'.