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Fraudes, farsas y trampas de la política

A punto de que la ultraderechista Marine Le Pen y el centrista Emmanuel Macron se enfrenten en la segunda vuelta de las elecciones francesas, recorremos los rincones más turbios de la política que han quedado retratados en el cine

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Primary Colors

El ‘favorito’ de los empresarios, Emmanuel Macron, y la ultraderechista Marine Le Pen disputarán el 7 de mayo la segunda vuelta de las elecciones francesas. El vencedor, sea cual sea, provocará movimientos en toda Europa. Aun con la convicción de que en el mundo hay políticos honestos y muy valiosos, a estas alturas casi nadie es ya inocente, y la mayoría sabe que las campañas de los candidatos y sus discursos habrán manipulado de una manera u otra a los votantes.

De los chanchullos y maquinaciones oscuras que hayan empleado se sabrá poco o nada. Hasta ahora, esos asuntos turbios que existen en todas las elecciones han sido históricamente bien enterrados. Jueces y periodistas han destapado algunos. También lo ha hecho el cine desde su nacimiento, con historias reales y de ficción.

Los juegos sucios de la política empiezan antes de las campañas. El certero Costa-Gavras lo explicó brillantemente en Z., con la ayuda de Jorge Semprún, autor del guion. Ha pasado casi medio siglo desde que el cineasta griego rodara esta película, pero los métodos de la corrupción que en ella se denuncian no se han atenuado. Con Yves Montand, Trintignant e Irene Papas, el filme contaba la historia de un gobierno corrupto que utiliza a la policía para quitarse de en medio a sus rivales de la izquierda.

Un diputado de la oposición es asesinado. El juez de instrucción, que sabe que es un crimen político, investiga el caso. Al mismo tiempo un periodista acumula pruebas para inculpar a un grupo ultraderechista y a miembros de la policía. El juez es destituido -¿les suena de algo?-, algunos testigos claves fallecen y los supuestos culpables son condenados a penas insignificantes -¿y esto?-.

El fango en el que se mueven los políticos durante las campañas es muy apetitoso para los cineastas

El fango en el que se mueven los políticos y sus equipos durante las campañas electorales se ha convertido en un caramelo muy apetitoso para los cineastas. Clásicos como Frank Capra y John Ford hicieron memorables películas de ello. En 1939, el primero dirigió Caballero sin espada, con James Stewart en el papel de Jefferson Smith, un idealista que al viajar a Washington como senador descubría los vicios del sistema político y se topaba con feroces enemigos dispuestos a destruirle.

El último hurra

Nueve años después, el cineasta también quiso retratar la corrupción de cerca y rodó El Estado de la Unión, esta vez con Spencer Tracy. Era la historia de un candidato conservador que se dejaba corromper. El inmenso John Ford hizo en 1958, también con Spencer Tracy, El último hurra, seguramente uno de los retratos más profundos de la política local norteamericana. Presentaba a un veterano alcalde irlandés de una ciudad de Nueva Inglaterra que se enfrentaba en su reelección a un joven bastante inepto pero que contaba con el apoyo de los sectores influyentes.

El Candidato, cartel de la película

En EE.UU. después les han seguido muchos. Gore Vidal escribió el guion de El mejor hombre, en la que dos candidatos a la nominación presidencial de su partido se disputaban despiadadamente el respaldo del presidente. A principios de los setenta, Jeremy Lamer, el hombre que escribía los discursos del senador Eugene McCarthey, se convirtió en guionista para contar en El candidato esas artimañas de la política que no se ven. Robert Redford era Bill McKay, el político que aspiraba a ganar el puesto de senador por California.

El actor haciendo un globo de chicle ante la bandera americana era la provocadora imagen del cartel de este filme, bastante ácido, sobre cómo crear al candidato perfecto, al gusto de los analistas políticos y económicos, y no al de los votantes.

De los votantes, precisamente, hablaba no hace mucho El último voto, en la que un tipo normal se ve de pronto en la situación de tener el voto decisivo para elegir a un presidente, Bud Johnson (Kevin Costner). La producción de HBO El recuento también se refería a ello y a cómo en el sistema político americano la mayoría de votos no significa la victoria. La película contaba la elección entre Al Gore y George W. Bush, con Kevin Spacey en el papel principal. La HBO también narró en ficción el ascenso a la fama de Sarah Palin en Game Change y lo peligroso que puede ser apoyar como candidato a alguien adicto a la popularidad y sin experiencia.

Las trampas, juegos sucios de los políticos en campaña han tenido mucho eco en el cine.

Las trampas, juegos sucios de los políticos en campaña han tenido mucho eco en el cine. En Primary Colors, de Mike Nichols, aparecían los escándalos sexuales de un candidato demócrata, Jack Stanton en las elecciones de 1992, y cómo estos hacían peligrar una campaña brillante que parecía que iba a llevarle directamente a la victoria. John Travolta era el candidato y en el reparto le acompañaban Emma Thompson, Billy Bob Thornton y Kathy Bates. La película estaba basada, naturalmente, en una novela inspirada en el ascenso político de Clinton.

Mentiras que matan

De Niro y Dustin Hoffman interpretaban en Mentiras que matan a un asesor del presidente de EE.UU. y a un productor de Hollywood que inventaban una guerra inexistente con Albania para desviar la atención de los votantes y tapar así las acusaciones de pederastia que pesaban sobre el candidato. Más trucos y mentiras se veían en Los idus de marzo, donde otra vez un asesor (Ryan Gosling) y un candidato demócrata (George Clooney) organizaban toda una trama para tapar sus secretos. Pero para maquinaciones, la que planeaba el congresista de Bulworth, la película de Warren Beatty que, en tono de sátira, narraba cómo el político ordenaba un atentado contra él mismo para que su familia cobrara el seguro. También Tim Roberts se metía en terreno pantanoso con el falso documental Ciudadano Bob Roberts, donde un cantante de folk millonario anunciaba su candidatura a la presidencia aunque sus intenciones eran otras.

La relación entre políticos y medios de comunicación no se puede contar mejor que como lo hizo Orson Welles en Ciudadano Kane. Manipulación, sobornos, rincones muy oscuros… Y las tretas delictivas las bordó Alan J. Pakula en Todos los hombres del presidente.

Ciudadano Kane

Por su parte, El mensajero del miedo, en sus dos versiones, la de 1962 y la de 2004, mostraba la llegada al poder un hombre de paja al servicio de intereses superiores y oscuros. Y para rematar, lo que se veía en Candidata al poder, de Rod Lury, con Joan Allen y Gary Oldman, era cómo condenar a una mujer en política.
El cine ha hecho también la crónica de las vicisitudes políticas que se han vivido en los últimos decenios en las elecciones latinoamericanas. Pablo Larraín recreó en No la historia del referéndum que impulsó Pinochet en 1988 para dar legitimidad internacional a su dictadura y que, contra todo pronóstico, perdió y le obligó a abandonar el poder. Era los años del gran auge de la publicidad y con las herramientas de ésta se ganó la batalla.

En Argentina, Santiago Mitre contaba en Estudiante –una gran película política- la historia de un estudiante que encontraba en la política su verdadera vocación. En México, Luis Estrada mostraba en La ley de Herodes cómo un tipo débil de carácter va entendiendo cómo funciona la política de su país y se acerca al poder con la Constitución en una mano y un arma en la otra.

No, de Pablo Larraín

También en el país centroamericano, Luis Mandoki firmaba en 2006 un documental, Fraude, durante la campaña de Andrés Manuel López Obrador, cuando su rival Felipe Calderón ganó la presidencia. Los testimonios y pruebas que aparecían en la película demostraban que hubo fraude en las elecciones. En Colombia, Carlos Moreno hacía la crónica en Todos tus muertos del clima de violencia en el país a través de la historia de un día de elecciones y en tono de comedia negra. Un campesino encuentra en sus tierras una montaña de cadáveres. Antes esta tragedia, los partidos políticos solo intentan salir bien de la situación.

En España la llegada de la democracia alentó algunas comedias lamentables, como El apolítico, una burda película de Mariano Ozores, con José Luis López Vázquez, en la que un burgués y sus amigos no tenían nada claro a quién votar de los muchos partidos existentes. Mejor salió la adaptación de la novela de Delibes que hizo Antonio Giménez Rico en El disputado voto del señor Cayo, en la que un candidato socialista viajaba a un pueblo de Burgos con un único habitante para pedirle su voto. Y ya a finales de los noventa, La Cuadrilla se puso muy negra en Atilano Presidente, donde contaban cómo un ‘listo’ entrenadísimo se dejaba manipular por un grupo de banqueros para que le convirtieron en candidato de paja a la presidencia.